Arnoldo Kraus
miércoles 29 de agosto de 2007
Indocumentados: la amoralidad de la amoralidad
Si uno busca en el diccionario las definiciones de indocumentado confirma
lo que sabe y se sorprende por lo que no sabía. “1. Dicho de una
persona: Que no lleva consigo documento oficial por el cual pueda
identificarse, o que carece de él. 2. Que no tiene prueba fehaciente o
testimonio válido. 3. Dicho de una persona: Sin arraigo ni
respetabilidad. 4. Ignorante, inculto”. Asimismo corrobora lo que se
sospechaba: que el término, pero sobre todo la persona, es utilizado
por los gobiernos de acuerdo a lo que más les conviene.
Buen ejemplo de las acepciones enmarcadas en el Diccionario de la lengua española
y en el diccionario de los pactos tácitos y no tácitos entre los gobiernos de Estados Unidos y de México (el traspatio
de Estados Unidos, decía el fallecido Adolfo Aguilar Zinser) son
nuestros indocumentados. La expulsión reciente de la activista mexicana
Elvira Arellano ejemplifica los deslices del lenguaje, las dobles
morales de nuestros vecinos y la ineptitud de todos los gobiernos
mexicanos para humanizar, ya que es imposible detener el fenómeno de la
migración.
Mientras se completaba la deportación de Arellano, los cónsules de México en Bronswille, Texas, y
en Tucson, Arizona, informaron que en lo que va del año más de 224
migrantes mexicanos fallecieron en los estados mencionados. La
inexactitud del “más de 224” es abominable, pero, lamentablemente, es
comprensible: ¿cuánto quiere decir “más” cuando se habla de vidas
humanas? ¿Una, cien, mil? ¿Realizará el gobierno de Felipe Calderón un
censo en las comunidades exportadoras de indocumentados para saber
cuántos llegaron, cuántos regresaron, cuántos murieron y de cuántos no
se sabe nada? Los cónsules informan que los migrantes mueren en el río
Bravo o en las zonas desérticas; de ahí la “lógica” y la inexactitud de
las cifras: imposible recuperar a todos los que murieron en esos
sitios. El río y el desierto se parecen a nuestros gobiernos: desdeñan
las vidas humanas.
Desde el punto de vista moral me parece complicado definir cuál de los dos gobiernos es
más responsable de las muertes de los migrantes. Ante su contundente y
perpetua incapacidad para generar empleos, México necesita continuar
expulsando manos trabajadoras para que sostengan a sus familiares y
para que las enfermedades y la desnutrición se ceben menos en los más
pobres. Imposible soslayar que los indocumentados son la tercera fuerza
generadora de divisas. No en balde nuestros gobiernos se regodean
cuando los poblanos llegan a Nueva York o los oaxaqueños a California,
y se alarman, como parte de la política de buenos modales del mundo
globalizado, cuando la prensa publicita que son los migrantes
chiapanecos los que mueren con más frecuencia.
Estados Unidos, por su parte, los requiere, Perogrullo dixit, para
que realicen incontables trabajos detestados por los estadunidenses,
les permite laborar, ante la anuencia y la complicidad de las
autoridades, porque los latinoamericanos se conforman con salarios
menores, y los necesita, desesperadamente, para mandarlos, green card en
mano, a Irak y a Afganistán. ¿Es absurdo pensar que existen acuerdos
secretos entre ambos gobiernos acerca de cuál es el número de
indocumentados permitido por año? Quizás no.
La
reforma migratoria no puede ser acomodaticia. La doble moral es signo y
sino de nuestros tiempos y moneda del binomio de los gobiernos mexicano
y estadunidense. De ahí que la reforma se prostituya tantas veces como
sea necesario. Durante una de las marchas para protestar por la
deportación de Elvira Arellano, Jesús Sánchez del Villar, cuyo hijo
indocumentado murió en la guerra de Irak, retrató bien la moral del
gobierno de Bush: “Es triste que cuando quieren que ingreses al
ejército a luchar contra enemigos, que no te han hecho nada, no hay
ninguna traba, pero cuando hay 3 millones de padres indocumentados con
hijos nacidos aquí los deportan: eso es inhumano”. Algo similar sucede
con nuestro gobierno: sabe cuántos millones de dólares llegan a México
cada año vía indocumentados, pero desconoce el número exacto de
mexicanos muertos vía su estatus de ilegales.
Si bien las acepciones del diccionario son crudas, “sin arraigo...
ignorante… inculto…”, las realidades del río Bravo, de los desiertos y
de Irak son peores y son reales. Ante la probable deportación de más
connacionales, me pregunto cuál será la definición preferida por George
W. Bush, cuál la elegida por Felipe Calderón y cuál la pactada por
ambos.
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