BP y los “pequeños Eichmann”
Chris Hedges
Truthdig
19 de mayo de 2010
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Las culturas que no reconocen que la vida humana y el
mundo natural tienen una dimensión sagrada, un valor intrínseco que va más allá
del valor monetario, se canibalizan hasta morir. Explotan de manera implacable
el mundo natural y a los miembros de su sociedad en nombre del progreso hasta
el agotamiento o el colapso, ciegas a la furia de su propia autodestrucción. El
vertido de petróleo en el Golfo de México, que se estima que puede ser de hasta
100.000 barriles diarios, forma parte de nuestra demencial marcha hacia la
muerte. Es un golpe más suministrado por el Estado corporativo, el trueque de
vida por oro. Pero en este caso el colapso, cuando tenga lugar, no será
confinado a la geografía de una civilización decadente. Será global.
Los que realizan este genocidio global -hombres como el director ejecutivo de BP Tony
Hayward, quien nos asegura que “el Golfo de México es un océano muy grande, la
cantidad de petróleo y dispersante que estamos introduciendo es ínfima en
relación con el volumen total de agua”– son, para usar una línea de Ward
Churchill: “pequeños Eichmann”. Sirven a Tánatos, las fuerzas de la muerte, el
instinto sombrío que Sigmund Freud identificó dentro de los seres humanos que
nos lleva a aniquilar todas las cosas vivientes, incluidos nosotros mismos.
Esos individuos deformes carecen de la capacidad de empatía. Son al mismo
tiempo banales y peligrosos. Poseen la capacidad peculiar de organizar vastas
burocracias destructivas y sin embargo mantenerse ciegos ante las
ramificaciones. La muerte que expenden, sea en los contaminantes y carcinógenos
que han convertido el cáncer en una epidemia, la zona de la muerte que se crea rápidamente
en el Golfo de México, los campos de hielo polares que se derriten o las
muertes durante el año pasado de 45.000 estadounidenses que no se pudieron
permitir una atención sanitaria adecuada, forman parte del frío y racional
intercambio de vida por dinero.
Las corporaciones, y los que las dirigen, consumen, contaminan, oprimen y matan.
Los pequeños Eichmann que las dirigen residen en un universo paralelo de
asombrosa riqueza, lujo y espléndido aislamiento que rivaliza con el de la
corte de Versalles. La elite, protegida y enriquecida, sigue prosperando
incluso mientras el resto de nosotros y el mundo natural comienzan a morir. Son
insensibles. Extraerán la última gota de ganancias de nosotros hasta que no
quede nada. Y nuestras escuelas de administración de empresas y universidades
elitistas producen como salchichas decenas de miles de esos administradores de
sistemas sordos, mudos y ciegos que han sido dotados de sofisticadas pericias
de administración y de la incapacidad de tener sentido común y sentir compasión
o remordimiento. Esos tecnócratas confunden el arte de la manipulación con el
conocimiento.
“Mientras uno más lo escuchaba, más obvio se hacía que su incapacidad de hablar estaba
estrechamente ligada a una incapacidad de pensar, es decir, de pensar desde el
punto de vista del otro,” escribió Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén.
“Ninguna comunicación era posible con él, no porque mentía sino porque estaba
rodeado por la más fiable de todas las salvaguardas contra palabras y la
presencia de otros, y por lo tanto contra la realidad como tal.”
Nuestra clase dirigente de tecnócratas, como señala John Ralston Saul, es efectivamente
indocta. “Uno de los motivos por los que es incapaz de reconocer la relación
necesaria entre el poder y la moralidad es que las tradiciones morales son el
producto de la civilización y él tiene poco conocimiento de su propia
civilización”, escribe Saul hablando del tecnócrata. Saul llama a esos
tecnócratas “hedonistas del poder”, y advierte que su “obsesión con estructuras
y su incapacidad o falta de disposición a asociarlas con el bien público
convierten ese poder en una fuerza abstracta que funciona, las más de las
veces, de maneras distintas de las necesidades reales de un mundo dolorosamente
real”.
BP, que tuvo 6.100 millones de dólares en ganancias en el primer trimestre de este año, nunca
obtuvo permisos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica. La
protección del ecosistema no importaba. Pero BP de ninguna manera está sola. La
perforación con una extrema indiferencia hacia el ecosistema es una práctica
común de las compañías petroleras, según un informe en The New York Times.
Nuestro Estado corporativo ha aniquilado la regulación medioambiental con tanta
tenacidad como la empleada en la aniquilación de la regulación financiera y del
habeas corpus. Las corporaciones no distinguen entre nuestro empobrecimiento
personal y el empobrecimiento del ecosistema que sustenta a la especie humana.
Y el abuso, de nosotros y del mundo natural, es tan incontrolado bajo Barack
Obama como lo fue bajo George W. Bush. La personalidad de marca que se
encuentra en la Casa Blanca es un títere, una cara utilizada para enmascarar un
sistema insidioso bajo el cual nosotros como ciudadanos hemos sido privados de
poder y bajo el cual nos convertimos, junto con el mundo natural, en daño
colateral. Como lo entendió Karl Marx, el capitalismo desinhibido es una fuerza
revolucionaria. Y esa fuerza nos está consumiendo.
Karl Polanyi en su libro La gran transformación, escrito en 1944, planteó las
devastadoras consecuencias –depresiones, guerras y totalitarismo– que surgen
del llamado mercado libre autorregulado. Comprendió que “el fascismo, como el
socialismo, estaba enraizado en una sociedad de mercado que se negaba a
funcionar”. Advirtió que un sistema financiero siempre degenera, sin un fuerte
control gubernamental, en un capitalismo mafioso –y en un sistema político
mafioso– lo que es una buena descripción de nuestro gobierno corporativo.
Polanyi advirtió de que cuando la naturaleza y los seres humanos son objetos
cuyo valor es determinado por el mercado, los seres humanos y la naturaleza son
destruidos. Los excesos especulativos y la creciente desigualdad, escribió,
siempre dinamitan el fundamento para una prosperidad continua y aseguran “la
demolición de la sociedad”.
“Al desechar el poder del trabajo de un hombre el sistema desecha, dicho sea de paso, la
entidad física, psicológica y moral del ‘hombre’ asociada con esa etiqueta”,
escribió Polanyi. “Despojados del revestimiento protector de instituciones
culturales, los seres humanos perecerían por los efectos de la exposición
social; morirían como víctimas de la desarticulación social aguda a través del
vicio, la perversión, el crimen y el hambre. La naturaleza sería reducida a sus
elementos, vecindarios y paisajes dañados, ríos contaminados, la seguridad
militar puesta en peligro, el poder de producir alimentos y materias primas
destruido. Finalmente, la administración de mercado del poder adquisitivo
liquidaría periódicamente la iniciativa empresarial, ya que las escaseces y los
excesos de dinero serían tan desastrosos para los negocios como las
inundaciones y sequías en la sociedad primitiva. Sin lugar a dudas, los
mercados laboral, de tierras, y dinero son esenciales para una economía de
mercado. Pero ninguna sociedad podría resistir los efectos de un sistema
semejante de burdas ficciones incluso durante el período más breve a menos que
su sustancia humana y natural así como sus organizaciones empresariales
estuvieran protegidas contra los estragos de esa fábrica satánica”.
El Estado corporativo es un tren de carga descontrolado. Desgarra los acuerdos de Kioto
en Copenhague. Saquea el Tesoro de EE.UU. para que los especuladores puedan
seguir jugando con miles de millones en subsidios del contribuyente en nuestro
sistema pervertido de capitalismo de casino. Priva de derechos a nuestra clase
trabajadora, diezma nuestro sector manufacturero y nos niega fondos para
sustentar nuestra infraestructura, nuestras escuelas públicas y nuestros
servicios sociales. Envenena el planeta. Perdemos, cada año en todo el globo,
un área de tierra de cultivo mayor que Escocia por la erosión y la expansión
urbana. Se calcula que hay 25.000 personas que mueren cada día en alguna parte
del mundo debido al agua contaminada. Y unos 20 millones de niños son
discapacitados mentalmente cada año por la desnutrición.
EE.UU. muere como mueren todos los proyectos imperiales. Joseph Tainter, en su libro Colapso
de sociedades complejas, argumenta que los costes de dirigir y defender un
imperio terminan por hacerse tan agobiantes, y la elite se convierte en tan
calcificada, que se hace más eficiente desmantelar las superestructuras
imperiales y volver a formas locales de organización. En ese momento los
grandes monumentos al imperio, de los templos sumerios y mayas a los complejos
de baños romanos, se abandonan, caen en desuso y se abandonan. Pero esta vez,
advierte Tainter, porque no nos queda ningún sitio al cual migrar y expandir
“la civilización mundial se desintegrará en su conjunto”. Esta vez el planeta
se derrumbará con nosotros.
“Nosotros en los países afortunados de Occidente consideramos nuestra burbuja bicentenaria
de libertad y opulencia como normal e inevitable; incluso ha sido llamada el
‘fin’ de la historia, tanto en un sentido temporal como teleológico,” escribe
Ronald Wright en Una breve historia del progreso. “Sin embargo, este
nuevo orden es una anomalía: lo contrario de lo que sucede usualmente cuando
las civilizaciones crecen. Nuestra época fue financiada por la toma de la mitad
del planeta, ampliada por la adquisición de la mayor parte de la mitad
restante, y ha sido sustentada por el gasto de nuevas formas de capital
natural, especialmente combustibles fósiles. En el Nuevo Mundo, Occidente dio
en la mayor bonanza de todos los tiempos. Y no habrá otra parecida –no a menos
que encontremos a los marcianos civilizados de H.G. Wells, con la
vulnerabilidad a nuestros gérmenes que fue su perdición en su Guerra de los
mundos.”
La contaminación moral y física está equiparada a una contaminación cultural.
Nuestro discurso político y civil se ha convertido en un galimatías. Está
dominado por espectáculos complicados, rumores sobre celebridades, las mentiras
de la publicidad y los escándalos. Lo chabacano y lo salaz ocupan nuestro
tiempo y energía. No vemos los muros que se derrumban a nuestro alrededor.
Invertimos nuestra energía intelectual y nuestras emociones en lo vacuo y
absurdo, los entretenimientos vacíos que preocupan a una cultura degenerada, de
modo que cuando llegue el colapso final podamos ser arreados, ciegos y
temerosos, hacia el infierno.
Fuente: http://www.truthdig.com/report/item/bp_and_the_little_eichmanns_20100517/
¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.
E-mail:
espagnol@worldcantwait.net
|