Un mensaje para Obama
Ariel Dorfman
Página 12
20 de julio de 2009
¿Qué hará Barack Obama ante el diluvio de revelaciones que, día a día, se van acumulando
en torno del maltrato que las agencias de inteligencia de Estados Unidos han
venido dando a una multitud de prisioneros desde los ataques terroristas del
2001? ¿Tratará de “dar vuelta la página”, mirar hacia el futuro y no el pasado,
como parece ser su deseo? ¿O la dura, empecinada verdad de los crímenes que se
llevaron a cabo en nombre de la seguridad nacional terminará forzando la mano
del presidente norteamericano y de su attorney general (ministro de Justicia),
Eric Holder?
Me ha tocado jugar un rol mínimo en esta controversia, formar parte de una campaña lanzada
por la sección norteamericana de Amnistía Internacional, exigiendo que se
enjuicie a los responsables de estas acciones brutales. Como el presidente lee
todas las mañanas diez de las miles de cartas que diariamente llegan a la Casa
Blanca, Amnistía les pidió a diez personas que escribieran un mensaje a Obama,
explicando por qué era fundamental esclarecer el origen de aquellos atropellos
y la necesidad perentoria de sancionar a quienes los llevaron a cabo. Fue así
que agregué mi voz a la de varios interrogadores y víctimas de la tortura, amén
de los escritores Stephen King y Alice Walker y el actor Martin Sheen (otro
presidente, aunque un tanto más ficticio).
Entrego ahora esa carta, redactada originalmente en inglés, para los lectores de habla
hispana:
Estimado Presidente Obama:
Para siempre jamás.
Esas son las palabras que quiero ofrecerle, las palabras que comparten tanto el hombre que
tortura como su víctima, las palabras que definen el destino de ambos.
Puesto que para la víctima el momento del dolor y de la degradación, estos múltiples momentos,
jamás se terminan. La tortura no ocurre tan sólo una vez sino que se repite en
la mente y la memoria del cuerpo, más allá del agua en los pulmones o el puño
contingente en la cara. Sucede y continúa una y otra y otra vez.
Y para siempre jamás es también el credo del victimario. La mano no va a descargar la
corriente eléctrica, no va a llenar una boca con excrementos, las orejas no van
a atreverse a registrar los alaridos, a menos que haya una promesa y
certidumbre de que nadie cobrará cuentas, a menos que el causante de aquellos
padecimientos se sienta a salvo de la Justicia y presuma que podrá vivir, sí,
para siempre jamás, en el tiempo eterno de la impunidad.
En los cuarenta años que llevo luchando, como escritor y como ciudadano, contra la
plaga de la tortura, éste es el secreto más sucio que he descubierto acerca de
tales actos viles, Sr. Presidente. Que nadie tortura si cree que lo habrán de
atrapar, si cree que será expuesto al escrutinio público. Nadie tortura si
piensa que se lo va a desnudar y exhibir ante ojos ajenos y enjuiciadores, si
sabe que va a tener que enfrentar en un tribunal a los hombres y mujeres que él
mismo dejó sin ropa ni defensa en alguna habitación escondida y lejana. Para
siempre jamás es su horizonte, su coartada, su demonio guardián, el
prerrequisito básico que asegura que no se conocerá la violencia que esos
ejecutores han infligido o están a punto de infligir; esas son las palabras que
les permiten, siempre, siempre, dormir de noche, acariciar a sus hijos, mirarse
en el espejo de mañana y pasado mañana.
Es por eso que la respuesta a ese para siempre jamás, tanto para la víctima en busca de
consuelo y reparación como para el criminal que rompió la ley de su país y la
ley más implícita y callada que proclama que todos pertenecemos a la misma
solidaria especie humana, es por eso que debemos responder con las palabras
purificadoras, quizá celestiales: Nunca Más.
Son palabras que los Estados Unidos hoy necesita en forma desesperada. Pero Ud. bien sabe
que aquellas palabras, Nunca Más, son fáciles de pronunciar y difíciles de
materializar. Esas palabras precisan, ante todo, como lo ha solicitado Amnistía
Internacional, una investigación completa, imparcial y bien financiada de la
verdad, para que se comprenda cómo este país aceptó torturar a sus cautivos y
cómo terminó convirtiéndose en un paria internacional. Y enseguida aquellas
palabras, Nunca Más, requieren que se someta a juicio a todos los que
cometieron esos crímenes contra la humanidad, especialmente de los más
poderosos que emitieron las órdenes y permitieron estas infamias.
Aceptar algo menos que un procesamiento cabal e íntegro es someterse a la misma política del
miedo que Ud. ha identificado, con tanta elocuencia, como la condición
primordial que ha facilitado este asalto desastroso contra los derechos
humanos. Aceptar algo menos es invitar a una posible repetición de tales
vesanias que corrompen el alma de un pueblo, si nuevos actos de terror llegaran
a estas orillas en un futuro cercano.
Es una bendición, Sr. Presidente, que sea Ud. el que puede responder a esta exigencia
de que es necesario purificar el mundo, una bendición ser una de las personas
privilegiadas que puede ayudarnos a cambiar la historia. De todas las personas
existentes en este mundo, Ud. es el único, debido a su especial posición de
poder, que puede proclamarles a su país y al resto de la humanidad que la
tortura no tiene para qué ser, después de todo, algo que habrá de perdurar para
siempre jamás.
De un poeta a otro poeta, y con gran respeto y esperanza y admiración,
Ariel Dorfman.
Hasta acá la carta que mandamos al presidente Obama.
Veremos en los días y semanas y años que vienen si la sabe responder.
* Ariel Dorfman es escritor chileno.
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