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11-11-2008

La feminista usamericana Judith Butler reflexiona sobre Obama

¿Euforia acrítica?

Judith Butler

Traducido por Atenea Acevedo

Pocos somos inmunes a euforia que marca el momento. Mis amigos en la izquierda me escriben diciendo sentir algo muy parecido a la “redención” o que “el país ha vuelto a nosotros” o que “por fin tenemos a uno de los nuestros en la Casa Blanca”. Por supuesto, al igual que ellos, me descubro inundada de incredulidad y entusiasmo a lo largo del día, ya que saber que el régimen de George W. Bush se acabó es un gran alivio. Y pensar en Obama, un candidato negro reflexivo y progresista, significa dar un giro al terreno de la historia, y sentimos el cataclismo conforme su llegada abre una nueva brecha. Pero tratemos de pensar cuidadosamente en esa brecha de cambio, aunque aún es prematuro conocer del todo su topografía. La relevancia histórica de la elección de Barack Obama tiene vertientes todavía desconocidas, pero su elección no es ni puede ser una redención, y si suscribimos los acentuados caminos de identificación que propone (“todos estamos unidos”) o que proponemos (“es uno de los nuestros”) nos arriesgamos a creer que este momento político puede superar los antagonismos que constituyen la vida política, particularmente la vida política en estos tiempos. Siempre ha habido buenas razones para no abrazar la “unidad nacional” como ideal y para albergar sospechas ante la identificación absoluta y perfecta con cualquier líder político. Después de todo, el fascismo dependió, en parte, de esa identificación total con el líder y los republicanos participan del mismo tipo de campaña a fin de orquestar un efecto político cuando, por ejemplo, Elizabeth Dole se dirige a su público con estas palabras: “Los amo a todos y cada uno de ustedes”.

Pensar en la política de la identificación eufórica se torna más importante que nunca ante la elección de Obama y considerando que el apoyo que obtuvo coincide con el apoyo de causas conservadoras. De cierta manera, esto explica su éxito “universal”. En California ganó con 60% de los votos y, sin embargo, una parte significativa de quienes votaron por él también votaron en contra del matrimonio homosexual (52%). ¿Cómo entender esta aparente disyunción? Primero, recordemos que Obama no ha apoyado explícitamente el derecho al matrimonio entre personas homosexuales. Además, como lo señaló Wendy Brown, los republicanos han advertido que el electorado no está tan motivada por los temas “morales” como lo estuvo en procesos electorales recientes; las razones detrás del apabullante voto a favor de Obama parecen ser fundamentalmente económicas y la lógica que lo explica parece más estructurada en torno a la racionalidad neoliberal que a las inquietudes religiosas. Esta es sin duda una de las razones por las que fracasó la idea de asignar a Palin la función de despertar a la mayoría del electorado con la discusión de cuestiones morales. Pero si los temas “morales”, como el control de las armas, los derechos relacionados con el aborto y los derechos de las personas homosexuales, no fueron tan determinantes como en el pasado, quizás se deba a que se encuentran perfectamente instalados en otro compartimiento de la mente política. En otras palabras, enfrentamos nuevas configuraciones de las convicciones políticas que posibilitan mantener, al mismo tiempo, visiones en apariencia divergentes: alguien puede, por ejemplo, discrepar de Obama en ciertos temas, pero haberle dado su voto. Esto se hizo más notorio ante el surgimiento del contraefecto Bradley,[i] cuando los votantes pudieron asumir y de hecho asumieron de manera explícita su racismo, pero dijeron que de todas maneras votarían por Obama. Entre las anécdotas de lo que se llegó a escuchar decir incluyen frases como “Sé que Obama es musulmán y terrorista, pero igual votaré por él; probablemente sea mejor para la economía”. Esos votantes lograron conservar su racismo y votar por Obama, y albergar convicciones contrapuestas sin tener que resolverlas.

A la par de las fuertes motivaciones económicas se han conjugado otros factores menos discernibles desde lo empírico en los resultados de las elecciones. No podemos subestimar la fuerza de la desidentificación en este proceso electoral, la sensación de repugnancia porque George W. ha “representado” a Usamérica ante el resto del mundo, la vergüenza por nuestras prácticas de tortura y detención ilegal, el asco de haber hecho la guerra con base en argumentos falsos y haber propagado el racismo en contra del Islam, la inquietud y el horror ante el hecho de que la desregulación económica llevada al extremo haya provocado una crisis económica mundial. ¿Obama surgió finalmente como un mejor representante de la nación a pesar de su raza o debido a su raza? En esa función de representación es, al mismo tiempo, negro y no negro (hay quienes dicen que “no es lo suficientemente negro” y quienes dicen “es demasiado negro”); en consecuencia, puede atraer a votantes que no solo carecen de una vía para resolver su ambivalencia ante el tema, sino que ni siquiera desean tenerla. No obstante, la figura pública que permite al pueblo conservar y maquillar su ambivalencia aparece como una figura de la “unidad”: no cabe duda de que cumple una función ideológica. Estos momentos son intensamente imaginarios, cosa que no les resta fuerza política.

El interés en la persona de Obama creció conforme se acercaban las elecciones: su circunspección, su reflexividad, su capacidad para no perder los estribos, su manera de lograr cierta serenidad frente a ataques hirientes y vil retórica política, su promesa de reinstaurar una versión del país capaz de superar su actual vergüenza. La promesa, desde luego, es seductora. Pero, ¿qué pasaría si adoptar ciegamente a Obama fomentara la creencia en la posibilidad de superar toda disonancia, la creencia de que la unidad es realmente posible? ¿Cuáles son las probabilidades de que terminemos sufriendo cierta decepción inevitable cuando este carismático líder muestre que es falible, que está dispuesto a transigir o incluso a traicionar a las minorías? De hecho, en cierta forma ya lo ha hecho, pero muchos de nosotros “hacemos a un lado” nuestras inquietudes para disfrutar la extrema falta de ambivalencia del momento, exponiéndonos a una euforia acrítica aun cuando ya deberíamos haber aprendido la lección. Después de todo, es difícil definir a Obama como un hombre de izquierda, independientemente del “socialismo” que le atribuyen sus opositores conservadores. ¿Cómo limitarán las políticas partidistas, los intereses económicos y el poder del Estado sus acciones? ¿Cómo habrán ya sido comprometidas? Si a lo largo de su mandato buscamos superar el sentido de disonancia habremos echado por la borda la política crítica a favor de una euforia cuyas dimensiones quiméricas tendrán consecuencias. Quizás no podamos evitar la entelequia del momento, pero no olvidemos que el momento dura un instante. Si hay racistas declarados que han dicho “Sé que es musulmán y terrorista, pero igual votaré por él” seguramente en la izquierda habrá quien diga “Sé que traicionó la lucha por los derechos de las personas homosexuales, sé que traicionó a Palestina, pero sigue siendo nuestra redención”. Ya lo sabía, pero hay que repetirlo: es la clásica formulación del desmentido. ¿Con qué medios conservamos y maquillamos convicciones contradictorias como estas? ¿A qué costo político?

No cabe duda de que el éxito de Obama tendrá efectos importantes en la situación económica del país, y parece razonable suponer que veremos una nueva lógica de regulación económica y un enfoque económico parecido a la socialdemocracia europea; en política exterior veremos, sin duda, una renovación de las relaciones multilaterales, un cambio de 180 grados respecto de la fatídica tendencia a la destrucción de acuerdos multilaterales que hemos visto durante el gobierno de Bush. Y sin duda también veremos una tendencia más liberal en términos generales en lo que respecta a los temas sociales, aunque es importante recordar que Obama no se ha manifestado a favor del servicio universal de salud ni ha apoyado explícitamente el derecho al matrimonio homosexual. Tampoco hay muchas razones para esperar que formule una política exterior justa para la relación de USAmérica en Oriente Medio, aunque reconforta saber que conoce a Rashid Khalidi.

La indiscutible relevancia de la elección de Barack Obama está del todo relacionada con la superación de los límites implícitamente impuestos a los logros de la población negra en USAmérica; ha inspirado, inspirará y emocionará a la juventud negra; al mismo tiempo, precipitará un cambio en la autodefinición del país. Si la elección de Obama es un indicio de la voluntad de la mayoría de los votantes de que este hombre “los represente”, entonces se entiende que el “nosotros” se constituye de nuevo: somos una nación de muchas razas, interracial, y Obama nos ofrece la oportunidad de reconocer quiénes somos y qué seremos, y así parecería superarse aquella cierta escisión entre la función de representación de la presidencia y la función del pueblo representado. Seguro que se trata de un momento de euforia, pero ¿puede durar? ¿Debería?

¿Qué consecuencias tendrá esta expectativa casi mesiánica conferida a Obama? El éxito de esta presidencia requiere de cierta decepción y de la capacidad de superar esa decepción: el hombre se volverá humano, se mostrará menos poderoso de lo que quisiéramos y la política dejará de ser una celebración carente de ambivalencias y cautela; de hecho, la política demostrará ser menos una experiencia mesiánica y más una vertiente para el debate sólido, la crítica pública y el necesario antagonismo. La elección de Obama significa que el terreno para el debate y la lucha ha dado un golpe de timón y, sin duda, es un terreno más fértil. Pero no significa el fin de la lucha. Sería insensato pensarlo, aunque sea provisionalmente. Seguro que estaremos de acuerdo y en desacuerdo con algunas de las medidas que tome o deje de tomar. Pero si la expectativa inicial es que es y será la “redención” personificada, entonces lo castigaremos sin piedad cuando nos falle (o encontraremos maneras de negar o reprimir la decepción para mantener viva la experiencia de la unidad y el amor sin ambivalencias).

Obama tendrá que actuar rápido y bien para evitar una decepción trascendental y dramática. Tal vez la única forma de evitar un “choque” (una decepción de graves proporciones capaz de revertir la voluntad política en su contra) sea tomar medidas decisivas en los primeros dos meses en el poder. La primera sería cerrar Guantánamo y encontrar maneras de llevar los casos de los detenidos a tribunales legítimos; la segunda sería fraguar un plan para el retiro de las tropas de Iraq y empezar a ponerlo en marcha. La tercera sería retractarse de sus beligerantes declaraciones acerca de intensificar la guerra en Afganistán y buscar soluciones diplomáticas y multilaterales. Está claro que si no toma estas medidas la izquierda le retirará apoyo y veremos la reconfiguración de la escisión entre los halcones liberales y la izquierda que está en contra de la guerra. Si nombra a gente como Lawrence Summers para ocupar cargos en el gabinete o da continuidad a las fallidas políticas económicas de Clinton y Bush, el mesías será despreciado como falso profeta. No necesitamos una promesa imposible, sino una serie de acciones concretas que puedan empezar a revertir la terrible revocación de la justicia cometida por el régimen de Bush; cualquier otra cosa acabará en una dramática y trascendental desilusión. La pregunta es cuál es la medida precisa de desilusión que se necesita para recuperar una política crítica y qué modalidad aún más dramática de desilusión habrá de devolvernos al intenso cinismo político de los últimos años. Hace falta salir un poquito de la ilusión para poder recordar que la política no tiene tanto que ver con la persona y la imposible y hermosa promesa que representa como con los cambios concretos en el ejercicio político que, con el tiempo y no sin dificultades, habrán de construir las condiciones favorables a una mayor justicia.


[i]> En la cultura política usamericana se denomina efecto Bradley al fenómeno según el cual los candidatos pertenecientes a una minoría racial suelen tener mejores resultados en las encuestas que en las urnas. N. de la T.

Fuente: Uncritical Exuberance? Judith Butler's take on Obama

Judith Butler (1956) pertenece al cuerpo docente de la Escuela Europea de Posgrado en Saas-Fee, Suiza, y profesora de la Cátredra Maxine Elliot en los departamentos de Retórica y Literatura comparada de la Universidad de California, Berkeley. Es la académica posfeminista que escribió El género en disputa en 1990 y Cuerpos que importan en 1994. Ambas obras describen lo que después se convertiría en la teoría queer. Una de las aportaciones más significativas de Butler a la teoría crítica es su modelo performativo del género, en el que las categorías “masculino” y “femenino” se entienden como una repetición de actos y no como absolutos naturales o inevitables. Butler también argumenta que el movimiento feminista no puede usar o depender de una definición específica e inmutable de mujer, y que hacerlo es imperialista y contraproducente, porque perpetúa el sexismo. Además, analiza las formas en que la raza, el género, la orientación sexual y otras identidades entran en conflicto y se apoyan entre sí.

Atenea Acevedo es miembra de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y la fuente.


 

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