|
10-12-08
■ El colapso está más cerca de lo que se cree; Kandahar, en poder de los rebeldes
Nadie apoya a los talibanes en Afganistán; todo el país odia al gobierno corrupto de Karzai
Robert Fisk (The Independent)
Kabul, 9 de diciembre. El colapso de Afganistán está más cerca de lo que el
mundo cree. Kandahar está en manos del talibán –toda la ciudad, con excepción
de 1.6 kilómetros cuadrados en el centro de la ciudad– y los primeros puestos
de control talibanes están a escasos 24 kilómetros. El gobierno profundamente
corrupto de Hamid Karzai es casi tan impotente como lo es el gabinete iraquí en
la Zona Verde de Bagdad. De hecho, los transportistas afganos ahora llevan
licencias del talibán, que opera sus propias cortes en áreas remotas del país.
La Cruz Roja ya advirtió que las operaciones humanitarias están siendo
drásticamente socavadas en la mayor parte de Afganistán; más de 4 mil personas,
un tercio de ellas civiles, han sido asesinadas en los últimos 11 meses, al
igual que gran cantidad de soldados de la OTAN y 30 trabajadores humanitarios.
Tanto los talibanes como el gobierno de Karzai están ejecutando a sus
prisioneros en cada vez mayor número. Las autoridades afganas ahorcaron este
mes a cinco hombres por asesinato, secuestro o violación –si bien un prisionero,
pariente lejano de Karzai, como era de esperar, vio su sentencia conmutada–.
Hay más de 100 personas condenadas a muerte en Kabul.
Éste no es el resurgimiento de un Afganistán democrático, pacífico y
“sensible a los géneros” que se le prometió al mundo después de derrocar a los
talibanes en 2001. Fuera de la capital y en el lejano norte, casi todas las
mujeres andan cubiertas toalmente con la burkha, mientras que
combatientes originarios de Cachemira, Uzbekistán, Chechenia y hasta de Turquía
están llegando a unirse a las filas de los talibanes. Se cree que hay más de
300 combatientes turcos en Afganistán, y la mayoría de ellos tiene pasaporte
europeo.
“Nadie que conozco quiere que el talibán vuelva al poder”, me dijo un
ejecutivo de negocios de Kabul –en estos días se insiste en el anonimato como
en 2001–, “pero la gente detesta al gobierno y al Parlamento, que nada hacen
por su seguridad. Con tantas personas desplazadas que llegan a Kabul desde las
provincias, hay desempleo masivo, pero no existen estadísticas.
“El ‘libre mercado’ llevó a muchos al desastre financiero. Afganistán es
sólo un campo de batalla de ideología, opio y corrupción política. Tenemos a
todos estos consorcios comerciales que reciben contratos de gente como (la
organización humanitaria) USAID. Primero se apropian entre 30 y 50 por ciento
de sus propias ganancias, luego subcontratan a otras compañías, de manera que
sólo queda 10 por ciento del presupuesto originalmente destinado a los afganos.
Afganos que trabajan para organizaciones de caridad y Naciones Unidas se
quejan con sus patrones de que los talibanes los presionan y les exigen
información o casas seguras. En el campo, los agricultores viven atemorizados
por ambos lados de la guerra. Un funcionario de muy alto rango en una organización
no gubernamental (ONG) de Kabul –quien insistió en el anonimato– dice que tanto
los talibanes como la policía amenazan regularmente a pobladores de aldeas.
“Un grupo talibán de 15 o 16 personas puede llegar a la casa de un líder
local y exigirle comida y alojamiento. El líder dice al pueblo que alimenten al
grupo y le permita quedarse en la mezquita. Luego llegan la policía o el
ejército y acusan a los habitantes del pueblo de colaborar con el talibán,
detienen a hombres inocentes y amenazan a la comunidad con retirarles la ayuda
humanitaria. Y siempre existe el peligro de que la aldea sea bombardeada por
los estadunidenses”.
En Ghazni, el talibán ordenó que todos los teléfonos móviles fueran
apagados entre 5 y 6 de la tarde por temor a que espías pudieran usarlos para
revelar las posiciones de la guerrilla. La guerra de los celulares puede ser un
conflicto en que el gobierno está ganando. Con la ayuda que Estados Unidos
brinda a la policía del Ministerio del Interior, ésta ya está en condiciones de
rastrear y triangular llamadas.
Una vez más, los estadunidenses hablan de formar “milicias tribales” para
combatir a los talibanes, como hicieron en Irak y han intentado las autoridades
paquistaníes en su frontera noroeste. Pero los caciques de los años 80 fueron
corrompidos por los rusos cuando el sistema se puso en práctica hace dos años
–se llamó Fuerza Policial Auxiliar– y fue un fiasco. Los miembros de esa
formación dejaron de ir a trabajar, se robaban las armas y se unían a las
milicias privadas.
“Cada vez que llega a Kabul un embajador occidental, vuelven a recalentar
esta idea” dice otro desesperado activista de ONG. “Oh, formemos milicias
locales, es una idea brillante”. Pero nada hacen por solucionar el problema del
pillaje y la crueldad del talibán y los bombardeos aéreos que los afganos
hallan intolerables. La comunidad mundial debe dejar de darle vueltas al asunto
y pensar en los cimientos que debieron haberse construido hace cuatro o cinco
años”.
Lo que esto significa para esos occidentales que han pasado años en Kabul
es simple: ¿Es en verdad la “democracia” la ambición irrenunciable de los
afganos? ¿Es posible crear un Estado federal fuerte? ¿Está la comunidad
internacional dispuesta a combatir a los señores de la guerra y
productores de droga del gobierno de Karzai? Y lo más importante de todo:
¿tiene el desarrollo realmente algo que ver con “mantener el control sobre el
país? El viejo y cansado proverbio estadunidense de que “donde termina el
pavimento comienza el talibán” es falso. Los talibanes están montando puestos
de control en las carreteras recién reconstruidas.
El Ministerio de Defensa tiene 65 mil hombres bajo sus dudosas órdenes pero
necesita 500 mil para controlar el país. Los soviéticos fracasaron en su
intento de conservar el control sobre la nación con 100 mil hombres y 150 mil
soldados afganos que los apoyaban.
Ahora que Barack Obama se prepara para enviar otros 7 mil soldados
estadunidenses a ese pozo que es Afganistán, los españoles e italianos están
hablando de retirarse mientras los noruegos podrían hacer lo mismo con sus 500
hombres en la zona del norte del país.
Repetidamente, los líderes occidentales se refieren a la “clave” de
entrenar a cada vez más afganos para ingresar al ejército. Pero esa fue la
misma “clave” usada por los rusos, y resulta que no funcionó.
“Nosotros” no estamos ganando en Afganistán. Hablar de aplastar al talibán
es tan desolador e irreal como siempre lo ha sido. De hecho, cuando el
presidente afgano trata de tener un encuentro con el mullah Omar –según Estados
Unidos es uno de los principales objetivos de esta guerra miserable– ya se sabe
qué esperar. Omar ni siquiera quiso hablar con Karzai.
La partición del país es una opción que nadie discutirá –darle el sur
afgano a los talibanes y conservar el resto, pero daría pie a otra crisis con
Pakistán ya que los pashtunes, la mayor parte del talibán, querrían todo lo que
consideran es “Pashtuntistán” y que incluyen territorios tribales paquistaníes.
Esto también implicaría volver al “gran juego” de rediseñar las fronteras
del sureste asiático, algo que, como la historia ha demostrado, siempre viene
acompañado de derramamiento de sangre.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.
E-mail:
espagnol@worldcantwait.net
|