Holocausto invisible: Los criminales de las sanciones iraquíes buscan repetir en Irán
Chris Floyd
The Empire Burlesque
29 de Julio de 2010
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
En la última década del siglo XX, una nación a menudo aclamada (sobre todo
por sí misma) como la “mayor democracia del mundo” lideraba un programa de
salvaje guerra económica contra un país roto e indefenso. Perpetrado con una frialdad
burocrática inconmovible, el bloque mató, según estimaciones muy conservadoras,
al menos a un millón de seres inocentes. Más de la mitad de esas víctimas eran
niños muy pequeños.
Niños muertos. Miles de niños muertos. Decenas de miles de niños muertes. Cientos de miles de
niños muertos. Montañas de niños muertos. Inmensos y terribles albañales de
niños muertos. Eso es lo que la mayor democracia del mundo creó,
deliberadamente, fríamente, como objetivo de política nacional cuidadosamente
meditado.
El bloqueo se impuso por tan sólo una razón: forzar la salida del recalcitrante dirigente del
destrozado país, que en otro tiempo había sido aliado y cliente de la “mayor
democracia del mundo” pero que ya no contaba con los suficientes parabienes
para que le permitieran seguir gobernando su estratégicamente situada tierra y
sus inmensos recursos energéticos. Los líderes de las dos facciones en dominio
del poder en la “mayor democracia del mundo” acordaron que el asesinato
deliberado de gente inocente –más gente de la que se asesinó en el comparable
genocidio en Ruanda- era un precio aceptable a pagar por ese objetivo
geopolítico. Para ellos, el juego –es decir, el aumento de sus ya tremendos y
sin parangón riqueza y poder- merecía la pena, es decir: los espasmos de la
muerte de un niño en la agonía final de la gastroenteritis o el cólera o
cualquier otra enfermedad fácilmente evitable.
Es, sin comparación, una de las más notables –y horrendas- historias de la última mitad
del siglo XX, superada sólo durante ese período por el Gran Salto Adelante de
China y los millones de seres asesinados en los conflictos en Indochina, en los
que la “mayor democracia del mundo” jugó tan decisivo papel. Pero sigue
habiendo una “guerra invisible”, como Joy Gordon la denomina en el título de su nuevo libro sobre Estados Unidos y
las sanciones contra Iraq. No sólo es que los autores de ese paseo genocida que
supera al de Ruanda siguen hoy aún entre nosotros, a salvo, sin alterarse, con
honor, confort y privilegios. Es que algunos de ellos aún mantienen puestos de
poder en el gobierno actual. Si su guerra salvaje fue invisible, de la misma
forma ese hace invisible la sangre inocente que les empapa de la cabeza a los
pies.
Andrew Cockburn ha escrito una excelente reseña –muy detallada- del trabajo de Gordon en la última London Review of Books, utilizando su propia y amplia
experiencia en Iraq así como las exhaustivas pruebas que el libro ofrece.
Merece la pena reflejar con detalle la reseña, aunque hay mucho más en la obra
original, que también deberían leer.
Cockburn escribe:
“… Los múltiples desastres infligidos a Iraq desde la invasión
anglo-estadounidense de 2003 han tendido a eclipsar la letalmente eficaz
“guerra invisible” emprendida contra los civiles iraquíes entre agosto de 1990
y mayo de 2003, dotada por las Naciones Unidas de plenos poderes y con la
inagotable atención de los gobiernos estadounidense y británico… Incluso en
aquel momento las sanciones contra Iraq suscitaron sólo algún comentario
público esporádico, y aún se prestó menos atención a las maniobras burocráticas
en Washington, siempre con la obediente ayuda de Londres, que aseguró las
muertes de medio millón de niños, entre otras consecuencias. En su excelente
libro, Joy Gordon registra esas consecuencias en sus detalles horripilantes…”
Las sanciones se impusieron originalmente a Iraq después de que Saddam –que había recibido la famosa “luz verde” de la enviada del
presidente estadounidense- invadiera Kuwait. Se dijo que las sanciones iban a
suponer una especie de guerra breve para obligarle a retirarse; después se
convirtieron en un instrumento de guerra cuando los combates empezaron. Y más
tarde, se trocaron en una extensión de la guerra por otros medios. Pero en
todos los casos, como Gordon y Cockburn señalan, fueron sobre todo un arma para
destruir la economía y la infraestructura civil del país. Cockburn escribe:
“… Cuando sobrevino la guerra, ésta se dirigió tanto contra la economía de
Iraq como contra su ejército en Kuwait. Las características fundamentales de la
campaña de bombardeos se diseñaron –como su principal planificador, el Coronel
John Warden de la fuerza aérea estadounidense me explicó después- para destruir
los ‘pilares fundamentales’ que hacían que Iraq funcionara como una sociedad
industrial moderna. La fuerza aérea había estado soñando con conseguir eso
desde antes de la Segunda Guerra Mundial, y Warden pensaba que la introducción
de las ‘bombas inteligentes’ de precisión guiada lo permitirían ahora. Las
centrales de energía eléctrica, los centros de telecomunicaciones, las
refinerías de petróleo, las plantas de tratamiento de aguas residuales y otras
infraestructuras clave iraquíes resultaron destruidas o gravemente dañadas.
Warden, recuerdo, se sentía irritado de que esos bombardeos, añadidos a su
esquema original, habían oscurecido el impacto de su ataque quirúrgico contra
los pilares en que se apoyaba la sociedad moderna iraquí…
… El primer indicio de que el bloqueo proseguiría, aunque a Iraq se le
hubiera desalojado de Kuwait, llegó en un brusco comentario de Bush en una
conferencia de prensa el 16 de abril de 1991. No habría relaciones normales con
Iraq, dijo, hasta que ‘Saddam Hussein esté fuera de allí’, i.e.,
‘Proseguiremos con las sanciones económicas’. Se había recogido oficialmente
que iban a levantarse las sanciones una vez que se hubiera compensado a Kuwait
por los daños acarreados durante los seis meses de ocupación, y una vez que se
confirmara que Iraq ya no poseía ‘armas de destrucción masiva’ ni capacidad
para fabricarlas. Se creó una organización especial de inspección de la ONU,
UNSCOM, encabezada por el diplomático sueco Rolf Ekeus, un veterano de las
negociaciones sobre control de armamento. Pero en caso de que alguien no
hubiera captado bien la declaración de Bush, su asesor adjunto de seguridad
nacional, Robert Gates (ahora secretario de defensa de Obama), lo explicó
detalladamente pocas semanas después: ‘Saddam se ha desacreditado y no puede
redimirse. La comunidad mundial no va a aceptar nunca su liderazgo. Por tanto’,
continuó Gates, ‘los iraquíes pagarán el precio mientras él siga en el poder.
Se mantendrán todas las sanciones posibles hasta que se haya marchado”
Esa es la voz de hierro ensangrentada del hombre que el Progresista
Premio Nóbel de la Paz ha conservado en la Casa Blanca para que dirija su
maquinaria de guerra mientras calcina cuerpos humanos por todo el mundo, en
Iraq, Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia, Filipinas, Colombia y docenas de
otros países: una maquinaria de guerra compuesta de ejércitos oficiales,
milicias secretas, escuadrones de la muerte, robots y mercenarios. Volviendo a
Cockburn:
“A pesar de esta explícita confirmación de que la justificación oficial de
las sanciones era irrelevante, el supuesto rechazo de Saddam a entregar su
mortífero arsenal se blandiría por los sancionadores siempre que el precio que
los iraquíes estaban pagando atrajera la atención del mundo exterior. Y aunque
Bush y Gates afirmaban que Saddam, y no sus armas, era el objeto real de las
sanciones, algunos funcionarios de los cuarteles de la CIA en Langley me
aseguraron en aquel tiempo que la posibilidad de que la población, desesperada
por las sanciones, derrocara al dictador era ‘la menos probable de las
alternativas’. El empobrecimiento de Iraq –por no mencionar la exclusión de su
petróleo del mercado global y del beneficio de los precios del petróleo- no era
un medio para llegar a un fin: era el fin.”
Desde luego que hoy en día estamos viendo ponerse en marcha esa misma dinámica mientras Gates y
un nuevo emperador temporal trabajan en el mismo esquema, con el mismo
objetivo, sobre otra recalcitrante nación que desgraciadamente posee una
ubicación estratégica e inmensos recursos energéticos. Incluso se está
utilizando la misma y vergonzosa justificación: la no existente amenaza de las
no existentes armas de destrucción masiva. Y, ¿por qué no? Mientras sigan
cayendo inocentes de esa forma, los señores de la guerra seguirán usándola.
Cockburn continúa:
“Cuando visité Iraq ese primer verano de sanciones tras la guerra, me
encontré con una población aturdida por el desastre que estaba reduciendo su
nivel de vida al del Tercer Mundo… Los doctores, la mayoría de ellos formados
en Gran Bretaña, mostraban sus vacíos dispensarios. Por todas partes la gente
preguntaba cuándo se iban a levantar las sanciones, asumiendo que, como mucho,
podía ser cuestión de meses (una creencia inicialmente compartida por Saddam).
La noción de que seguirían en pie una década después era inimaginable.
Los doctores no deberían haberse preocupado por nada. La Resolución 661
prohibía la venta o suministro de cualquier producto a Iraq… con la excepción
explícita de los “suministros estrictamente dedicados a tareas médicas y, en
circunstancias humanitarias, comestibles’. Sin embargo, cada producto que Iraq
intentara importar, incluyendo alimentos y medicinas, tenía que ser aprobado
por el ‘Comité 661’ creado a tal propósito y dotado con diplomáticos de los
quince estados miembros del Consejo de Seguridad. El comité se reunía en
secreto y apenas publicaba nada sobre sus procedimientos. Gracias a la
desaparición de la Unión Soviética, EEUU podía ahora dominar las Naciones
Unidas y utilizarlas para proporcionar una tapadera de legitimidad a sus
unilaterales acciones.
El objetivo conocido del Comité 661 era revisar y autorizar las excepciones
a las sanciones, pero como Gordon explica, su función actual era negar la
importación hasta de los más inocuos productos justificándose en que podían,
posiblemente, utilizarse en la producción de armas de destrucción masiva. Una
ingeniosa disposición permitía que cualquier miembro del comité aplazara la
aprobación de cualquier producto para el que se había solicitado autorización.
Así pues, aunque otros miembros, incluso una mayoría, pudiera desear que se
enviaran productos a Iraq, EEUU y su siempre bien dispuesto socio británico
podía, y así lo hicieron, bloquear cualquier cosa que eligieran con la más pobre
de las excusas… De esa forma, en los primeros años de la década de 1990, EEUU
bloqueó, entre otros productos, la sal, pipas de agua, bicicletas infantiles,
materiales utilizados para hacer pañales, equipamiento para procesar la leche
en polvo y tela para hacer ropa. La lista se ampliaría más tarde hasta incluir
relojes, calcetines, marcos de las ventanas, azulejos y pintura.
En 1991, los representantes estadounidenses sostuvieron con toda la energía
que pudieron desplegar que no se debía permitir que Iraq importara leche en
polvo porque no respondía a una necesidad humanitaria. Después, los
diplomáticos sostuvieron obedientemente que una petición de vacunas infantiles,
considerada ‘sospechosa’ por los expertos en armas de Washington, debería
asimismo rechazarse.
Durante todo el período de sanciones, EEUU frustró los intentos iraquíes de
importar las bombas que se necesitaban para las plantas de tratamiento del agua
del Tigris, que se había convertido en una cloaca al aire libre gracias a la
destrucción de dichas plantas de tratamiento de las aguas. El cloro, vital para
tratar los suministros de agua contaminada, se prohibió asimismo alegando que
podía utilizarse como arma química. Las consecuencias de todo esto se hicieron
visibles en las salas de pediatría de los hospitales. Cada año aumentaba la
cifra de bebés que morían antes de alcanzar su primer cumpleaños, de 1 de cada
30 en 1990, a 1 de cada 8 siete años después. Los especialistas sanitarios
estaban de acuerdo en que el agua contaminada era la responsable: los niños
eran especialmente sensibles a la gastroenteritis y cólera causadas por el agua
sucia.”
¡Qué espanto todo! Pero, ¿qué hay del programa de la ONU de “Petróleo por Alimentos” que se
puso eventualmente en marcha para proporcionar un hilo de productos a Iraq a
cambio de los codiciados recursos energéticos? Como Cockburn señala, aunque la
“guerra invisible” de sanciones que mató a medio millón de niños es ahora un
suceso que nunca ocurrió en la conciencia estadounidense, el “escándalo” del Petróleo
por Alimentos –Saddam jugando con el sistema mientras su pueblo sufría- todavía
es en gran medida utilizado por los apologistas de la guerra de agresión de
2003. Este, dicen, fue el escándalo verdadero, no el de todos
esos bebés muertos. Cockburn:
“Bajo las condiciones del programa, gran parte del dinero fue
inmediatamente desviado [por los bloqueadores dirigidos por EEUU] para pagar lo
que los críticos denominaban como exigencias `inverosímilmente altas’ por parte
de Kuwait a la hora de pedir indemnizaciones por los daños de la invasión de
1990, y para pagar las inspecciones de la UNSCOM y otros costes administrativos
de la ONU en Iraq. Aunque el acuerdo permitía alguna mejora en los niveles de
vida, no hubo cambio fundamental alguno: el Secretario General de la ONU, Kofi
Annan, informó en noviembre de 1997 que, a pesar del programa, el 31% de los
niños menores de cinco años sufría aún de desnutrición, que los suministros de
agua potable y medicinas eran ‘en gran medida inadecuados’ y que la infraestructura
sanitaria sufría un ‘deterioro excepcionalmente grave’.”
Para los iraquíes fue posible sacar alguna ventaja pecuniaria del programa
Petróleo por Alimentos de las comisiones que sacaban de las compañías
petrolíferas a quienes se favorecía con adjudicaciones, también de los
comerciantes del trigo a los que compraban suministros. En 2004, mientras Iraq
se desintegraba, el ‘escándalo del petróleo por alimentos’ fue aireado a bombo
y platillo en la prensa estadounidense como ‘la mayor estafa en la historia’.
El Congreso, que había guardado un silencio total durante los años de las
sanciones, estalló ahora con denuncias sobre el fraude y los engaños del
dictador caído, quien, con la supuesta complicidad de la ONU, había sido
supuestamente la causa directa de tantas muertes.
Gordon pone todo esto en su contexto: “Bajo el programa Petróleo por Alimentos, el gobierno
iraquí se hizo con el 10% de los contratos de importación y durante un breve
tiempo recibió pagos ilícitos por las ventas del petróleo. Los dos factores
combinados supusieron unos 2.000 millones de dólares… En cambio, en los catorce
primeros meses de la ocupación [tras la invasión de 2003], la autoridad de la
ocupación dirigida por EEUU redujo los fondos en 18.000 millones de dólares,
dinero ganado de la venta de petróleo, la mayor parte del cual desapareció como
el humo, sin control alguno y sin que el pueblo iraquí pudiera percibir nada
del mismo. Quizá Saddam derrochó millones en palacios de mármol (en gran medida
mal construidos, como sus posteriores ocupantes militares estadounidenses
descubrieron) pero su codicia palidece en comparación con la de sus sucesores.
Como hemos señalado aquí a menudo anteriormente, los dirigentes británicos y
estadounidenses que impusieron las asesinas sanciones sabían muy bien, durante
muchos años, que Iraq no tenía en absoluto armas de destrucción masiva, ni
siquiera un programa para desarrollar armas de
destrucción masiva. Sabían que en el momento de la invasión de 2003, esos
programas de armas de destrucción masiva (que en otro tiempo había apoyado con
dinero secreto, créditos y “tecnología de doble uso” nada menos que George Herbert Walker Bush) llevaban doce años
metidos en naftalina. Hablé de esto, por escrito, allá por 2003 –incluso Newsweek informaba de ello, ¡justo unas semanas
antes de la guerra!- pero la verdad es que no había realmente espacio para la
historia en la mente política estadounidense o en la memoria nacional. Por eso
Cockburn y Gordon nos hacen tan buen servicio detallando de nuevo la historia.
También añaden uno de los aspectos más críticos de la historia: los
desesperados esfuerzos de Bill Clinton –sí, el viejo buen “Gran Hombre” de nuestros
progresistas modernos- para suprimir la verdad y mantener las criminales
sanciones y la deriva hacia la guerra, es demasiado fuerte:
“El estrangulamiento económico de Iraq se justificó sobre la base de la
supuesta posesión de Saddam de armas nucleares, químicas o biológicas. Año tras
año, los inspectores de la ONU peinaron Iraq en búsqueda de pruebas de que esas
armas existían. Pero después de 1991, el primer año de las inspecciones, cuando
se detectó y se destruyó toda la infraestructura del programa de armas
nucleares de Iraq, junto con los misiles y un amplio arsenal de armas químicas,
no se encontró ya nunca jamás nada. Dados los antecedentes de Saddam negando la
existencia de su proyecto nuclear (su arsenal químico era bien conocido; lo
había utilizado ampliamente en la guerra Irán-Iraq, con la aprobación de EEUU),
los inspectores tenían algún motivo para sospechar, al menos hasta agosto de
1995. Fue entonces cuando Hussein Kamel, el yerno de Saddam y anterior
supervisor de sus programas de armamento, huyó de repente a Jordania donde
rindió completos informes a la CIA, el MI6 y la UNSCOM. En aquellas
entrevistas, dejó perfectamente claro que en 1991 se había destruido todo el
arsenal de armas de destrucción masiva, una confesión que sus interlocutores,
incluidos los inspectores de la ONU, tuvieron gran cuidado en ocultar al mundo
exterior.
Sin embargo, a principios de 1997, Rolf Ekeus llegó a la conclusión, como
me contó muchos años después, de que debía informar al Consejo de Seguridad que
Iraq no tenía armas de destrucción masiva y, por tanto, había cumplido con las
Resoluciones de la ONU salvo en algún punto. Se sentía inclinado a recomendar
que se levantaran las sanciones. Al saber de sus intenciones, a la
administración Clinton se le pusieron los pelos de punta. El fin de las
sanciones expondría a Clinton a los ataques republicanos por permitir que
Saddam se fuera de rositas. El problema se resolvió, me explicó Ekeus,
consiguiendo que Madeleine Albright, recién instalada como secretaria de
estado, declarara en un discurso público el 26 de marzo de 1997 que “no estamos
de acuerdo con las naciones que defienden que si Iraq cumple con sus
obligaciones en relación con las armas de destrucción masiva, deben levantarse
las sanciones’. El previsible resultado fue que Saddam no tuvo más interés en
cooperar con los inspectores. Esto provocó una escalada de enfrentamientos
entre el equipo de la UNSCOM y los funcionarios de la seguridad iraquí que
acabó con la expulsión de los inspectores, con las proclamas de que Saddam “se
negaba a desarmarse” y, finalmente, con la guerra.”
Ahí lo tienen. Clinton no quería que se levantaran las sanciones; no
quería que se dejaran de arrojar los cuerpos de los niños muertos en el
terrible albañal. Como siempre, cuando uno suponía que se había alcanzado un
punto de referencia –en este caso, la eliminación de las armas y los programas
de armas de destrucción masiva- van y se cambian simplemente las reglas. Vemos
esto también respecto a Irán. Obama presentó lo que pretendía ser una gran
solución “diplomática” haciendo que Irán enviara su combustible nuclear a
Brasil y Turquía para que estos dos países lo procesaran. Este fue desde luego,
un mero gesto hueco que perseguía mostrar lo intransigente y poco fiable que
Irán realmente es; esos mullahs tan ansiosos de tener armas nucleares
rechazarían el acuerdo. Pero cuando Irán llego a ese acuerdo con Brasil y
Turquía para hacer exactamente lo que Obama quería que hiciera, fue denunciado de
inmediato –por Obama- como… una demostración de cuán intransigente y poco digno
de confianza es realmente Irán. Logren un hito y los amos sencillamente
cambiarán las reglas. Así es como funciona hasta que consiguen lo que quieren:
un cambio de régimen en tierras estratégicas repletas de recursos naturales.
Cockburn señala otro efecto de las sanciones que casi siempre se pasa por alto:
“Dennis Halliday, el coordinador humanitario para Iraq de la ONU que
dimitió en 1998 en protesta por lo que llamó régimen ‘genocida’ de sanciones,
describió en aquel momento sus efectos más insidiosos sobre la sociedad iraquí.
Toda una generación de jóvenes había crecido aislada del mundo exterior. Los
comparaba, inquietantemente, con los huérfanos de Afganistán de la guerra con
Rusia que más tarde formaron los talibanes. ‘Debería preocuparnos al menos la
posibilidad de que se desarrolle de forma más intensa el pensamiento
fundamentalista islámico’, advertía Halliday. ‘No se comprende que ésa puede
ser una consecuencia posible del régimen de sanciones. Estamos empujando a la
gente para que adopte posiciones extremas’. Esa fue la sociedad que los
ejércitos de EEUU y el Reino Unido enfrentaron en 2003: empobrecida, extremista
e iracunda. Mientras ellos cuentan las víctimas que cada día sufren a causa de
las bombas colocadas en los arcenes y los ataques suicidas, Occidente debería
pensárselo muy cuidadosamente antes de desplegar una vez más ‘el instrumento
perfecto’ del bloqueo.
Pero, por supuesto, como hemos indicado a menudo en estas líneas, eso parece ser
exactamente lo que quieren: un suministro constante de extremistas en los que
se pueda confiar para mantener avivados los rentables fuegos de la Guerra del
Terror: llamas que a su vez alimentan los monstruosos motores de la Maquinaria
de Guerra y sus retoños de la Seguridad, ambos devorados desde hace mucho tiempo por los residuos de la república
estadounidense y que están ahora sufriendo una metástasis a velocidad
vertiginosa, casi más allá de cualquier comprensión humana.
Niños muertos. Miles de niños muertos. La montaña, el albañal se va haciendo cada vez más
alto. Y aún sigue la gente dormida…
Fuente: http://www.chris-floyd.com/articles/1-latest-news/1993-invisible-holocaust-iraqi-sanction-criminals-seek-reprise-in-iran.html
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