Las incursiones nocturnas amenazan la Operación Kandahar
James Gundun
Global Research
29 de mayo de 2010
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
No estaban mintiendo cuando decían que llegaría el Día D
y que sería en Kandahar. El pasado sábado, tropas afganas y estadounidenses
“pululaban” con cierta fanfarria por Kokaran, una barriada situada en las
afueras, en la zona oeste de la capital provincial. Pero, al igual que en
Marjah, los oficiales estadounidenses estaban resueltos a impresionar a su
público por la coordinación entre las tropas afganas y estadounidenses, además
de los beneficios que ello conlleva.
“Ningún soldado estadounidense se introdujo en los hogares”, informaba Los Angeles
Times. “Agentes femeninas de la policía afgana, con sus rostros cubiertos
por pañuelos, registraron los recintos. Policías masculinos interrogaron a los
vecinos, confiscando las armas de varios hombres que no tenían permiso para
usarlas”.
Los talibanes, al igual que en Marjah, también ofrecieron una dura aunque
infrecuente resistencia cuando se dispersaron.
“La clave es conseguir una porción de gobernanza que funcione, mostrando a los vecinos que
lo que vieron hoy va a perdurar”, dijo el Capitán Michael Thurman, comandante
de la 293ª Compañía de la Policía Militar, que dirigió la operación sobre el
terreno junto a un jefe de la policía afgana. “Es un proceso largo y sólo
estamos en el principio”.
O quizá la clave es comprender que los afganos de Kandahar no quieren estar el resto del
verano y todo el 2011 como están “hoy”.
Para “mostrárselo a los locales” se fijó una shura para el lunes que pusiera
las cosas claras sobre el tapete para futuras operaciones y proyectos de
desarrollo. Un oficial de asuntos civiles canadiense dijo que un “equipo de
desarrollo” preguntaría a los patriarcas de los pueblos sobre sus necesidades
“para que no les dictemos a ellos lo que tienen que conseguir”.
Llegó el lunes y Los Angeles Times informaba: “Se suponía que era una reunión
sobre gobernanza y desarrollo, dos de los tres pilares del esfuerzo de
contrainsurgencia estadounidense en la provincia de Kandahar este verano. En su
lugar, la shura, o asamblea de líderes locales, reunidos en una
comisaría de policía, se convirtió en una sesión de quejas sobre el tercer
pilar: la seguridad. Los patriarcas se quejaron amargamente de un ataque del
ejército estadounidense contra su barriada, Kokaran, la noche anterior, y de la
redada del sábado”.
“Estas grandes operaciones no son buenas. Llenan de preocupación a la gente”, dijo el Haji
Fadi Mohammad a los oficiales estadounidenses “mientras los otros ancianos
murmuraban y asentían”.
Los oficiales estadounidenses respondieron defendiendo la redada y la incursión nocturna,
diciendo que siempre se sigue un protocolo y casi nunca se dispara. Verdad o
no, olvidan –o ignoran- que la realidad es que en esas ocasiones el caos
prevalece frente a las misiones realizadas con éxito. En la batalla de
relaciones públicas, EEUU no puede permitirse ni una sola historia como la
siguiente.
Y ha habido ya demasiadas noches como la del 14 de mayo de 2010.
El amanecer envolvía Surkhrod, un pueblecito de la provincia oriental de Nangarhar, cuando
sobrevino la tormenta. Las fuerzas especiales de EEUU y un destacamento afgano
cayeron en tropel sobre un recinto, atronando la atmósfera con megáfonos para
que la gente saliera del edificio con las manos en alto: “una práctica que
dicen respetar siempre”.
“Es literalmente un guión”, dijo un oficial estadounidense que afirma que les
recibieron con una “lluvia de disparos” desde el interior del recinto.
El registro, según la versión estadounidense, dio como resultado que se encontraran armas
ligeras de las que suele haber en las casa rurales, pero también, “radios de
las que suelen usar los insurgentes, chalecos de munición, un uniforme militar
y –lo más condenable ante sus ojos- un mortero, un dispositivo sofisticado
utilizado sólo con propósitos militares”.
Ocho talibanes cayeron muertos cuando la niebla de la batalla se despejó, incluido
un comandante del que las Fuerzas Especiales de EEUU dijeron que llevaban tres
días siguiéndole los pasos. La OTAN emitió un comunicado de prensa a las pocas
horas afirmando que habían matado a ocho “terroristas”; el Ministro de Defensa
afgano se apresuró a decir lo mismo. ¿Alguna vez ha estado tan bien cuidado
Afganistán?
“No había talibanes aquí, ni uno solo”, dijo Rafiuddin Kushkaki, el propietario de los
campos de trigo dorados por el sol que rodean el recinto rural, tratando de
contener las lágrimas. “Alguien engañó a los estadounidenses. Cometieron un
error”.
Quizá fueron los talibanes, o una tribu rival. Quizá una equivocación honesta o un descuido.
No importa que EEUU se declare culpable. Ese es el precio de la
contrainsurgencia. Pero la naturaleza visceral de estos casos es algo en sí
misma. Los relatos de los campesinos, incluidos Kushkaki y los miembros de su
familia, afirman que el tiroteo estalló sin aviso alguno alrededor de la una de
la madrugada. La mayoría de la gente dormía en el interior del patio.
“Mi hermano corrió fuera para ver lo que sucedía; le mataron de inmediato”, explica
Kushkaki. “Mi hijo salió corriendo y también le dispararon. Le llevé adentro en
mis brazos, pero se desangró hasta morir, aquí, sobre esta alfombra”.
Los ocho muertos no eran precisamente talibanes.
Puede que las tropas estadounidenses gritaran primero. Los campesinos dijeron que no
escucharon nada excepto el ataque, un factor que hizo que se despertaran de su
sueño. Las fuerzas estadounidenses pudieron entrar por la parte de atrás o
desde lo alto para ser recibidos por varios jóvenes armados. La “lluvia de
disparos” pudo haber confundido los primeros disparos dentro del patio, aunque
este escenario no tranquiliza las conciencias.
En el peor de los casos, el ataque nocturno desembocó en una catástrofe. Los errores a la
hora de identificar a los asesinos son más propios de los carteles mejicanos,
no de los soldados estadounidenses. Es muy simple: asaltar la casa equivocada y
actuar de forma desenfrenada no tiene justificación. Hesamuddin Kushkak, el tío
de uno de los chicos, tuvo que perderse también los funerales cuando las
fuerzas de la coalición le detuvieron para interrogarle. Declaró que el hecho
de que le liberaran tres días después prueba que las fuerzas estadounidenses se
equivocaron.
“Me interrogaron una y otra vez, ‘¿dónde escondes los cohetes?’, y les contesté: ‘Adelante,
registrad el recinto’. El ejército dijo que nunca se encontraron los cohetes
que buscaba el comandante. Les dije todo lo que sabía y ahora yo quiero saber
algo de ellos. Quiero saber quién les dio esa información errónea. Quiero saber
por qué mi sobrino está muerto. Quiero saber por qué nos ha pasado esto ha
nosotros”.
¿Cuál es la prueba más comprometedora, la vista de un mortero? Los familiares afirman que
fue puesto allí cuando las tropas estadounidenses se dieron cuenta de su error.
Excluir esta opción sería ingenuo teniendo en cuenta la rapidez con la que la
OTAN publicó su comunicado. El encubrimiento se puso en marcha de inmediato.
Y aún se preguntan los comandantes estadounidenses por el temor obsesivo de los
kandaharis ante los asaltos nocturnos.
Los Angeles Times se las arregló para lograr el testimonio de dos altos
oficiales de las operaciones especiales de EEUU que afirmaron que el pasado año
se lanzaron alrededor de mil asaltos nocturnos, aunque McChrystal ordenó
públicamente limitarlos. Defendieron que los asaltos, como el de los
comandantes de la OTAN en la shura de Kokaran, se llevaban a cabo para
salvar cientos de vidas, afirmando que el 80% de los asaltos terminan sin
disparar un tiro y que menos del 2% provocan víctimas civiles.
Pero ese 20% y ese 2% podrían alcanzar un 100% en Kandahar y, para empezar, los porcentajes
verdaderos son realmente mucho más altos. Los oficiales estadounidenses
reconocieron que los 29 civiles muertos del pasado año eran “según su propio
cómputo”. Los ocho miembros de la familia de Rafiuddin Kushakaki no entraban en
ese cómputo. La Casa Blanca y el Pentágono han alabado la inteligencia del
pueblo afgano, no pueden haberse vuelto estúpidos de repente.
El Pentágono manifestó que iban a limitar los asaltos pero las mil incursiones dicen otra
cosa. La OTAN afirma que no mata cuando realmente lo hace y lo encubre en
cuanto puede. Así han ido desarrollando una pauta de comportamiento. Como el incremento
del Presidente Obama ha empezado ya a avinagrarse, un asalto individual se
convierte en un microcosmos del general de la estrategia estadounidense:
palabras amables, mayor fuerza, errores, encubrimiento, repetición.
El desafío en Afganistán está en manos del Presidente afgano y su medio hermano Wali, a quien
los comandantes estadounidenses dejaron inútilmente en el poder, y en los
talibanes. De algún modo, de alguna manera, EEUU debe descubrir un remedio para
las raíces de la discordia. El dirigente de la oposición Abdullah Abdullah dijo
recientemente que Kandahar tiene una oportunidad para estabilizarse bajo
control del gobierno, pero no acertó a explicar cómo.
“Sitúan la corrupción y el mal gobierno como el problema número uno, incluso antes de los
talibanes y Al-Qaida”, contó a NPR dejando a un lado sus propias dudas
sobre Karzai cuando estuvo en Washington D.C. “Así es como piensa la gente en
Kandahar. Pero el gobierno de Afganistán no lo considera desde ese ángulo. Eso
es lo que hace que todo sea tan problemático”
El titular de Los Angeles Times tachaba a los oficiales estadounidenses de
“satisfechos” y a los afganos de “indignados” por el asalto de Sukhrod. No es
esa precisamente la receta adecuada para lograr la estabilidad en Kandahar o
Afganistán.
James Gundun es científico político y analista de temas de contrainsurgencia. Vive en
Washington D.C. Puede contactarse con él en The Trench, un blog
realista de política exterior, en www.hadalzone.blogspot.com
Fuente:
http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=19361
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