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El Mundo no Puede Esperar organiza a las personas que viven en Estados Unidos para repudiar y parar el rumbo fascista iniciado durante el régimen de Bush y evidenciado en las ocupaciones asesinas, injustas e ilegítimas de Irak y Afganistán; la “guerra de terror” global de tortura, rendición extraordinaria y espionaje; y la cultura de discriminación, intolerancia y avaricia. A ese rumbo no le darán marcha atrás los líderes que nos instan a buscar puntos en común con fascistas, fanáticos religiosos e imperio. Solo es posible si la población forja una comunidad de resistencia –un movimiento independiente de grandes cantidades de personas—que, actuando en pro de los intereses de la humanidad, pone fin a dichos crímenes y demanda que se procese a los responsables por ellos.



Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

¡NO MAS!
¡Ningún ser humano es ilegal!

EL Mundo no Puede Esperar exhorta a cada persona a protestar contra las leyes racistas como Arizona SB1070, a desacatarlas y a DESOBEDECERLAS



AL MOVIMIENTO ANTIBÉLICO
DE ESTADOS UNIDOS:

17 de diciembre de 2008

    “Si uno no se le opone a esto y no se moviliza para pararlo, aprenderá —o se verá obligado— a aceptarlo”.

    de la Convocatoria ¡Fuera Bush y su gobierno!, 2005

Barack Obama está mandando a otros 20,000 soldados a Afganistán.

Un movimiento antibélico que no actúa inmediatamente para oponerse a la doctrina Obama de llevar el frente central de la guerra contra el terror a Afganistán, no merece llamarse un movimiento antibélico.

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Gira:
¡NO SOMOS TUS SOLDADOS!


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Indocumentados no huyen de huracán

Deciden quedarse en la ciudad de New Orleans ante el temor de ser arrestados

  • Peter Prengaman / Associated Press |
  • 2008-09-03 |
  • La Opinión

NEW ORLEANS, Lousiana.— Muchos inmigrantes indocumentados que han estado reconstruyendo New Orleans desde que la azotó el huracán Katrina decidieron no evacuar la ciudad ante la amenaza de Gustav debido al temor de ser arrestados.

"Sabemos que murió gente durante Katrina, pero no teníamos otra opción más que quedarnos aquí", comentó Carlos Mendoza, un inmigrante de 21 años de Honduras que permaneció durante la tormenta con otras siete personas. Se refugiaron en un apartamento cercano a una esquina donde se congregan jornaleros.

"Muchos permanecieron porque tenían miedo", afirmó Mendoza. "Diría que ese fue el caso de al menos el 50% de nosotros".

Las autoridades ofrecieron desalojar a los residentes en autobuses y trenes, y prometieron no perseguir a inmigrantes indocumentados. Pero el temor de ser arrestados o deportados hizo que Mendoza y todos los indocumentados que conoce rechazaran aceptar el viaje gratuito.

Grupos defensores de los derechos de los inmigrantes calculan que en la ciudad hay aproximadamente 30 mil indocumentados; nadie sabe cuántos decidieron quedarse durante el paso de Gustav.

La población hispana de New Orleans es pequeña comparada con otras ciudades estadounidenses importantes, pero era prácticamente inexistente hasta que Katrina destruyó gran parte de la ciudad.

La bonanza de la reconstrucción atrajo a miles de inmigrantes indocumentados, mayormente hombres de México y Centroamérica que trabajaban como jornaleros.

Los empleos no son tan abundantes como lo fueron inmediatamente después del azote de Katrina. Además, las medidas de fuerza del gobierno contra los inmigrantes han hecho que los jornaleros se sientan nerviosos en cuanto a viajar.

"Moverse se ha vuelto muy difícil para los trabajadores indocumentados", dijo Pablo Alvarado, director del grupo National Day Labor Organizing Network (Red Nacional Organizadora de Jornaleros).

La ciudad tomó algunas medidas para facilitarlo: se distribuyeron avisos de evacuación en español, y el número telefónico 311 de ayuda de la ciudad tenía operadores que hablaban español. "Cada acción que tomamos en inglés, tratamos de hacerla también en español", dijo James Ross, vocero de la ciudad.

Pero los mensajes no lograron convencer a comunidades hispanas cautelosas que han padecido un incremento en las redadas de inmigración en años recientes, señaló Jacinta González, una organizadora de jornaleros del Centro de Trabajadores de New Orleans por la Justicia Racial.

Sumándose a las dificultades, agregó González, estuvieron los problemas con el servicio 311. Varios jornaleros se quejaron de que los hicieron esperar más de 30 minutos antes de que los comunicaran con un operador que hablara español.

Y cuando los inmigrantes indocumentados se dieron cuenta de que se les pediría que se registraran para ser desalojados, la situación se tornó incluso más inaceptable, dijo González.

Parte del plan de evacuación incluía dar a los desalojados muñequeras con información de identificación que podía ser ingresada a un banco de datos computarizado para rastrear dónde estaba la persona.

"El gobierno no dio a la gente certeza de que serían regresados a New Orleans" y que no serían deportados, apuntó González. "Enviar simplemente comunicados de prensa el día previo a la evacuación no va a funcionar", agregó.

En el barrio Central City, lugar de residencia de muchos hispanos, algunos que se quedaron podían ser vistos atisbando por sus ventanas mientras pasaban patrullas para vigilar el cumplimiento de un toque de queda. Varios se negaron a ser entrevistados o no abrieron su puerta.

"Les dije a todos que se fueran", comentó Raymond Francois, residente que regresó a su casa ayer y quien estaba tocando las puertas de vecinos hispanos que se quedaron. "Pero me dijeron que no podían; estaban preocupados porque no tenían documentos", dijo.

Santiago Gradiz, un inmigrante indocumentado hondureño de 61 años, fue llevado a Houston junto con otras personas en su misma situación. Ellos salieron el sábado para evitar cualquier punto de revisión.

El y otros 10 viven en un apartamento de una recámara, y no piensan regresar a New Orleans hasta que terminen las tareas de limpieza y ya no estén en las calles los soldados y policías adcionales que fueron emplazados.

Además del peligro de la tormenta, señaló Gradiz, él temía que al quedarse también pudiera ser deportado; ya la policía podría detectarlo con mayor facilidad.

"Por suerte, tenía algo de dinero del día anterior, cuando trabajé moviendo muebles, y pude ayudar a pagar el costo del viaje", agregó.

José Gordillo, de 50 años, nunca consideró siquiera tratar de irse. El ciudadano mexicano y sus dos hijos adultos, los tres inmigrantes ilegales, decidieron quedarse en la casa que rentan .

"Hacía algunas semanas que no teníamos trabajo, así que no teníamos dinero para salir", comentó Gordillo. "Me dio un poco de pánico durante la tormenta, pero con la ayuda de Dios lo logramos", apuntó.


 

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