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El Significado de las Cintas Naranja durante el Oscar

Dennis Loo, el creador de la campaña de la cinta naranja, habla de su aparición en la ceremonia del Oscar y de la situación política actual.

Cerca de mil millones de personas asistieron a los Premios Anuales de la Academia del 2008 y vieron las cintas y pulseras de color naranja usadas por muchos en la platea, incluyendo el ganador del Oscar Alex Gibney (Mejor Documental, “Taxi al Lado Oscuro”) y la actriz Julie Christie, nominada a mejor actriz. Como escribió William Booth en el Washington Post, al comentar sobre la ceremonia: “Súbitamente vimos que habían cintas y brazaletes naranja por doquier. Muchos fueron sorprendidos al ver el naranja y se preguntaron de qué se trataba.

Paul Haggis (vencedor por “Crash” en 2006) explicó: “Las cintas naranja fueron usadas para protestar contra la tortura homologada por el Estado… las cintas son del mismo color que los uniformes de los presos de Guantánamo, y también de nuestros campos de detención secretos, donde los prisioneros son mantenidos indefinidamente, en violación a nuestra Constitución, y también torturados. Esto es algo que nuestro gobierno ha siempre condenado como el comportamiento siniestro de los dictadores, pero es algo que inexplicablemente está siendo justificado. Todos los norteamericanos, cualquier que sea su partido político, deberían condenar abiertamente esta actividad groseramente anti-norteamericana, pero actualmente casi no se habla de este asunto. Las pulseras de color naranja que algunos de nosotros usamos, decían simplemente ‘Tortura + Silencio = Complicidad’. Yo recibí la mía de la campaña de El Mundo no Puede Esperar.

La historia detrás de estas cintas naranjas es la siguiente: en el verano de 2007 empecé la campaña, llamándola “Pronúnciate Ya, Vístete de Naranja” “El Mundo no Puede Esperar – Fuera Bush y su Gobierno”, formalmente adoptó la campaña, así como también el movimiento a favor del juicio político a Bush, distribuyendo ampliamente el naranja como el color de resistencia al programa de Bush. Pocos meses después, la ACLU y otros grupos también adoptaron el color, con el propósito específico de exigir el cierre de la cárcel de Guantánamo.

Algunos comentarios de los medios de comunicación sobre las cintas naranjas han sido para ridiculizarlas como la última moda superficial de Hollywood. Mónica Hesse, periodista del Washington Post, por ejemplo, dijo que las cintas eran baratas y feas (artículo en inglés).

Me pregunto que es más feo, ¿una cinta naranja o sufocar a alguien hasta el punto de ahogarlo practicándole el “waterboarding” o submarino?

¿Una pulsera naranja o las capuchas negras que se colocan a los prisioneros antes que sean enganchados para aplicar una descarga eléctrica a sus genitales?

¿Una pancarta naranja colocada en el campanario de una iglesia declarando “No Vivimos en un Estado Torturador” o un Vicepresidente que declara que el submarino “no tiene importancia”?

¿Una camiseta naranja o un Presidente que se dice de derecha, usando exactamente las mismas frases usadas por los nazistas para la tortura, o sea, “técnicas perfeccionadas de interrogatorio”?

¿Una bandana naranja o un juez de la Corte Suprema que dice que la “llamada tortura” no sería un “castigo cruel e inusual” ya que no se lleva a cabo en el curso de un procedimiento criminal?

¿Una bincha naranja o un Ministro de Justicia que se recusa a definir el “submarino” una técnica de tortura inventada por la Inquisición Española, como tortura?

¿Una cinta engomada naranja en tu cartera o un candidato presidencial que dejó de obstruir legislación contra la tortura legalizada y la creación de gulags (Guantánamo, Abu Ghraib y rendición) donde tus derechos a habeas corpus han sido despojados, ya sea si eres ciudadano norteamericano o no, si el presidente te declara un “enemigo de combate”?

¿Una pegatina para el coche de color naranja o un Gobierno y medios de comunicación que mienten a su gente para justificar la invasión a otro país que no nos ha amenazado, cometiendo así, según la Carta de las Naciones Unidas, el mayor de todos los crímenes de guerra, causando hasta hoy la muerte de más de un millón de personas?

¿Un brazalete naranja o un Poder Ejecutivo y Congreso que legalizan la vigilancia sin garantías e injustificada de todos nosotros?

La opción que enfrentamos colectivamente en 2008 es si nos permitimos o no entrar a la historia como gente que silenció delante de estos graves crímenes, al igual que los alemanes delante de las atrocidades nazistas.

Como escribí en mi libro: Enjuiciemos al President e: el Caso Contra Bush y Cheney”: Depende de todos nosotros alzarnos y motivar a otros para que lo hagan, para promover desde un nuevo movimiento social de las raíces del partido, líderes que constituyan una alternativa y poderosa contrapartida para oponerse al ambiente político en general, proporcionando una autoridad legítima y competitiva a la autoridad quebrada e ilegítima que ahora lidera nuestro país. El sistema actual no nos ofrece otra opción”.

Que muchos de la Academia hayan optado por mostrar su posición públicamente fue increíble porque la gente en la arena cultural constituye una parte crítica de esa autoridad moral competitiva y legítima.

Vemos la importancia de los artistas también reflejada en muchas de las películas lanzadas en los dos últimos años que hablan de los crímenes monstruosos que están siendo cometidos en nuestro nombre. Estas son las películas cuyos contenidos algunos se quejan tratan de “pesimismo y negatividad”. Películas como: “Taxi al Lado Oscuro”, “Rendición”, “El Buen Pastor”, “En el Valle de Era”, “Persépolis”, “No End in Sight”, “Sicko”, y el cuento alegórico de maldad irrestricta, “No Es País para los Débiles”.

Los artistas tienen una capacidad especial – y una responsabilidad especial – de expresar nuestra condición de una manera que trasciende a la realidad. En una época donde los medios de comunicación dominantes y los principales partidos políticos se recusan firmemente a transmitir las demandas mayoritarias de juicio político, para terminar la guerra injusta, inmoral e ilegal en Irak, a exigir medidas contra la emergencia del calentamiento global, a parar el deslizamiento hacia un gobierno que sigue su causa sin detenerse y es dictatorial, y que tampoco cobran responsabilidad a Bush y Cheney – hay libros, música y otras de arte (incluyendo directores de cine, artistas gráficos, y comediantes) han tenido que enfrentar un compromiso inusualmente pesado para llevar la verdad y los hechos a la gente. La verdad nunca ha sido diseminada a los ciudadanos de forma tan estrangulada, restricta y distorsionada como en los días de hoy.

Es una ironía perversa que los jóvenes más bien informados del país obtiengan la mayoría de sus noticias de dos programas satíricos de noticias – el “Daily Show” y el “Colbert Report”. Pero los bufones de la corte del rey deben informar sobre las malas noticias porque las fuentes oficiales de información son corruptas y meros escribas del poder.

Lo que muchos miembros de la Academia de Cine y Ciencias hizo el otro día fue el tipo de cosa que necesitamos ver mucho más. Millones de personas deben parar de gruñir para sí mismos y sus amigos y parientes y vestir sus ideales políticos a diario. Si lo hicieran, entonces el hecho que los grupos mediáticos y los dos principales partidos políticos no hablen del asunto no tendría importancia, porque sería una escena vista por todo el público – naranja en las calles, en los centros comerciales, en las escuelas, en los lugares de trabajo, en las vidrieras, en el transporte público – ómnibus, trenes y aviones – tomando así una posición pública contra la inmoralidad y perversión que gobierna en las más altas esferas de poder del país.

No quedaremos en la historia como “buenos norteamericanos”, Exigimos un mundo donde la verdad y los hechos sean la norma y donde reinen la justicia y la equidad.


 

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