Investigación especial: Maltratadas y Humilladas

Una
mujer salvadoreña, arrestada por ICE, (junto a su esposo, que continua preso)
fue dejada en libertad y tiene 90 días para abandonar el país. A ella le
colocaron un brazalete, que entre otras cosas le tiene la pierna con heridas.
(FOTO: ImpreMedia)
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Reportaje Especial II de II: La humillación que deben sufrir las familias de indocumentados capturados
NUEVA JERSEY
— Son madres,
esposas, inmigrantes que vinieron a los Estados Unidos en busca de un mejor
futuro para su familia y que hoy se encuentran atadas a un brazalete y
enfrentadas a abandonar el país y regresar a un lugar que ya no reconocen como
el suyo.
Mirna Pérez, salvadoreña de 38 años lleva 18 viviendo en Plainfield, expresando que
la sola idea de volver a su país la aterroriza. “Son muchos años que llevo
fuera de mi país, mis tres hijos nacieron aquí, hablan más inglés que español;
es como si tuviera que volver a nacer pero ya adulta”, sostiene Pérez.
Pérez fue arrestada junto a su esposo durante una redada realizada por el Servicio de
Inmigración y Control de Aduanadas, ICE a comienzos del mes de agosto. A su
esposo lo dejaron bajo custodia en el Centro de Detención de Elizabeth, a ella
la dejaron salir, no sin antes colocarle un brazalete en el tobillo, que le
permite a las autoridades monitorearla las 24 horas del día.
La práctica de colocar el brazalete a las personas que han sido detenidas por ICE
y que se encuentran a la espera de presentarse ante un juez, o se les ha
ordenado abandonar el país durante un determinado período de tiempo, no es
nueva y ha sido implementada desde el 2004 bajo el programa conocido como
Monitoreo Electrónico (EMP).
Pérez dice sentirse “humillada y peor que si estuviera presa”, agrega además que debe
conectar el brazalete a la electricidad a diario, durante dos horas, para
recargar las baterías. “Me dijeron que si les llegaba a sonar la alarma porque
estaba bajo de batería la policía vendría a buscarme y me llevarían arrestada”,
indicó.
Para su hija de 15 años, la situación no es diferente, no habla mucho español porque
se le hace más fácil “pensar en inglés” y a El Salvador sólo lo ve como el país
de sus padres, que no es el suyo. “No tengo ninguna conexión, ni mental ni
emocional”, asegura.
Pérez tiene un plazo de 90 días para abandonar el país, su situación la describe como
extremadamente desesperada. “Mi esposo en la cárcel, mis hijos llorando porque
no se quieren ir a un país desconocido y yo no tengo ni con qué comer porque
nadie me quiere dar trabajo, cuando les digo que tengo el brazalete inmediatamente
me rechazan”, señala.
Un portavoz de ICE dijo que no se tienen cifras exactas de cuántas personas, en
Nueva Jersey, portan actualmente el brazalete, sin embargo explicó que este
sistema se ha implementado en parte para dar alivio en las cárceles y no
acumular tantos detenidos en una prisión.
El otro programa que utiliza también el brazalete es conocido como Supervisión
Intensiva de Presencia (ISAP).
El caso de Carola Vargas no es diferente, el brazalete le fue puesto a mediados de
agosto y al igual que a Pérez, le dieron 90 días para abandonar el país, aunque
dice que está lista para irse.“Humillada, vejada, menospreciada, tratada menos
que a un animal, tengo un brazalete y éste me martiriza porque es como si
estuviera en una cárcel pero sin rejas, nadie me quiere contratar porque tengo
que decirle que tengo ese aparato puesto en mi tobillo”, asevera.
Vargas, igual que Pérez y cinco mujeres más, entrevistadas por este rotativo,
coincidieron que el brazalete les produce dolor en la pierna, no pueden caminar
y deben estar literalmente conectadas a diario durante dos horas al día para
cargar la batería.
“Cada día se están viendo más los casos de las personas a las que le colocan estos
brazaletes”, indicó Silvia Hernández, directora del Centro Hispanoamericano de
Plainfield. “Las personas se sienten humilladas y peor que criminales”,
denunció.
Para Ramiro Salazar, de la organización “Inmigrantes Unidos” de Linden, el brazalete
es la menos mala de las opciones. “Se puede ver como una ventaja y es mejor
estar afuera con un brazalete que adentro pasando las penurias propias de una
cárcel”, concluye.
Maria.loboguerrero@eldiariony.com
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