¿Por qué estoy en huelga de hambre en solidaridad con
los detenidos de Pal Action?
En el maltrato de los detenidos de Pal Action, veo reflejada mi historia. Veo evidencia clara de que Guantánamo no
terminó, se esparció.
Mansoor Adayfi
Escritor, artista, activista y ex prisionero de Guantánamo.
Al Jazeera
2 de enero de 2026

El autor hablando en un evento en apoyo a los huelguistas de hambre de Palestine
Action el 13 de diciembre del 2025 en Roma, Italia (cortesía de Mansoor Adayfi).
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Conozco este camino. Tengo el mapa grabado en mis huesos. Llevo las cicatrices que no
van a sanar sin justicia, sin rendición de cuentas.
Lo aprendí en Guantánamo, cuando lo único que podía controlar era mi propio cuerpo. Nos desaparecieron. Aislados.
Silenciados a la fuerza. Nuestras palabras fueron censuradas. Nuestras cartas
fueron marcadas como secretas. Los abogados fueron bloqueados. El tiempo
alargado y podrido. Ninguna fecha de juicio fue otorgada. Ningún cambio real.
Me redujeron a un número en un overol naranja, encerrado en una jaula de metal. El
gobierno estadounidense ya me había nombrado “lo peor de lo peor”.
“Terrorista”. “Enemigo combatiente”. Etiquetas diseñadas para que la tortura
sonara como algo necesario.
Y la tortura llegó. Día y noche. Sin parar. Mecánicamente. Diseñada para romper la
mente primero, el cuerpo después. Así que dejé de comer. No como un gesto. No
como una petición. Dejé de comer porque me habían quitado todo lo demás. Mi
cuerpo era el único territorio que este Estado todavía no había ocupado.
Una huelga de hambre no es simbólica. No es dramática. Esa es una mentira vendida por los medios, por gente que jamás ha visto un
cuerpo colapsar desde adentro, que convierten una muerte lenta en titulares y
tabloides y frases limpias.
Una huelga de hambre es un camino lento y doloroso hacia la muerte. Te desmantela pieza por pieza. Los músculos se encojen. La
visión se nubla. El corazón flaquea. Los órganos comienzan a fallar. Cada
latido es una advertencia. Cada hora te arrastra más cerca de la muerte, quieras o no.
Una huelga de hambre inicia cuando todas las puertas se cierran. Cuando el sistema deja claro que tu vida no tiene valor alguno,
mientras te quedes callado y obediente. Cuando te ve directamente y te dice que
ya estás muerto.
Así que respondes con tu cuerpo.
Por lo menos ocho
de los activistas pro Palestina encarcelados en el Reino Unido han
rechazado la comida. Uno lleva en huelga de hambre más de dos meses. Otros han
pasado los cincuenta días sin comer. Algunos han sido llevados al hospital.
Están esparcidos en distintas prisiones, lejos de los otros, arrancados de sus
familias, enterrados bajo la palabra “terrorista” para que la crueldad pueda
ser disfrazada de ley.
Sus nombres son Heba Muraisi, Qesser Zurah, Amu Gib, Teuta Hoxha, Kamran Ahmed, Lewie Chiaramello, Jon Cink y Umer Khalid.

Fotos de los ocho huelguistas de hambre de Pal Action
mostradas durante un evento en Roma, Italia, el 13 de diciembre del 2025
(cortesía de Mansoor Adayfi).
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Los expertos en derechos humanos de las Naciones Unidas han expresado graves preocupaciones por las vidas de los huelguistas de
hambre. Advirtieron que los activistas tenían altos riesgos de fallo de órganos,
daño neurológico y muerte, si no tienen atención médica apropiado e hizo un
llamado al gobierno del Reino Unido para asegurar el cuidado de emergencia a
tiempo, a que se involucren con las demandas de los activistas y que aborden
asuntos de derechos relacionados con detención pre juicio prolongada y las
restricciones sobre la actividad de protesta.
He estado dentro de esta historia anteriormente. Las palabras violentas diseñadas para arrancarte tu humanidad
para que el público no tenga que sentir el pinchazo de tu sufrimiento. Cuando Jeremy Corbyn mencionó la huelga de hambre en el
Parlamento, algunos PMs se rieron. Rieron. No susurraron. No se quedaron
incómodamente callados. Abiertamente se burlaron. Expresiones burlonas se veían
desde sus sillas acolchadas mientras los cuerpos de personas se rompían en
celdas. Mientras personas se colapsaban, arrastradas al hospital con órganos
fallando. Este es el poder intocable.
Davod Lammy, primer ministro adjunto, ha evadido reunirse con las familias de los
huelguistas de hambre. Ha evitado hasta el mínimo gesto humano de escuchar. La
cobardía envuelta en protocolo. Esto es despreció deliberado.
En 1981, durante la huelga de hambre irlandesa, había hombres muriendo en celdas
mientras que los políticos los tachaban de criminales, buscadores de atención,
terroristas. Las burlas vinieron primero. Las bromas. La frialdad. La negación
en acercarse. Luego los funerales. El poder siempre se ríe antes de matar. El
sentido del humor se convierte en un escudo para la cobardía. Nada ha cambiado.
Los acentos son distintos. Los trajes están mejor hechos. La crueldad es la misma.
Esto no es democracia. Esto es podredumbre en el centro del Estado. Nos detuvieron
en Guantánamo por años sin cargos, sin evidencia, sin un camino a la
liberación. En el Reino Unido, hoy, detienen a la gente en prisión preventiva,
a veces por años, mientras cambian las fechas de juicio. El tiempo per se
se convierte en un castigo. El tiempo se convierte en un arma. Un arma en
contra de los prisioneros y sus familias.
El aislamiento viene después.
En Guantánamo, el aislamiento fue diseñado para rompernos. Meses, a veces años,
sin contacto humano significativo. Un silencio tan pesado que presiona contra
su cerebro. Un silencio hecho para borrarte. En las prisiones
británicas, los huelguistas de hambre están separados. Transferidos.
Acosados. Arrancados de rutina y conexión. El aislamiento está enmarcado como
seguridad. No lo es. Es un castigo. Es control.
Luego viene la censura. Las cartas atrasadas. Las llamadas cortadas. Las visitas
restringidas. La información filtrada. Las familias en la oscuridad. Los
abogados obligados a luchar por el mínimo acceso. En Guantánamo, cada palabra
que salía era monitoreada. En el Reino Unido, el mismo instinto sobrevive. Controla
la narrativa. Controla a la persona.
Luego vienen la cohesión médica. En Guantánamo, la huelga de hambre se enfrentaba con
fuerza. Cadenas. Amarres a las sillas. Tubos insertados a la fuerza a través de
las narices a los estómagos mientras que los guardias inmovilizaban nuestros
miembros. Lo llamaban cuidado médico. Era violencia. Pura, deliberada,
aplastante violencia diseñada para hacer que resistirse fuera insoportable.
El Reino Unido pretende que Guantánamo fue un error estadounidense. Algo distante. Algo
terminado. No lo era. Era un laboratorio. Los experimentos fueron exportados.
Absorbidos. Normalizados y ahora, se aplican dentro de sus prisiones.
Ves la en la detención preventiva.
Lo ves en las leyes torcidas para criminalizar la protesta.
Lo ves en las prisiones usadas como bodegas, lugares para guardar a la gente
indefinidamente mientras el Estado toma su tiempo para construir un caso.
Y lo ves en la cooperación silenciosa entre sistemas. Guantánamo alimentó los sitios
obscuros. Los sitios obscuros alimentaron la vigilancia policial de
contraterrorismo doméstico. La misma lógica se muestra una y otra vez. En
lugares como Alligator Alcatraz en Florida. En prisiones británicas deteniendo
activistas políticos bajo leyes de terrorismo. Distintas banderas. Mismo manual.
El abuso viaja más rápido que la rendición de cuentas.
He visto a los gobiernos estudiarse entre ellos. Compartir técnicas. Rededinir el
lenguaje, aprender a enjaular gente legalmente. Estirar la ley sin que se
rompa. Aplastar a un disidente sin llamarlo orden.
Esto no se trata de aceptar las políticas de los prisioneros. Es acerca de si al Estado se
le permite desaparecer gente antes del juicio, aislarlos, censurarlos y luego
castigarlos por rehusarse a cooperar con su propia desaparición. Si el Reino
Unido quiere afirmar que no es como Guantánamo, entonces tiene que probarlo con acción.
Fin a la detención prolongada sin juicio.
Fin al aislamiento como respuesta a la protesta.
Restauren el acceso completo a abogados y familias.
Brinden cuidado médico que proteja la vida, no las políticas que la ponen en peligro.
Escuchen a los huelguistas de hambre. Reúnanse con sus familias cara a cara.
Eliminen las leyes de terror utilizadas para criminalizar la disidencia, estirar la
culpabilidad por asociación y desaparecer a la gente detrás del lenguaje en
lugar de la evidencia.
Forcen a los miembros del Parlamento a salir de su silencio y tomar responsabilidad.
Estas no son demandas radicales. Son el mínimo. El suelo, no el techo, para cualquier sociedad que
dice respetar los derechos humanos.
No estoy escribiendo como un observador. Estoy escribiendo como alguien que ya vivió el
final. Te estoy contando mucho, sin eufemismos y sin distancia. Los sistemas
como estos no se corrigen por sí solos. No se calman por vergüenza. Sólo se
detienen cuando son confrontados directamente y sin miedo. Ahora.
Me rehúso a estar en silencio. Me uno a la huelga de hambre en solidaridad. Lo hago
porque reconozco el sistema en función. Lo hago porque sé que Guantánamo no
terminó, se expandió. Se integró a otras prisiones, otras leyes, otros
gobiernos que se dicen ser mejores. Lo hago porque estar con los oprimidos en
contra del opresor no es simbólico para mí. Es una responsabilidad ganada a
través de la supervivencia. Lo hago porque puedo, porque hacer nada me hace cómplice.
Esta huelga de hambre no se trata de comida. Se trata de dignidad. Se trata de justicia. Se trata de
detención usada como castigo, silencio usado como política y un Estado que cree
que, si espera lo suficiente, la gente se va a romper y va a desaparecer. Cree
que el silencio lo va a proteger, lo va a defender, a absolver. No lo hará.
Estoy con los huelguistas de hambre. No voy a mirar a otro lado. No voy a suavizar esto.
No seré educado acerca de la muerte lenta llevada a cabo en edificios limpios y
con lenguaje legal.
No dejaré que sean borrados. ¡Liberen a los huelguistas de hambre!
Los puntos de vista expresados en este artículo son del autor y no necesariamente
reflejan la postura editorial de Al Jazeera.
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