|
01-04-2008
Obama, Clinton y la guerra
Naomi Klein y Jeremy Scahill
The Guardian
Los activistas contra la guerra deben cambiar sus tácticas electorales. Ni Clinton
ni Obama tienen realmente un plan para finalizar la ocupación de Irak, pero se
los podría obligar a cambiar su posición.
“¿Y?” dijo Dick Cheney cuando se le preguntó la semana pasada sobre el hecho de
que la opinión pública esté abrumadoramente en contra de la guerra de Irak.
“Por supuesto que no te puedes largar por unas encuestas”. Unos días después,
su actitud respecto a que el número de soldados muertos en Irak había llegado a
4.000 mostró el mismo grado de simpatía. Se “pusieron voluntariamente el
uniforme”, dijo el vice-presidente a ABC News.
Este grueso muro de indiferencia ayuda a explicar la paradoja en la que nos encontramos
aquí en el campamento anti-guerra de EEUU 5 años después de la ocupación de
Irak: el sentimiento contra la guerra es el más fuerte que ha habido, pero
nuestro movimiento parece que está menguando. El 64% de los americanos dicen a
los encuestadores que se oponen a la guerra, pero no lo dirías nunca a la vista
del magro número de asistentes a las últimas concentraciones o noches de
vigilia.
Cuando se les pregunta porqué no están expresando sus opiniones contra la guerra a través del
movimiento anti-guerra, muchos te dicen que sencillamente han perdido la fe en
el poder de las protestas. Marcharon contra la guerra antes de que empezase,
marcharon en el primer, el segundo y el tercer aniversario… y aún así, 5 años después,
los líderes de EEUU se alzan de hombros y sueltan un: “¿Y?”
Por ello es el momento de que el movimiento contra la guerra cambie sus tácticas.
Deberíamos dirigir nuestras energías allí dónde aún puede tener cierto impacto:
los principales candidatos demócratas.
Muchos sostienen algo distinto. Dicen que si queremos acabar con la guerra, deberíamos
sencillamente elegir un candidato que no sea John McCain y ayudarle a ganar: ya
nos ocuparemos de los detalles una vez los republicanos estén desalojados del
1600 de Pennsylvania Anevue. Algunas de las voces anti-guerra más prominentes –
desde MoveOn.org hasta el Nation, la revista para la que ambos escribimos – han
elegido este camino, y así han dado su apoyo a la campaña de Obama.
Ello es un error estratégico muy serio. Es durante una campaña fuertemente diputada que
las fuerzas contra la guerra pueden tener el poder de cambiar de facto la
política norteamericana. Tan pronto como elijamos un bando, quedamos relegados
a un papel de simples animadoras.
Y cuando se trata de Irak, hay bien poco que aclamar. Si echamos un vistazo a la retórica
que ha habido hasta el momento, está claro que ni Barack Obama ni Hillary
Clinton tienen realmente planeado terminar con la ocupación. Sin embrago, se
les podría forzar a cambiar sus posiciones, gracias a una batalla por las
primarias singularmente larga.
A pesar de las peticiones a Clinton para que se retire en nombre de la “unidad”, es un
hecho el que Clinton y Obama están todavía plenamente en liza, luchando
ferozmente por cada voto, lo que da al movimiento contra la guerra la mejor
posición para ejercer presión. Y nuestra presión es fatalmente necesaria.
Por primera vez en 14 años, los fabricantes de armamento están donando más a los demócratas
que a los republicanos. Los demócratas han recibido el 52% de las donaciones
políticas de este ciclo electoral hechas por la industria de defensa – muy
superior al 32% de 1996. Ese dinero está encaminado a modelar la política
exterior y, de momento, parece que se ha gastado bien.
Mientras que tanto Clinton como Obama denuncian con mucha pasión la guerra, ambos tienen
planes bien detallados para continuarla. Los dos reconocen que pretenden
mantener la enorme zona verde, incluida la monstruosa embajada de EEUU, y
retener el control norteamericano del aeropuerto de Bagdad.
Tendrían desplegada una “fuerza de choque” dedicada a operaciones de contra-terrorismo,
así como personal de entrenamiento para los militares iraquíes. Más allá de
estas fuerzas militares de los EEUU, el ejército de diplomáticos de la zona
verde necesitará medidas de seguridad fuertemente armadas, que actualmente
aportan Blackwater y otras compañías de seguridad privada. En estos momentos
hay tantos contratistas privados como soldados manteniendo la ocupación, así
que esos planes podrían implicar decenas de miles de miembros de personal
norteamericano atrincherados indefinidamente.
Con un marcado contraste respecto a esa ocupación reducida, llega el mensaje
inequívoco de cientos de soldados que han servido en Irak y Afganistán. Irak
Veterans Against the War (Veteranos de Irak Contra la Guerra), los cuales a
principios de este mes llevaron a cabo las sesiones del Winter Soldier en
Silver Spring, Maryland – basadas en la investigación Winter Soldier de 1971,
en la que los veteranos testificaron sobre las atrocidades de los EEUU en
Vietnam – no dan su apoyo a ningún candidato o partido. En cambio piden una
retirada inmediata e incondicional de todos los soldados y contratistas
norteamericanos. Cuando ha venido de activistas pacifistas, la postura del
“fuera ya” ha sido criticada por naive. Es más difícil ignorarla cuando viene
de los centenares que han servido – y siguen sirviendo – en el frente.
Los candidatos saben que mucha de la pasión que alimenta sus campañas proviene del
deseo de muchos demócratas de base de terminar con esta desastrosa guerra. Pero
lo crucial es que los candidatos ya han dado muestras de ser vulnerables a la
presión del campamento por la paz. Cuando el Nation reveló que ninguno de los
candidatos daba su apoyo a legislación que impidiese el uso de Blackwater u
otras compañías de seguridad privada en Irak, Clinton cambió de rumbo. Se
convirtió en el líder político de EEUU más importante que suscribía la
prohibición – apuntándose un tanto respecto a Obama, quién se opuso a la guerra
desde el principio.
Ahí es exactamente dónde queremos a los candidatos: superándose el uno al otro para
demostrar en qué medida se toman en serio lo de acabar con la guerra. Ese tipo
de batalla tiene el poder de activar a los votantes y romper con el cinismo que
amenaza a ambas campañas.
Recordemos que, al contrario que la actual administración Bush, estos candidatos necesitan
el apoyo de esos dos tercios de norteamericanos que se oponen a la guerra en
Irak. Si la opinión se transforma en acción, ellos no estarán en condiciones de
soltar un “¿Y?”
Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism. Jeremy Scahill es
autor del best-seller del New
York Times Blackwater:
The Rise of the World’s Most Powerful Mercenary Army .
Traducción para www.sinpermiso.info:
Xavier Fontcuberta Estrada
¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.
E-mail:
espagnol@worldcantwait.net
|