Por qué hay que proteger a Wikileaks
John Pilger
www.johnpilger.com
05 de septiembre de 2010
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
En su última columna publicada en el semanario británico New Statesman, John Pilger describe la importancia
de Wikileaks como una nueva e intrépida forma de periodismo de investigación
que amenaza tanto a los belicistas como a sus apologistas, especialmente a
los periodistas que no son más que taquígrafos del Estado.
El 26 de julio Wikileaks publicó miles de archivos militares secretos
norteamericanos sobre la guerra de Afganistán, en los que se documentaban
operaciones de encubrimiento, una unidad secreta de asesinatos y la muerte de
civiles. Archivo tras archivo, las brutalidades resuenan con eco colonial. De
Malaya y Vietnam al Domingo Sangriento [en Derry, en Irlanda del norte] y
Basora, poco ha cambiado. La diferencia estriba en que hoy hay un modo
extraordinario de saber de qué modo se hacen en nuestro nombre estragos en
lejanos países a modo de rutina. Wikileaks ha conseguido los registros de seis
años de asesinatos de civiles tanto en Afganistán como en Irak, de los cuales
lo publicado en The Guardian, Der Spiegel y el New York Times
no son más que una pequeña porción.
Como es comprensible, hay una histeria sonada que exige que “se dé caza” y “se
ponga a disposición” al fundador de Wikileaks, Julian Assange. En Washington
entrevisté a un alto funcionario del Departamento de Defensa y le pregunté:
“¿Puede usted garantizarme que los editores de Wikileaks su editor en
jefe, que no es norteamericano, no se verán sometidos a la caza del hombre
sobre la que leemos en la prensa?” Respondió: “No es ocupación mía dar
garantías de nada”. Me remitió a la “investigación criminal en curso” sobre un
soldado norteamericano, Bradley Manning, presunto filtrador. En una nación que
arguye que su constitución protege a los que dicen la verdad, el gobierno de
Obama persigue y procesa a más filtradores que cualquiera de sus modernos
antecesores. Un documento del Pentágono declara sin rodeos que la inteligencia
norteamericana tiene la intención de “marginar mortalmente” a Wikileaks. La
táctica preferida consiste en la calumnia, con los periodistas empresariales
siempre dispuestos a desempeñar su papel.[1]
El 31 de julio, la célebre reportera norteamericana Christiane Amanapour
entrevistó al Secretario de Defensa, Robert Gates, en la cadena ABC.
Invitó a Gates a que diera a los espectadores una idea de su “enojo” a
causa de Wikileaks. Se hacía eco así de la línea del Pentágono según la cual
“esta filtración tiene las manos manchadas de sangre”, dando así pie a Gates
para que encontrase a Wikileaks “reo” de “culpabilidad moral”. Tal
hipocresía proveniente de un régimen empapado de la sangre del pueblo de
Afganistán e Irak – como dejan claro sus propios archivos – no es aparentemente
razón para la investigación periodística. Apenas si resulta sorprendente hoy
que una nueva e intrépida forma de señalar responsabilidades públicas, como la
que representa Wikileaks, amenace no sólo a los belicistas sino a sus
apologistas.
Su actual propaganda estriba en decir que Wikileaks es “irresponsable”. Este mismo año, antes
de dar publicidad al video tomado desde la cabina de un helicóptero de combate
norteamericano Apache, en el que se mostraba a diecinueve civiles muertos en
Irak entre los que se contaban periodistas y niños, Wikileaks envió gente a
Bagdad para dar con las familias a fin de tenerlas preparadas. Antes de la
publicación el mes pasado de los archivos concernientes a la guerra de
Afganistán, Wikileaks escribió a la Casa Blanca pidiendo que identificaran
aquellos nombres que pudieran sufrir represalias. Quedaron sin publicar más de
15.000 archivos y no lo serán, afirma Assange, hasta que hayan sido examinados
“renglón por renglón” para borrar los nombres de quienes pudieran estar
en peligro.
La presión sobre Assange parece implacable. En su país natal, la responsable de
política exterior de la oposición, Julie Bishop, ha declarado que si su
coalición derechista gana las elecciones el 21 de agosto,[2] se procederá a
las “acciones apropiadas” “en caso de que un ciudadano australiano haya
llevado a cabo deliberadamente una actividad que pudiera poner en riesgo las
vidas de las fuerzas australianas en Afganistán o socavar nuestras operaciones
de cualquier modo”. El papel de Australia en Afganistán, efectivamente de
mercenario al servicio de Washington, ha tenido dos sorprendentes
resultados: la matanza de cinco niños en una aldea de la provincia de Oruzgan y
la abrumadora desaprobación de la mayoría de los australianos.
En mayo pasado, tras la publicación de la filmación del Apache, Assange vio
cómo le confiscaban temporalmente su pasaporte australiano al volver a su país.
El gobierno laborista de Canberra niega haber recibido la petición de
Washington de detenerle y espiar a la red de Wikileaks. El gobierno de
Cameron niega también lo mismo. Pero serían capaces, ¿verdad? Assange,
que vino a Londres el mes pasado para trabajar en la revelación de los archivos
bélicos de Afganistán, ha tenido que abandonar Gran Bretaña apresuradamente en
busca, tal como él dice, de “climas más seguros”.
El 16 de agosto, el diario The Guardian, citando a Daniel Ellsberg, [3] describió al gran denunciante
israelí Mordejai Vanunu como “héroe primordial de la era nuclear”. Vanunu, que
alertó al mundo sobre las armas nucleares secretas de Israel, fue secuestrado
por los israelís y encarcelado durante 18 años al quedar sin protección del
diario londinense Sunday Times, que había publicado los documentos que
les proporcionó. In 1983, otra heroica denunciante, Sarah Tisdall, una empleada
de las oficinas del Foreign Office [Ministerio de Exteriores británico], envió
al Guardian documentos que revelaban que el gobierno de Thatcher
planeaba marear la perdiz respecto a la llegada de misiles Cruise
norteamericanos a Gran Bretaña. The Guardian cumplió la orden de
entregar los documentos y Tisdall acabó en la carcel.
En cierto sentido, las revelaciones de Wikileaks avergüenzan al sector
dominante del periodismo dedicado simplemente a tomar nota de lo que quiera
contarle un poder cínico y maligno. Y eso es taquigrafía de Estado, no
periodismo. Consúltese la página de Wikileaks y se podrá leer un documento del ministerio
de Defensa que describe la “amenaza” que supone el periodismo de verdad. Y una
amenaza es lo que debería constituir. Tras publicar la habilidosa denuncia de
Wikileaks de una guerra que es una estafa, el Guardian debería conceder
su más potente apoyo editorial sin reservas a la protección de Julian Assange y
sus colegas, cuya forma de contar la verdad es tan importante como cualquiera
de la que yo haya tenido experiencia en el curso de mi vida.
Me gusta la seca agudeza de Julian Assange. Cuando le pregunté si resultaba más
difícil publicar información secreta en Gran Bretaña, me respondió que “cuando
examinamos documentos catalogados bajo la Ley de Secretos Oficiales, vemos que
establecen que es un delito retener la información y es un delito destruirla.
De modo que la única opción posible que nos queda es publicar la información.”
NOTAS T.: [1] Prueba de ello
son las acusaciones de violación y acoso sexual contra Assange en Suecia,
recogidas por la prensa del país el sábado 21 de agosto, y que se retiraron casi
de inmediato. [2] En el momento de concluir la versión
traducida de este artículo, el resultado de las elecciones australianas no daba
un claro vencedor, haciendo presagiar un gobierno de coalición. [3]
Recuérdese que fue Ellsberg quien filtró al New York Times los
celebérrimos Documentos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam en 1970.
John Pilger, nacido en 1939
en Australia, es uno de los más prestigiosos documentalistas
y corresponsales de guerra del mundo anglosajón. Particularmente renombrados son
sus trabajos sobre Vietnam, Birmania y Timor, además de los realizados sobre
Camboya, como Year Zero: The Silent Death of Cambodia y Cambodia:
The Betrayal.
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