Tortura, guerra y proyecto imperial: La secuencia fatal
Chris Floyd
17/5/2009
[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre]
Todo ello constituye un plan para expandir y afianzar “el
control unipolar” del mundo por parte de EE.UU.
Con la publicación de los informes del Senado sobre el programa de torturas del gobierno Bush,
ahora ha quedado meridianamente claro- y oficialmente ratificado por las más
altas instituciones del Estado- que George W. Bush, Dick Cheney, Donald
Rumsfeld y un gran número de altos funcionarios, de forma deliberada,
voluntaria y con premeditación, instituyeron un sistema de interrogatorios
mediante técnicas brutales que sabían eran ilegales. De ahí la necesidad de los
informes sobre la tortura que intentan dar cobertura legal retroactiva a las
atrocidades que se estaban produciendo a las órdenes de la Casa Blanca y del
Pentágono. Repetidamente se les advirtió que esas torturas eran ineficaces para
conseguir informaciones relevantes.
Lo que es peor, ahora es innegable que ellos iniciaron este programa mucho antes de que
capturaran un solo “preso de alto perfil perteneciente a al Qaeda”, y que
estaban aplicando esas atroces técnicas no en un desesperado intento de salvar
al país de atentados posteriores- argumento que han venido utilizando mucho
tiempo para su propio provecho- sino para inventar datos espurios sobre la
inexistente relación entre Iraq y al-Qaeda. En otras palabras, George Bush,
Dick Cheney y Donald Rumfsfeld ordenaron a sus subordinados golpear y torturar
a los presos para conseguir que confesaran algo- cualquier cosa- que pudiera
utilizarse para “justificar” una guerra de agresión que esos grandes estadistas
habían estado planeando desde mucho antes de los atentados del 11 de
septiembre.
No es posible separar el programa de torturas, de la guerra de agresión contra Iraq, ni del
ilegal programa de escuchas telefónicas, ni de los corruptos beneficiarios de
la guerra, ni de las demás degradaciones de la libertad y de la ley perpetradas
de forma tan acelerada durante los últimos ocho años. Todo ello constituye un
todo, dividido en partes, de un plan para expandir y afianzar “el control
unipolar” del mundo corporativo de Estados Unidos mediante un Estado armado
hasta los dientes, dirigido por un “ejecutivo unitario”y autoritario que no
asume responsabilidades ante nadie.
Esa es una de las razones por las que Barack Obama es tan evidentemente reacio a tirar con fuerza
del hilo de la tortura. Si lo hiciera a fondo, con procesamientos a larga
escala y altos funcionarios entre rejas, toda la putrefacta madeja se
desbarataría. Una vez que se empezara a someter al rigor de la ley a
funcionarios gubernamentales, no habría final para desenmarañar la madeja:
senadores, contratistas, miembros de la Cámara de Representantes, burócratas,
generales, grupos de presión, jueces, presidentes de empresas... el edificio
entero del poder de la clase dirigente se vería sacudido en su médula hasta que
sus figuras principales cayeran una tras o otra.
Así, el simple acto de aplicar las leyes burguesas comunes, tal como están vigentes ahora,
podría suponer una revolución que sacudiera al mundo, un colapso del orden
existente mucho más radical que el sueño de un levantamiento de masas de
cualquier ideólogo. Podría ser, de hecho, una refundación de la República y el
fin del Imperio, que no puede subsistir sin guerras continuadas, gobierno sin
ley y corrupción sin fin.
A ello se debe el que no veamos a Barack Obama seguir esa vía. Él, al final, tendría que tirar
del hilo de la tortura mucho más intensamente de lo que quiere. Como decíamos
ayer, pudiera tomarse a unos pocos responsables de nivel medio como chivos
expiatorios para capear la tormenta de las relaciones públicas. Pero ha
demostrado hasta la saciedad que no tiene intención ni deseo de desenmarañar la
potencia imperial. Por el contrario, intenta reforzarla e intensificarla, tal
como ha demostrado en sus diversas comparecencias tratando de mantener o
incluso ampliar los poderes autoritarios exigidos por Bush, en su escalada de
la guerra de Afganistán, en sus continuada expansión de los ataques en
Pakistán, en sus serviles alabanzas y protección a la CIA, y en la celebración
del “éxito” y de los “extraordinarios resultados” de la criminal guerra de
Iraq.
Irónicamente, el asunto de la tortura, que él trata tan desesperadamente de sacudirse de encima,
es de hecho la oportunidad para pasar a la historia que Obama- y sus fervientes
admiradores- tanto anhelan. Se trata de la mejor oportunidad, ¿la última?, para
desmantelar la brutal y corrupta máquina imperial, y de partir de cero. Pero él
no estaría donde está hoy si fuera la clase de hombre para entender- y
aprovechar- semejante oportunidad.
Él la dejará pasar, y todas las esperanzas de cambio, de renovación, de una República
reconstituida, se irán con él.
Chris Floyd es un escritor estadounidense y colaborador habitual de Counterpunch. Su blog, Empire
Burlesque, es accesible en www.chris-floyd.com
Counterpunch, 22 de abril
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