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La tortura por EEUU
Voces desde los sitios ocultos
Mark Danner
The New York Review of Books
24 de marzo de 2009
Traducido del inglés para
Rebelión por Sinfo Fernández, S. Seguí y Germán Leyens.
Revisado por Caty R.
Informe del Comité Internacional de la Cruz Roja sobre el tratamiento dado a catorce
“detenidos de alto valor” en detenidos por la CIA
43 pp., February 2007
Comunicado de prensa y contacto en ingles – Pulse aquí
Tenemos que llegar al fondo de lo que sucedió -¿y por qué?
Para asegurarnos de que no se vuelva a repetir.
(Senador Patrick Leahy, Presidente del Comité Judicial del Senado de EEUU)
1.
Creemos que el tiempo y las elecciones limpiarán nuestro mundo caído, pero no lo harán. Desde noviembre,
parece que George W. Bush y su gobierno se nos han escapado a una velocidad
cada vez más rápida, un oscuro cometa que se lanza hacia los confines del
universo. La frase “Guerra contra el Terror” –la consigna que marcó ese
gobierno, tan valorada por el hombre que se enorgulleció al proclamar que era
“presidente en tiempos de guerra”– ha adquirido en su pronunciamiento un par
permanente de comillas, sugiriendo algo cuestionable, algo ligeramente
embarazoso: algo del pasado. Y sin embargo, las decisiones tomadas por ese
presidente, especialmente las monumentales decisiones que tomó tras los ataques
del 11 de septiembre de 2001 –decisiones sobre entregas extraordinarias,
vigilancia, interrogatorios- yacen dispersas sobre nosotros, como cadáveres recientes
insepultos que nadie reclama.
¿Cómo deberíamos comenzar a hablar de esto? Tal vez con una historia. Las historias nos llegan
recién nacidas, anuncian su propósito: Érase una vez… Al principio… Con señales
semejantes nos disponemos a escuchar lo que vendrá.
Considerad:
Desperté desnudo, atado a una cama, en una habitación muy blanca. Medía aproximadamente 4 x 4 m.
La pieza tenía tres muros sólidos y el cuarto estaba formado por barras de
metal que la separaban de otra mayor. No estoy seguro de cuánto tiempo pasé en
la cama…
Un hombre anónimo, desnudo, atado a una cama, y lo demás, los hechos elementales de
espacio y tiempo, nada sino blancura.
El narrador es, en muchos sentidos, un hombre de nuestro tiempo. Al principio de la “Guerra
contra el Terror,” en la primavera de 2002, entró al reino oscuro de “los
desaparecidos”, y sólo cuatro años y medio después, cuando él y otros trece
“detenidos de alto valor” llegaron a Guantánamo y contaron sus historias en
entrevistas con representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja
(citados en los documentos confidenciales enumerados anteriormente) emergió
parcialmente a la luz. Por cierto, es un hombre famoso, aunque su fama ha
seguido un cierto camino, peculiar, de nuestra era moderna: yihadista,
forajido, terrorista, “desaparecido.” Una celebridad internacional cuyo nombre,
uno de ellos en todo caso, es reconocible de inmediato. ¿Cuánta gente ha visto
sus vidas contadas por el presidente de EEUU en un discurso televisado a la
nación?
Meses después del 11 de septiembre de 2001, capturamos a un hombre conocido como Abu Zubaydah.
Creemos que Zubaydah fue un alto dirigente terrorista y compañero de confianza
de Osama bin Laden… Zubaydah fue gravemente herido durante el tiroteo que llevó
a su detención, y sobrevivió sólo gracias a la atención médica organizada por
la CIA. (2)
Una historia dramática: noticia importante. Herido en un tiroteo en Faisalabad, Pakistán,
con disparos en el estómago, la ingle y la cadera después de saltar de un
tejado en un intento desesperado de escapar. Hemorragia masiva. Despachado
prontamente a un hospital militar en Lahore. Un cirujano del hospital fue
despertado a altas horas de la noche por un llamado telefónico del director de
inteligencia central y trasladado con mucho secreto al otro lado del mundo. El
hombre herido escapa apenas de la muerte, se estabiliza lentamente, lo embarcan
en secreto a una base militar en Tailandia. Luego a otra base en Afganistán.
¿Era realmente Afganistán?
No lo sabemos, no con seguridad. Porque desde el momento de su dramática captura, el 28 de marzo
de 2002, el hombre conocido como Abu Zubaydah pasó de un mundo clandestino, el
de los dirigentes de Al Qaeda ocultos tras el 11 de septiembre, a otro, una
“red oculta global de confinamiento” con el propósito de detener e interrogar
en secreto, establecida por la Agencia Central de Inteligencia bajo la
autoridad otorgada directamente por el presidente George W. Bush en un
“memorando de acuerdo” firmado el 17 de septiembre de 2001.
Ese sistema secreto incluía prisiones en bases militares en todo el mundo, desde Tailandia
y Afganistán hasta Marruecos, Polonia y Rumania -“en diversos momentos,” según
se dice, “instalaciones en ocho países”– en las cuales, en un momento u otro,
desaparecieron… más de cien prisioneros. (3) La red secreta de internamiento en
“sitios ocultos” tenía su propia fuerza aérea y sus propios “procedimientos de
transferencia” característicos, que eran, según los escritores del informe del
Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) “bastante estandarizados en la
mayoría de los casos”:
Fotografiaban al detenido, tanto vestido como desnudo, antes y después de la transferencia. Le
realizaban un examen de las cavidades corporales (examen del recto) y algunos
detenidos afirmaron que en ese momento también les administraban un supositorio
(cuyo tipo y efecto desconocían los detenidos).
Obligaban al detenido a ponerse un pañal y a vestirse con un traje de gimnasia. Colocaban
audífonos sobre sus orejas, por los cuales a veces ponían música. Le vendaban los
ojos, por lo menos con un paño atado alrededor de la cabeza y gafas negras.
Además, algunos detenidos afirmaron que también pegaban algodón hidrófilo sobre
sus ojos antes de que los vendaran y les colocaran las gafas…
Encadenaban al detenido de pies y manos, le transportaban al aeropuerto por carretera y le
cargaban en un avión. Usualmente le llevaban en una posición sentada reclinada
con sus manos engrilladas delante. Los tiempos de viaje… variaban desde una
hora a veinticuatro o treinta. No permitían al detenido que fuera al servicio y
éste se veía obligado a orinar y defecar en el pañal.
Cuesta imaginarse cómo se estaba en ese sitio de otro mundo: oscuridad en lugar de visión.
Silencio –o “a veces” música estridente– en lugar de los sonidos de la vida.
Grilletes, a veces también con guantes, en lugar de la posibilidad de alcanzar,
tocar, sentir. Uno siente el metal en las muñecas y los tobillos, algodón
contra los ojos, un paño sobre la cara, mierda y orina contra la piel. En
“algunas ocasiones se transportaba a los detenidos acostados sobre el piso del
avión… con las manos esposadas detrás de la espalda,” causándoles “severo dolor
e incomodidad,” mientras los llevaban de un sitio desconocido a otro.
Por su parte, Abu Zubaydah, de treinta y un años, nacido como Zein al-Abedeen Mohammad Hassan, en
Riyad, Arabia Saudí, aunque de sangre palestina, de la Franja de Gaza,
Afirmó que durante una operación de transferencia le ataron la venda de los ojos tan
fuerte que le produjo heridas en la nariz y en los oídos. No sabe cuánto duró
la transferencia pero, antes de que tuviera lugar, cuenta que las autoridades
que lo detuvieron le dijeron que iría a un viaje que duraría entre veinticuatro
y treinta horas.
Un viaje largo, por lo tanto: ¿tal vez a Guantánamo? ¿O a Marruecos? Luego de vuelta, al
parecer, a Tailandia. ¿O fue Afganistán? Piensa que fue lo último pero no puede
estar seguro…
2.
Todo clasificado, compartimentado, un secreto profundo, profundo. Y sin embargo, ¿qué es
exactamente “secreto”? En nuestra política reciente, “secreto” se ha convertido
en una palabra curiosamente compleja. ¿Para quién fue secreto el “bombardeo
secreto de Camboya”? Seguro que no para los camboyanos. ¿Para quién fue secreta
la existencia de esas “instalaciones secretas en ultramar”? Seguro que no para
los terroristas. Para los estadounidenses, probablemente tampoco. Por otra
parte, ya en 2002, cualquiera que estuviera interesado pudo leer en la primera
plana de uno de los principales periódicos del país:
“EE.UU. condena abiertamente los abusos, pero defiende los interrogatorios: Tácticas de ‘estrés
y coacción’ utilizadas contra sospechosos de terrorismo recluidos en
instalaciones secretas en ultramar”.
En lo profundo de la zona prohibida de la base aérea Bagram ocupada por EEUU en Afganistán, a la
vuelta del centro de detención y más allá de las unidades militares
clandestinas segregadas, hay un grupo de contenedores de embarque de metal
protegidos por una triple capa de alambrada de púas. Los contenedores guardan
las más valiosas presas de la guerra contra el terrorismo –agentes de Al Qaeda
y comandantes talibanes capturados…-
“Si uno no viola en algún momento los derechos humanos de alguien, probablemente no está
haciendo su trabajo,” dijo un funcionario que ha supervisado la captura y
transferencia de presuntos terroristas. “No creo que queramos promover una idea
de tolerancia cero al respecto. Ese fue todo el problema con la CIA durante
mucho tiempo…”
Ese largo artículo, de Dana Priest y Barton Gellman, apareció en The Washington Post
el 26 de diciembre de 2002, sólo meses después de la captura de Abu Zubaydah.
Un informe igual de largo siguió unos meses más tarde en la primera plana del The
New York Times: "Interrogations: Questioning Terror Suspects in a Dark
and Surreal World" (Interrogatorios: presuntos terroristas en un mundo
oscuro y surrealista). El tono jovial y agresivo de los funcionarios citados
–“No les sacamos la [palabrota]. Los enviamos a otros países para que puedan
sacarles la [palabrota]”– da indicios de un estado de ánimo político muy
diferente, en el que un destacado escritor de una revista noticiosa nacional
pudo titular su columna semanal: “Hora de pensar en la tortura,” señalando en
su subtítulo que en este “nuevo mundo… la supervivencia podría requerir perfectamente
viejas técnicas que ya parecían impensables.” (4)
De modo que hay secretos y secretos. Y cuando un día de sol brillante de hace dos años, justo
antes del quinto aniversario de los ataques del 11-S, el presidente de EEUU
entró a la Sala Este de la Casa Blanca e informó a los altos responsables,
dignatarios y familias de supervivientes del 11-S especialmente invitadas,
reunidos en filas frente a él, de que el gobierno de EEUU había creado un
universo oscuro y secreto para retener e interrogar a terroristas capturados
–o, según el presidente, “un entorno en el cual pueden ser retenidos en secreto
[e] interrogados por expertos”– no estaba contando un secreto, sino que estaba
convirtiendo en una verdad oficialmente confirmada un hecho conocido y del que se
había informado bien:
Aparte de los terroristas retenidos en Guantánamo, una pequeña cantidad de presuntos líderes
terroristas y agentes capturados durante la guerra han sido retenidos e
interrogados fuera de EEUU, en un programa aparte que lleva a cabo la Agencia
Central de Inteligencia… Muchos detalles específicos de este programa,
incluyendo dónde han estado esos detenidos y los detalles de su cautiverio, no
pueden ser divulgados…
Sabíamos que Abu Zubaydah tenía más información que podría salvar vidas inocentes, pero dejó de
hablar… Y por lo tanto la CIA utilizó un conjunto alternativo de
procedimientos. Esos procedimientos se diseñaron para que fueran seguros, para
que cumplieran con nuestras leyes, nuestra Constitución y nuestras obligaciones
contractuales. El Departamento de Justicia revisó ampliamente los métodos
autorizados y determinó que eran legales. No puedo describir los métodos
específicos utilizados, creo que comprenderán por qué…
Seguí la transmisión en vivo ese día y recuerdo el sentimiento extraño que me invadió
cuando, después de oír cómo el presidente explicaba las virtudes de ese
“conjunto alternativo de procedimientos,” lo vi mirar directamente a la cámara
y entonar, una vez más, con feroz concentración y un énfasis exagerado: “EEUU
no tortura. Va contra nuestras leyes y contra nuestros valores. No lo he
autorizado y no lo autorizaré.” Se había autoconvencido, pensé, de que era
verdad lo que decía.
Ese discurso, aunque no recibió mucha atención en la época, perdurará, creo, como el más importante
de George W. Bush: tal vez el único discurso “histórico” que haya pronunciado.
Al contar su versión de la historia de Abu Zubaydah y versiones de las
historias de Khaled Shaik Mohammed y otros, el presidente utilizó muchas cosas
que ya eran conocidas pero no reconocidas y, mediante el poder alquímico de la
voz del líder, las transformó en hechos reconocidos. Asimismo, en su ferviente
defensa del “conjunto alternativo de procedimientos” de su gobierno y sus
desmentidos igualmente fervientes de que constituyeran “tortura,” desplegó ante
el mundo la tenebrosa épica moral del gobierno de Bush, en los galimatías de
contradicciones en las que seguimos enmarañados. Más adelante, ese mismo mes el
Congreso, ante las elecciones de mitad de período, aprobó cumplidamente la Ley
de Comisiones Militares del Presidente de 2006, que, entre otras cosas, trataba
de proteger de enjuiciamiento a los que habían aplicado el “conjunto
alternativo de procedimientos” y lo habían hecho, dijo el presidente, “de
manera exhaustiva y profesional.”
Al mismo tiempo, tal vez sin querer, el presidente Bush posibilitó el día en que los que
padecieron el “conjunto alternativo de procedimientos” llegarían a hablar.
Incluso mientras el presidente presentaba ante el país su versión de lo que les
había sucedido a Abu Zubaydah y los otros, y argumentó su necesidad, anunció
que lo sacaría, junto con otros trece “detenidos de alto valor” del mundo
oscuro de los desaparecidos a la luz del día. O, más bien, a la penumbra: los
catorce serían trasferidos a Guantánamo, la principal prisión reconocida en el
extranjero, donde “en cuanto el Congreso actúe para autorizar las comisiones
militares que he propuesto, podrán enfrentar a la justicia.” Mientras tanto,
sin embargo, se “mantendría a los catorce en una instalación de alta seguridad
en Guantánamo y se informaría sobre su detención” al Comité Internacional de la
Cruz Roja, que “tendrá la oportunidad de reunirse con ellos.”
Unas semanas después, del 6 al 11 de octubre y luego del 4 al 14 de diciembre de 2006,
funcionarios del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) –entre cuyos
deberes oficial y legalmente reconocidos está controlar el cumplimiento de las
Convenciones de Ginebra y supervisar el tratamiento de prisioneros de guerra–
viajaron a Guantánamo y comenzaron a entrevistar “a cada una de esas personas
en privado” para elaborar un informe que “suministre una descripción del
tratamiento y las condiciones materiales de detención de los catorce durante el
período que estuvieron recluidos en el programa de detención de la CIA,”
períodos que iban “de 16 meses a casi cuatro años y medio.”
Los entrevistadores del CICR informaron a los detenidos de que su informe no se
divulgaría públicamente sino, “en la medida en que cada detenido esté acuerdo,
se transmitiría a las autoridades,” y se entregaría, en el más estricto
secreto, a funcionarios de la agencia gubernamental que había estado a cargo de
retenerlos –en este caso la Agencia Central de Inteligencia, a cuyo abogado
general interino, John Rizzo, se le envió el 14 de febrero de 2009-. Por
cierto, aunque casi toda la información en el dossier incluía los nombres y
aunque los anexos contienen narraciones ampliadas extraídas de las entrevistas
con tres de los detenidos, cuyos nombres se utilizan, encontramos numerosas
veces en el documento variaciones de la siguiente formulación: “Uno de los
detenidos, quien no desea que se transmita su nombre a las autoridades en
cuestión…”, sugiriendo que por lo menos uno y tal vez más de los catorce que
continúan, después de todo, “recluidos en una instalación de alta seguridad en
Guantánamo,” están preocupados por las repercusiones que podrían resultar de lo
que habían contado.
Virtualmente, en todos los casos semejantes, las afirmaciones se repiten por otros detenidos
nombrados; por cierto, ya que se mantuvo a los detenidos “en reclusión
solitaria continua e incomunicados” durante todo el tiempo en los “sitios
ocultos, y se los mantuvo en estricta separación también cuando llegaron a
Guantánamo, la impresionante similitud de sus historias, incluso en pequeños
detalles, demostraría que es extremadamente improbable, sino imposible, la
existencia de una maquinación. “El CICR quiere subrayar”, como dicen los
escritores en la introducción, “que la coherencia de las detalladas
afirmaciones suministradas por separado por cada uno de los catorce añade un
peso particular a la información suministrada a continuación.”
El resultado es un documento –etiquetado “confidencial” y que obviamente estaba destinado sólo
para los ojos de esos altos responsables estadounidenses que lo recibirían del
señor Rizzo de la CIA– que cuenta un cierto tipo de historia, una narrativa de
lo que sucedió en los “sitios ocultos” y una detallada descripción, por
aquellos que los padecieron, de lo que el presidente de EEUU describió a los
estadounidenses como un “conjunto alternativo de procedimientos.” Es un
documento para su época, “literalmente imposible de abandonar,” desde su
primera página.
Contenido:
Introducción.
1. Elementos principales del programa de detención de la CIA
1.1. Arresto y transferencia
1.2. Reclusión solitaria continua e incomunicación.
1.3 Otros métodos de maltrato
1.3.1. Asfixia por agua
1.3.2. Estrés por mantenerse largo tiempo de pie
1.3.3. Palizas mediante el uso de un collar
1.3.4. Palizas y pateamientos
1.3.5. Confinación en una caja
1.3.6. Desnudez prolongada
1.3.7. Privación del sueño y utilización de música estridente
1.3.8. Exposición a temperatura baja/agua fría
1.3.9. Uso prolongado de esposas y grilletes
1.3.10. Amenazas
1.3.11. Afeitados forzosos
1.3.12 Privación/restricción de alimento sólido
1.4. Otros elementos del régimen de detención…
– Hasta su dura e inconfundible conclusión:
Las afirmaciones de maltrato de los detenidos indican que, en muchos casos, los tratamientos a
los que los sometieron mientras estaban recluidos en el programa de la CIA, de
uno en uno o combinados, constituía tortura. Además, muchos otros elementos del
maltrato, aislados o combinados, constituían un tratamiento cruel, inhumano o
degradante.
Una claridad a toda prueba, por parte del cuerpo legalmente encargado de la supervisión del
cumplimiento de las Convenciones de Ginebra –en las cuales los términos
“tortura” y “tratamiento cruel, inhumano, y degradante” tienen un significado
estrictamente definido– podría ser más significativa, o ciertamente mejor
acogida después de años en los que el presidente de EEUU se basó en el poder de
su puesto para redefinir o tergiversar palabras relativamente simples. “Este
debate ocurre,” como dijo el presidente Bush a los periodistas en el Rose
Garden la semana en la que hizo su discurso en la Sala Este:
Porque el dictamen de la Corte Suprema dijo que debemos conducirnos según el Artículo
Común III de la Convención de Ginebra. Y ese Artículo Común III dice, ya sabéis,
que no habrá ofensas a la dignidad humana. Es como… es muy vago. ¿Qué
significa, “ofensas a la dignidad humana”? (5)
Al permitir a Abu Zubaydah y a los otros trece “detenidos de alto valor” que relaten sus propias
historias, este informe lograr responder, con gran poder y autoridad, a la
pregunta del presidente.
3.
Volvemos a un hombre, Abu Zubaydah, palestino, quien a sus treinta y un años ha vivido una
vida conformada por conflictos al margen de la conciencia estadounidense: la
Franja de Gaza, donde nacieron sus padres; Riyad, Arabia Saudí, donde parece
que nació; Afganistán, ocupado por los soviéticos, donde participó en la yihad
contra los rusos, tal vez con la ayuda, directa o indirecta, de dólares
estadounidenses; luego, el Afganistán post-soviético, donde dirigió la
logística y el reclutamiento de Al Qaeda, enviando candidatos a yihadistas a
los diversos campos de entrenamiento, colocándolos en células después de que
fueran entrenados. Ahora, el hombre ha sido capturado, rastreado hasta una casa
refugio en Faisalabad, gravemente herido por tres disparos de un AK-47. Se le
envía rápidamente al hospital de Faisalabad, luego al hospital militar en
Lahore. Al abrir los ojos encuentra al lado de la cama a un estadounidense,
John Kiriakou de la CIA:
Le pregunté en árabe cuál era su nombre. Hizo un gesto negativo con la cabeza. Le pregunté de
nuevo en árabe. Y entonces me respondió en inglés. Dijo que no hablaría conmigo
en el lenguaje de Dios. Y entonces dije: “Está bien. Sabemos quién eres.”
Y entonces me pidió que lo asfixiara con una almohada. Y dije: “No, no. Tenemos planes para ti.” (6)
Kiriakou y el “pequeño grupo de gente de la CIA y el FBI que lo vigilaba permanentemente”
sabía que con Abu Zubaydah tenían “al pez mayor que habíamos capturado. Sabíamos
que estaba cargado de información… y queríamos obtenerla.” Según Kiriakou,
sobre una mesa en la casa en la que lo encontraron “Abu Zubaydah y otros dos
hombres estaban construyendo una bomba. El soldador (eléctrico) que estaban
utilizando todavía estaba caliente. Y tenían planos de una escuela sobre la
mesa…” Los planos, dijo Kiriakou al corresponsal de ABC News, Brian
Ross, eran de la escuela británica en Lahore. El prisionero, sabían, “estaba
muy al día. Al tanto de la información actual sobre la amenaza.”
Con la ayuda del cirujano estadounidense, los captores de Abu Zubaydah lo cuidaron hasta su
recuperación. Lo trasladaron por lo menos dos veces, primero, según dicen, a
Tailandia; luego, cree, a Afganistán, probablemente a Bagram. En una casa
refugio en Tailandia comenzó el interrogatorio:
Desperté desnudo, atado a una cama, en una habitación muy blanca. La habitación medía
aproximadamente 4 x 4 metros. La pieza tenía tres muros sólidos y el cuarto
estaba formado por barras de metal que la separaban de una habitación más
grande. No estoy seguro de cuánto tiempo pasé sobre la cama. Después de un
tiempo, creo que fueron varios días pero no puedo recordar exactamente, me
trasladaron a una silla en la que me mantuvieron, engrillado por [las] manos y
pies durante lo que creo que fueron aproximadamente 2 ó 3 semanas. Durante ese
tiempo me salieron ampollas en las piernas por estar constantemente sentado.
Sólo me permitían levantarme de la silla para ir al servicio, que consistía en
un cubo. El agua para limpiarme me la suministraban en una botella de plástico.
No me dieron alimentos sólidos durante las primeras dos o tres semanas, mientras estuve
sentado en la silla. Sólo me dieron Ensure (un suplemento nutritivo) y
agua para beber. El Ensure primero me hizo vomitar, pero eso disminuyó
con el tiempo.
La celda y la pieza tenían aire acondicionado funcionando y estaban muy frías. Ponían música
muy fuerte, como gritos. La repetían aproximadamente cada cuarto de hora
durante las veinticuatro horas del día. A veces paraban la música y la
reemplazaban por un fuerte ruido silbante o crujiente.
Los guardias eran estadounidenses, pero llevaban máscaras para ocultar sus caras. Mis
interrogadores no llevaban máscaras. Durante ese primer período de dos o tres
semanas me interrogaban entre una y dos horas diarias. Los interrogadores
estadounidenses venían a la pieza y me hablaban a través de las barras de la
celda. Durante el interrogatorio apagaban la música, pero luego volvían a
ponerla. Durante las primeras dos o tres semanas no pude dormir en absoluto. Si
empezaba a dormirme, uno de los guardias llegaba y me pulverizaba agua en la cara.
Un hombre desnudo, encadenado, en una habitación pequeña, muy fría, muy blanca, atado
durante varios días a una cama, luego varias semanas sujeto con grilletes a una
silla, bañado incesantemente en luz blanca, bombardeado constantemente con
sonido fuerte, privado de alimento; y cada vez que, a pesar del frío, la luz,
el ruido, el hambre, las horas y los días obligan sus párpados a cerrarse, le
pulverizan agua para obligarlo a abrirlos.
Esos procedimientos pueden ser traducidos en términos artísticos: “Cambio de
ambiente.” “Desnudez.” “Posiciones de estrés.” “Manipulación dietética.”
“Manipulación del entorno.” “Ajuste del sueño.” “Aislamiento.” “Privación del
sueño.” “Utilización de ruido para inducir estrés.” Todos esos términos y
muchos otros se pueden encontrar, por ejemplo, en documentos asociados con el
debate sobre interrogatorio y “contrarresistencia” elaborados por funcionarios
del Pentágono y del Departamento de Justicia a comienzos de 2002. Aquí, sin
embargo, encontramos un estándar diferente: el Grupo de Trabajo dice, por
ejemplo, que la “Privación del sueño” “no debe exceder de 4 días seguidos,” que
“Manipulación dietética” no debe incluir “una privación intencional de alimento
o agua,” que “desnudez,” mientras “crea un sentimiento de desamparo y
dependencia, debe controlarse para asegurar que las condiciones del entorno
sean tales que esta técnica no cause daño al detenido.” (7) Aquí estamos en un
sitio distinto.
¿Pero qué sitio? Abu Zubaydah no sólo era “el mayor pez que habíamos capturado” sino su primer
gran pez. Según Kiriakou, Zubaydah, al recuperarse, había “querido hablar sobre
los acontecimientos actuales. Nos dijo un par de veces que no tenía nada
personal contra EEUU. Dijo que el 11-S fue necesario. Aunque no pensaba que
habría una pérdida tan masiva de vidas. Su punto de vista era que el 11-S debía
ser una llamada de atención para EEUU”
En esas primeras semanas de recuperación, antes de la habitación blanca, la silla y la luz,
parece que Zubaydah habló libremente con sus captores y durante ese tiempo,
según informes noticiosos, agentes del FBI comenzaron a interrogarlo utilizando
“técnicas estándar de entrevista,” asegurándose de que lo asearan y le
cambiaran las vendas, exigiendo una mejora de la atención médica y tratando de
“convencerle de que conocían detalles de sus actividades.” (Le mostraron, por
ejemplo, una “caja de cintas de audio que según ellos contenían grabaciones de
sus conversaciones telefónicas, pero que en realidad estaban vacías.”) Según
este informe, Abu Zubaydah, en los primeros días antes de la pieza blanca,
“comenzó a suministrar perspectivas de inteligencia sobre Al Qaeda.” (8)
¿Será verdad? “¿Hasta qué punto es buena la información de Abu Zubaydah? preguntó una “Web
exclusive” de Newsweek el 27 de abril de 2002, menos de un mes después
de su captura. El extremo secreto y aislamiento en el que se mantenía a Abu
Zubaydah en un sitio desconocido por él y por todos, con la excepción de un
ínfimo puñado de funcionarios del gobierno, no impidió que su “información” se
filtrara desde ese lugar desconocido directamente a la prensa estadounidense
–en la causa, aparentemente, de una lucha burocrática entre el FBI y la CIA-.
Incluso los estadounidenses que no seguían de cerca las filtraciones
contenciosas del interrogatorio de Zubaydah habrán visto que sus vidas fueron
afectadas, lo hayan sabido o no, por lo que estaba ocurriendo en esa lejana
habitación blanca; porque aproximadamente al mismo tiempo el gobierno de Bush
tuvo a bien publicar dos “advertencias interiores de terrorismo,” derivadas de
“datos” de Abu Zubaydah, sobre “posibles ataques contra bancos o instituciones
financieras en el noreste de EEUU”, y posibles “ataques contra supermercados y
centros comerciales de EEUU”. Como averiguó Newsweek de un “alto
funcionario de EEUU,” presumiblemente del FBI –cuyas “técnicas estándar de
interrogatorio” habían conseguido esa información y las “advertencias de terrorismo
interior” que se basaban en ella– el prisionero estaba “suministrando
información detallada para la ‘lucha contra el terrorismo’”. Al mismo tiempo,
sin embargo, “fuentes de inteligencia de EEUU” –presumiblemente la CIA– “se
preguntaban si estaba tratando de despistar a los investigadores o de
atemorizar al público estadounidense.” (9)
Por su parte, John Kiriakou, el hombre de la CIA, dijo a ABC News que en esas primeras
semanas Zubaydah estuvo “dispuesto a hablar de filosofía, [pero] no estuvo
dispuesto a darnos alguna información de actuación.” Los agentes de la CIA
tenían la “amplia directiva clasificada firmada por el señor Bush,” que les
daba autoridad para “capturar, detener e interrogar a sospechosos de
terrorismo,” y Zubaydah era “un caso de prueba para el desarrollo de un nuevo
papel… en el que la agencia actuaría como carcelero e interrogador de
sospechosos de terrorismo.” En su momento, un equipo del Centro de
Contraterrorismo de la CIA fue “enviado desde Langley” y los interrogadores del
FBI fueron retirados.
Teníamos esos interrogadores entrenados que fueron enviados a su ubicación para utilizar las
técnicas realzadas necesarias para lograr que ‘destapara’, e informara sobre
alguna información de amenazas… Esas técnicas realzadas incluían todo, desde lo
que se llamaba un “sacudón para lograr atención”, en el que agarras a la
persona por las solapas y la zarandeas, hasta llegar al otro extremo: el ‘waterboarding’
(submarino).
Empezaron, al parecer, encadenándolo a la silla y aplicando luz, ruido y agua para mantenerlo
despierto. Tras dos o tres semanas así, permitieron que Abu Zubaydah, todavía
desnudo y encadenado, se acostara sobre el piso desnudo y “durmiera un poco.”
También le dieron comida sólida –arroz– por primera vez. Finalmente, vino una
doctora, lo examinó y preguntó “¿Por qué está todavía desnudo?” Al día
siguiente le dieron “ropas de color naranja para que me las pusiera.” Un día
después, sin embargo, “llegaron guardias a mi celda. Me dijeron que me
levantara y alzara los brazos por encima de la cabeza. Luego me quitaron la
ropa cortándola para que estuviera de nuevo desnudo y volvieron a colocarme en
la silla durante varios días. Traté de dormir en la silla, pero los guardias me
mantuvieron despierto pulverizando agua en mi cara.”
Lo que sigue es un período confuso, en el cual el tratamiento duro se alternaba con otro más clemente.
Zubaydah estaba casi siempre desnudo y frío, “a veces con el aire acondicionado ajustado para
que, dijo un funcionario, el señor Zubaydah parecía ponerse azul.” (10) A veces
le llevaban ropa, luego se la quitaban al día siguiente. “Cuando mis
interrogadores tenían la impresión de que estaba cooperando y suministrando la
información que requerían, me devolvían la ropa. Cuando pensaban que estaba
cooperando menos volvían a quitarme la ropa y me ponían otra vez en la silla.”
En un momento le dieron un colchón, en otro le “permitieron un poco de papel
higiénico para utilizarlo cuando iba al servicio en el cubo.” Pasó un mes sin
interrogatorio. “Mi celda estaba todavía muy fría y ya no ponían la música
fuerte, pero había un constante ruido de siseo o crujidos durante las
veinticuatro horas del día. Traté de bloquear el ruido colocando papel en mis
orejas.” Entonces, “unos dos y medio o tres meses después de llegar a ese
sitio, recomenzó el interrogatorio, pero con más intensidad que antes.”
Es difícil saber si esas alteraciones en la actitud y el procedimiento eran intencionales, si
pretendían tomar por sorpresa al detenido o resultaban de disputas sobre
estrategia entre interrogadores, que se basaban en un “conjunto alternativo de
procedimientos” formulado a la carrera, improvisado, utilizando diversas
fuentes, incluidos científicos y psiquiatras dentro de la comunidad de la
inteligencia, expertos de otros gobiernos “amigos”, y consultores que habían
trabajado con los militares de EEUU y ahora hacían “ingeniería inversa” con el
entrenamiento de resistencia enseñado a las fuerzas de élite estadounidenses
para ayudar a que resistieran los interrogatorios después de la captura. Los
pioneros de algunas de las teorías que se aplicaban en esos interrogatorios,
incluyendo privación sensorial, desorientación, culpa y vergüenza, denominada
“impotencia aprendida,” y la necesidad de inducir “el estado de
debilidad-dependencia-temor,” pueden encontrarse en documentos de la CIA de
hace casi medio siglo, como la continuación de un tristemente célebre manual de
“interrogatorio de contrainsurgencia” de comienzos de los años sesenta:
Las circunstancias de la detención se organizan para realzar dentro del sujeto sus
sentimientos de aislamiento de lo conocido y reconfortante y el lanzamiento
hacia lo extraño… El control del entorno permite al interrogador determinar su
dieta, su patrón de sueño y otros fundamentos. La manipulación de estos
elementos creando irregularidades para que el sujeto se desoriente, con gran
probabilidad creará sentimientos de miedo e impotencia. (11)
Una versión posterior del mismo manual subraya la importancia de la culpa: “Si el
‘interrogador’ puede intensificar esos sentimientos de culpa, aumentará la
ansiedad del sujeto y su afán de cooperar como medio de escape.” El aislamiento
y la privación sensorial “inducirán regresión” y la “pérdida de las defensas
adquiridas más recientemente por el hombre civilizado,” mientras la imposición
de “posiciones de estrés” que en efecto obligan al sujeto “a dañarse”
producirán una culpa que lleve a un deseo irresistible de cooperar con sus
interrogadores.
4.
Dos meses y medio después de que Abu Zubaydah se despertara amarrado con correas a una cama en la
habitación blanca, el interrogatorio se reanudó “con más intensidad que antes”.
De fuera de mi celda trajeron a la habitación dos cajas de madera negra. Una era grande, un
poco más alta que yo, y estrecha. Medía quizá un metro de ancho, 70 cm. de
fondo y 1,9 m de alto. La otra era más corta, quizá sólo de un metro. Me
sacaron de la celda y uno de los interrogadores me envolvió el cuello con una
toalla que después utilizaron para hacerme girar alrededor y aplastarme contra
las duras paredes de la habitación. También me abofetearon repetidamente…
Después me metieron en la caja grande durante una hora y media a dos horas. La caja era
totalmente negra por dentro y por fuera… Pusieron un paño o manta sobre la
parte exterior de la caja para eliminar la luz e impedir la entrada de aire.
Casi no podía respirar. Cuando me permitieron salir de la caja, vi que habían
cubierto una de las paredes de la habitación con una plancha de contrachapado.
De nuevo me pusieron contra esa pared mientras me aplastaban con la toalla
alrededor del cuello. Pienso que pusieron el contrachapado para que absorbiera
algo el impacto de mi cuerpo. Los interrogadores se dieron cuenta de que si me
aplastaban contra la dura pared, probablemente me habrían producido rápidamente
heridas físicas.
Se recuerda aquí que Abu Zubaydah no estaba solo con sus interrogadores, que todos los que
estaban en la habitación blanca –guardianes, interrogadores, doctor- estaban de
hecho vinculados directa, y casi constantemente, con altos funcionarios de
inteligencia en la otra punta del mundo. “No era que los interrogadores
decidieran: ‘Bien, voy a abofetearle. O voy a sacudirle. O voy a hacer que
permanezca de pie durante 48 horas”, dijo John Kiriakou.
Cada uno de esos pasos… tenía que contar con la aprobación del Subdirector de Operaciones. Por
eso, antes de ponerle la mano encima, tenías que enviar un cable diciendo: “No
quiere cooperar. Pido permiso para hacerle X”. Y ese permiso llegaría… El
tráfico de comunicaciones por cable de un lado a otro era extremadamente
preciso. Y el resultado final era que esas eran unas autoridades muy inusuales
que la agencia colocó tras el 11-S. Nadie quería líos con ellos. Nadie quería
verse en problemas por llegar muy lejos… Nadie quería ser el tipo que
accidentalmente fuera el último en hacer daño a un prisionero.
Aplastarle contra las duras paredes antes de meter a Zubaydah en la caja-ataúd negra alta y la
aparición repentina de una plancha de contrachapado fijada a la pared para
machacarle contra ella cuando le sacaron de la caja, ¿quizá lo sugirió el
Subdirector de Operaciones tras deliberar sobre el asunto en su oficina en Langley, Virginia?
¿O quizá fue alguien a un nivel más alto? Poco después de que Abu Zubaydah fuera capturado,
según ABC News, los oficiales de la CIA “dieron instrucciones a
oficiales de alto nivel en el Comité de Principales del Consejo de Seguridad
Nacional”, que incluía al Vicepresidente Dick Cheney, a la Asesora de Seguridad
Nacional Condoleezza Rice y al Fiscal General John Ashcroft, quienes “aprobaron
entonces el plan de interrogatorios”. En aquella época, primavera y verano de
2002, la administración concibió lo que algunos denominan “escudo dorado” del
Departamento de Justicia: la base legal encarnada en el infame “memorándum de
la tortura”, escrito por John Yoo y firmado por Jay Bybee en agosto de 2002, en
el que se afirma que para que un “procedimiento alternativo” se considerase
tortura, y por lo tanto ilegal, tendría que causar una clase de sufrimiento
“que fuera asociado con serias heridas físicas, tan graves que tuvieran como
consecuencia la muerte, un fallo orgánico multisistémico o un daño permanente
que provocara una pérdida importante de funciones corporales”. Presumiblemente,
el “escudo dorado” protegería a los oficiales de la CIA de posibles
enjuiciamientos. El director de la Inteligencia Central, George Tenet, seguía
llamando directa y regularmente la atención a los más altos funcionarios sobre
los procedimientos específicos gubernamentales a utilizar con detenidos
específicos –“si se les debería abofetear, presionar, privar del sueño o
someterlos a la simulación de ahogamiento”- para asegurarse de que eran
legales. Según el informe de ABC, las sesiones informativas de los altos
cargos eran tan detalladas y frecuentes que “casi se coreografiaban algunas de
las sesiones de interrogatorio”. En una de esas reuniones, John Ashcroft,
entonces Fiscal General, al parecer preguntó a sus colegas: “¿Por qué estamos
hablando de esto en la Casa Blanca? La historia no va a juzgarnos con
amabilidad por ello”. (12)
No sabemos si el contrachapado apareció en la habitación blanca de Zubaydah gracias a las
órdenes recibidas por sus interrogadores de sus jefes en Langley, o quizá de
sus superiores en la Casa Blanca. No sabemos el papel exacto que jugaron esos
responsables a la hora de “coreografiar” el “conjunto alternativo de
procedimientos”. Sabemos por varios informes que en una reunión celebrada en la
Casa Blanca en julio de 2002, altos abogados de la administración dieron “luz verde”
a la CIA para que desplegara “técnicas más agresivas”, que se fueron aplicando,
de forma separada o combinada, durante los días siguientes:
Después de las palizas, me colocaban en la caja pequeña. Ponían un paño o manta sobre la caja
para eliminar la luz e impedir la entrada de aire. Como la caja no era lo
bastante alta para que cupiera en ella aunque me sentara, tenía que agacharme.
Era muy difícil a causa de mis heridas. La tensión sobre las piernas al
mantener esa postura hacía que mis heridas en la pierna y el estómago fueran
más dolorosas. Creo que eso sucedió tres meses después de mi última operación.
Siempre tenía frío en la habitación, pero cuando colocaban la manta sobre la
caja sentía calor y sudaba. La herida de la pierna empezó a abrirse y a sangrar.
No sé cuánto tiempo permanecí en la caja pequeña, es posible que me durmiera, o
quizá me desmayé.
Después me sacaban a rastras de la caja pequeña, incapaz de andar, me llevaban a lo que
parecía la cama de un hospital y me sujetaban con correas muy tirantes. Me
colocaban entonces un paño sobre la cara y los interrogadores utilizaban una
botella de agua mineral para derramar agua sobre la tela y que no pudiera
respirar. Después de unos minutos me quitaban la tela y ponía la cama en
posición vertical. La presión de las correas sobre las heridas era muy
dolorosa. Vomité. Después, volvieron a poner la cama en posición horizontal y
de nuevo la misma tortura con el trapo negro sobre la cara y derramándome el
agua con la botella. En esa ocasión, mi cabeza estaba en una posición más hacia
atrás y estuvieron derramando agua durante un tiempo más largo. Luché contra
las correas tratando de respirar, pero fue inútil. Creí que iba a morir. Perdí
el control de la orina. Desde entonces, cuando estoy en una situación de estrés
sufro pérdidas de orina.
Después me volvieron a poner en la caja alta. Cuando estaba dentro pusieron de nuevo en
marcha música alta y alguien estuvo dando golpes repetidamente sobre la caja
desde fuera. Intenté sentarme en el fondo pero debido al reducido espacio, el
cubo de orina se volcó y se me derramó encima… Después me sacaron, me volvieron
a poner una toalla alrededor del cuello, me aplastaron contra la pared con la
plancha de contrachapado y los dos mismos interrogadores de antes me abofetearon
repetidamente en la cara.
Después me hicieron sentarme en el suelo y me pusieron una capucha negra en la cabeza
hasta que empezó la siguiente sesión de tortura. La habitación siempre estaba
muy fría. Esto duró aproximadamente una semana. Durante ese tiempo todo el
proceso se repitió cinco veces. En cada ocasión, me asfixiaban una o dos veces
y entre medias me colocaban en posición vertical sobre la cama. En una ocasión
repitieron las asfixias tres veces. Vomitaba cada vez que me ponían en posición
vertical entre una asfixia y otra.
Durante esa semana, no me dieron ningún alimento sólido. Sólo me dieron de beber. Me
afeitaban la cabeza y la barba todos los días.
Me desmayé y estuve inconsciente en varias ocasiones. Finalmente, pararon las torturas porque
intervino el médico.
Me dijeron que fui de los primeros durante ese período a quienes aplicaron esas técnicas de
interrogatorio, por eso no había normas. Sentía que estaban experimentando y
probando técnicas que después iban a usar con otras personas.
5.
Todas los testimonios contenidos en el informe del CICR sugieren que la fuente de Abu
Zubaydah estaba diciéndole la verdad: fue el primero y, como tal, un conejillo
de indias. Algunas técnicas se desecharon. Por ejemplo, las cajas negras tipo
ataúd que apenas podían contener a un hombre, una de 1,9 m y la otra de poco
más 0,90 cm, que recuerdan los tanques de privación sensorial utilizados en los
primeros experimentos patrocinados por la CIA, no volvieron a aparecer. Ni
tampoco “el permanecer sentado durante largo tiempo” –semanas atado a una
silla- que Abu Zubaydah soportó en sus primeros meses de cautiverio.
Por otra parte, la desnudez es una constante en el informe del CICR, así como permanecer atado,
la “celda fría” y la música alta o el ruido incesante. Algunas veces hay
veinticuatro horas de luz, otras una oscuridad constante. Las palizas y los
aplastamientos contra la pared parece que también han sido procedimientos
habituales; a menudo, los interrogadores llevaban guantes.
En los últimos interrogatorios aparecen nuevas técnicas, entre las que destacan las de “estar
mucho tiempo de pie” y el uso de agua fría. Walid Bin Attash, un nacional
yemení implicado en la planificación de los ataques contra las embajadas
estadounidenses en África en 1998 y contra el destructor de la marina
estadounidense USS Cole en el año 2000, fue capturado en Karachi el 29 de abril de 2003:
Al llegar al lugar de detención en Afganistán, me desnudaron. Permanecí desnudo durante las
dos semanas siguientes. Me metieron en una celda que medía aproximadamente un
metro por dos. Me mantenían en posición vertical, con los pies en el suelo pero
con los brazos atados con esposas por encima de la cabeza y sujeto con una
cadena a una barra de metal que iba a través de lo ancho de la celda. La celda
estaba oscura, no tenía luz, ni natural ni artificial.
Durante las dos primeras semanas no me dieron nada de comer. Sólo me daban Ensure y agua
para beber. Un guardia venía y sostenía la botella mientras yo bebía… El aseo
consistía en un cubo en la celda… No me permitían lavarme después de usar el
cubo. Una música fuerte estuvo sonando las veinticuatro horas del día durante
las tres semanas que me tuvieron allí.
Esta “posición forzosa de pie”, con los brazos amarrados por encima de la cabeza, una técnica
favorita soviética (stoika) que parece que se ha convertido en un
procedimiento estándar después de Abu Zubaydah, fue especialmente penosa para
Bin Attash, que había perdido una pierna combatiendo en Afganistán:
Después de algún tiempo en esa postura, el muñón empezó a dolerme tanto que tuve que quitarme la
pierna artificial para aliviar el dolor. Por supuesto, entonces empezó a
dolerme la pierna buena y pronto empecé a desplomarme, por eso me quedé
colgando con todo el peso en las muñecas. Grité pidiendo ayuda pero no vino
nadie. Finalmente, después de una hora vino un guardia, me volvieron a colocar
la pierna artificial y de nuevo me pusieron en posición vertical con las manos
por encima de la cabeza. Algunas veces, después de los interrogatorios, me
quitaban deliberadamente la pierna artificial para añadir un estrés extra a la postura…
Según su relato, mantuvieron a Bin Attash en esa postura durante dos semanas, “aparte de dos o
tres veces que me permitieron tumbarme”. Aunque “los métodos utilizados estaban
específicamente ideados para no dejar marcas”, las esposas, finalmente, “me
cortaron las muñecas y me causaron heridas. Cuando ocurrió esto llamaron al
médico”. En un segundo lugar, de nuevo desnudaron a Bin Attash, le colocaron
“en una posición de pie con los brazos por encima de la cabeza y atado con
esposas y una cadena a un anillo de metal en el techo” y un doctor examinaba su
pierna todos los días “utilizando una cinta métrica para medir la hinchazón”.
No recuerdo exactamente cuántos días me tuvieron de pie, pero creo que fueron alrededor de
diez… Durante ese tiempo tuve que llevar un pañal. A veces, no me cambiaban el
pañal y tenía que orinar y defecar encima. Me lavaban con agua fría todos los días.
Con Bin Attash utilizaron agua fría combinándola con palizas y el uso de un collar de
plástico, que al parecer era un refinamiento de la toalla que rodeaba el cuello de Abu Zubaydah:
Todos los días, durante las dos primeras semanas, me daban bofetadas y puñetazos por todo el
cuerpo durante los interrogatorios. Lo hacía un interrogador que llevaba guantes…
Durante las dos primeras semanas, también a diario, me colocaban un collar alrededor del cuello
y lo utilizaban para golpearme contra las paredes de la habitación de
interrogatorio. También me lo ponían alrededor del cuello cuando me sacaban de
mi celda para interrogarme y para llevarme a lo largo del pasillo. También lo
usaban para golpearme contra las paredes del pasillo durante esos trayectos.
También a diario, durante las dos primeras semanas, me hacían tumbarme sobre una sábana de
plástico en el suelo que después alzaban desde sus extremos. Entonces me
echaban agua sobre el cuerpo con cubos. Luego me envolvían con la sábana y el
agua fría durante algunos minutos. Después, me llevaban para interrogarme…
Bin Attash señala que en el “segundo lugar de detención” –donde le pusieron el pañal- “eran más
sofisticados que en Afganistán porque tenían una manguera para echarme el agua encima”.
6.
Un método claro aparece a partir de esos relatos basado en la desnudez forzosa, el aislamiento,
el bombardeo de ruido y luces, la privación de sueño y alimento, las palizas y
los “aplastamientos” repetidos, aunque desde este modelo básico se puede ver
que el método evoluciona, por ejemplo, desde permanecer forzosamente sentado a
permanecer forzosamente de pie, y que aparecen nuevos elementos, como la
inmersión en agua helada.
Khaled Shaik Mohammed, el principal planificador de los ataques del 11-S, que fue capturado
en Rawalpindi el 1 de marzo de 2003 –nueve de los catorce “detenidos de alto
valor” fueron detenidos en Pakistán-, después de dos días de detención en
Pakistán durante los cuales, acusa, “un agente de la CIA… me golpeó varias
veces en el estómago, pecho y cara, me lanzó al suelo y me pisó la cara”, fue enviado
a Afganistán utilizando los “procedimientos estándares de traslado”. “Llevaba
vendados los ojos con un trapo atado alrededor de la cabeza y una bolsa de tela
encima. Me metieron un supositorio por el recto. No me dijeron para qué era”.
En Afganistán le desnudaron y le colocaron en una celda pequeña, donde “me
mantuvieron en posición vertical con las manos atadas y encadenado a una barra
que habían encima de mi cabeza. Los pies me llegaban al suelo”. Después de una hora,
Me llevaron a otra habitación donde me obligaron a permanecer de puntillas durante dos horas
de interrogatorio. Había aproximadamente trece personas en la habitación. Esa
cifra incluía al interrogador-jefe y a dos mujeres, además de unos diez tipos
muy musculosos con máscaras. Creo que eran todos estadounidenses. De vez en
cuando uno de los tipos musculosos me daba puñetazos en el pecho y el estómago.
Estos interrogatorios con gente completamente vestida –donde el detenido permanece
desnudo, de puntillas, entre una multitud de trece personas que incluye “diez
tipos musculosos con máscaras”- se interrumpían periódicamente para trasladar
al detenido a otra habitación para someterle a procedimientos extras:
Allí, durante cuarenta minutos, me lanzaban cubos de agua fría. No constantemente, porque
había que rellenar los cubos. Después me llevaban de nuevo a la habitación del interrogatorio.
En una ocasión, durante el interrogatorio me ofrecieron agua para beber, cuando la rechacé me
llevaron a otra habitación donde me tumbaron en el suelo con tres personas
inmovilizándome. Me metieron un tubo por el ano y vertieron agua dentro.
Después quise ir al aseo porque tenía diarrea pero no me facilitaron un cubo
hasta cuatro horas después.
Cada vez que me devolvían a mi celda me mantenían siempre de pie con las manos atadas y
encadenadas a la barra sobre mi cabeza.
Después de tres días en lo que creyó que era Afganistán, a Mohammed le vistieron con un
chándal, le vendaron los ojos, le encapucharon, le pusieron auriculares, le
ataron con grilletes y le colocaron a bordo de un avión “sentado, echado hacia
atrás, con las manos y las muñecas atadas en una silla alta”. Rápidamente se
durmió -“el primer sueño ‘normal’ en cinco días”-, y no está seguro de cuánto
tiempo duró el viaje. Sin embargo, al llegar se dio cuenta que había sido un largo viaje:
Pude ver que era un sitio donde había nieve en algunas zonas. Todo el mundo vestía de negro, con
máscaras y botas del ejército, como la gente de Planeta-X. Creo que el país era
Polonia. Lo creo porque en una ocasión me trajeron una botella de agua a la que
le habían quitado la etiqueta. Tenía una dirección de e-mail que acaba en “.pl”.
Le desnudaron y le metieron en una pequeña celda “donde más tarde un interrogador me informó de
que fui controlado las veinticuatro horas del día por un doctor, un psicólogo y
un interrogador”. Cree que la celda era subterránea, porque tuvo que descender
unos peldaños para llegar. Las paredes eran de madera y medía alrededor de 3 x 4 metros.
Fue en este lugar, según Mohammed, donde “tuvieron lugar los interrogatorios más intensos,
dirigidos por tres interrogadores experimentados de la CIA, de alrededor de 65
años, todos eran fuertes y estaban bien entrenados”. Le comunicaron de que
habían recibido “luz verde de Washington” para someterle a “un tiempo duro”.
“Nunca utilizaron la palabra ‘tortura’ y nunca se refirieron a ‘presiones
físicas’, sólo a un ‘tiempo duro’. “Nunca me amenazaron con matarme, de hecho
me dijeron que no iban a permitir que muriera, pero que me llevarían al ‘borde
de la muerte una y otra vez’” (13).
Para los interrogatorios, se llevaban a Mohammed a otra habitación. Las sesiones duraban
hasta ocho horas como máximo y un mínimo de cuatro.
El número de personas presentes variaba mucho según los días. Otros interrogadores,
incluidas varias mujeres, también estaban presentes en algunas ocasiones…
Normalmente también había un médico. Si percibían que no cooperaba me ponían
contra una pared y me aporreaban el cuerpo, la cabeza y la cara. También me
colocaban alrededor del cuello un grueso collar de plástico flexible para que
después un guardia pudiera agarrarlo por los dos extremos y lanzarme
violentamente contra la pared. Las palizas se combinaban con el uso de agua
fría, que me derramaban encima con una manguera. Durante el primer mes,
utilizaron diariamente las palizas y el agua fría.
Como a Abu Zubaydah, como a Abdelrahim Hussein Abdul Nashiri, un saudí capturado en Dubai
en octubre de 2002, a Mohammed también le sometieron al intento de asfixia con
agua, según su relato, en cinco ocasiones:
Me sujetaban a una cama especial, que podía colocarse en posición vertical. Para que no
pudiera respirar, uno de los guardias me ponía un paño sobre la cara y sobre él
derramaba agua helada de una botella que había estado metida en un frigorífico…
Después me quitaban el paño y ponían la cama en posición vertical. Durante una
hora se repetía una y otra vez todo el proceso. Durante el ahogamiento me
producía heridas en los tobillos y muñecas por el forcejeo del pánico al no
poder respirar. También estaban presentes mujeres interrogadoras… y siempre
había un médico allí, fuera de mi vista, por detrás de la cama, pero yo le veía
cuando venía a ponerme en el dedo un clip que estaba conectado a una máquina.
Creo que era para medir el pulso y el nivel del oxígeno en mi sangre. Así
podían llevarme hasta el límite.
Igual que con Zubaydah, las sesiones más duras de interrogatorio implicaban un “conjunto
alternativo de procedimientos” que se utilizaban en secuencia y combinándolos,
cada técnica intensificaba los efectos de las otras:
Las palizas eran cada vez más duras, y mientras permanecía en la celda los guardias me
enchufaban directamente agua fría con una manguera. El peor día fue cuando uno
de los interrogadores me estuvo golpeando durante una media hora. Me golpearon
tan fuerte la cabeza contra la pared que empecé a sangrar. Después derramaron
agua fría en la cabeza. Otros interrogadores repitieron lo mismo. Finalmente me
llevaron para someterme a una sesión de ahogamiento. Ese día pararon las torturas
finalmente por la intervención del médico. Me permitieron dormir durante una
hora y después me devolvieron a mi celda poniéndome de pie con las manos atadas
por encima de la cabeza.
Al leer el informe del CICR, uno finalmente se habitúa un tanto al “conjunto alternativo
de procedimientos” que ellos describen: el frío y la violencia repetida van
entumeciendo. Contra este fondo, las descripciones de la vida diaria de los
detenidos en los agujeros negros, en los cuales los interrogatorios parecen
simplemente un aumento periódico de la brutalidad consistentemente impuesta,
son cada vez más impresionantes. De nuevo, Mohammed:
Después de cada sesión de tortura me metían en una celda donde me permitían tumbarme en el
suelo y podía dormir unos minutos. Sin embargo, debido a las ataduras en
tobillos y muñecas nunca podía dormir bien… El aseo consistía en un cubo en la
celda, que podía utilizar cuando lo pedía (estaba atado de pie, con las manos
sujetas al techo), pero durante el primer mes no me permitieron lavarme después
de utilizar el cubo… Durante ese primer mes no me proporcionaron comida, sólo
después de dos ocasiones como recompensa porque pensaban que estaba cooperando.
Me daban Ensure para beber cada cuatro horas. Si rechazaba la bebida, el
guardia me obligaba a abrir la boca y me la derramaban en la garganta a la
fuerza… Cuando me arrestaron pesaba 78 kilos. Después de un mes de detención, pesaba 60.
No me dieron ropa durante el primer mes. Tenía luz artificial las veinticuatro horas del día,
pero nunca vi la luz del sol.
7.
Pregunta: Señor presidente… ésta es una pregunta de orden moral:
¿La tortura se justifica en algún caso?
George W. Bush: Mire, voy a decirlo una vez más…Quizá pueda aclararlo mejor.
Dimos instrucciones a nuestra gente de actuar con arreglo a la ley. Eso debería tranquilizarle.
Somos una nación de leyes, nos ajustamos a las leyes, tenemos leyes en nuestros textos.
Podría echar usted un vistazo a esas leyes, lo tranquilizaría.
(Sea Island, Georgia, 10 de junio de 2004)
Abu Zubaydah, Walid Bin Attash, Khaled Shaik Mohammed, son hombres que, casi con total certeza,
tienen sangre en sus manos, mucha sangre. Hay buenas razones para creer que
tuvieron un papel central en la planificación y organización de operaciones
terroristas que causaron la muerte de miles de personas. Y otro tanto puede
decirse con toda probabilidad de los otros doce "detenidos de gran
valor", cuyo trato mientras estaban en una cárcel secreta, prisioneros de
agentes del gobierno de EEUU, se describe con tan horribles detalles en el
informe del Comité Internacional de la Cruz Roja. Por lo que sabemos, muchos de
estos hombres, o todos ellos, merecen ser juzgados y castigados, merecen
“comparecer ante la justicia”, como el presidente Bush, en su discurso a los
estadounidenses del 6 de septiembre de 2006, aseguró que comparecerían.
Pero parece poco probable que sean llevados ante la justicia en un plazo breve. A mediados de
enero, Susan J. Crawford, designada por el gobierno de Bush para decidir qué
detenidos de Guantánamo deben ser juzgados ante las comisiones militares, se
negó a hacer referencia a Mohammed Al Qahtani, que debía haber sido uno de los
secuestradores del 11-S, pero que los funcionarios de inmigración del
aeropuerto internacional de Orlando, en Florida, devolvieron a su lugar de
origen. Después de que lo capturasen en Afganistán a finales de 2002, Qahtani
fue encarcelado en Guantánamo e interrogado por oficiales de inteligencia del
Departamento de Defensa. Crawford, una jueza jubilada y ex consejera jurídica general
del ejército, declaró a The Washington Post que había llegado a la
conclusión de que "el tratamiento aplicado a Qahtani correspondía a la
definición legal de tortura."
“Todas las técnicas que utilizaron estaban autorizadas, pero el modo en que las aplicaron
fue excesivamente agresivo, demasiado insistente...”
“Cuando se piensa en la tortura se piensa en un determinado acto físico horrendo al que se somete
a un individuo. Pero aquí no era nada de eso; era sólo una combinación de cosas
que tenía un impacto médico en él, que dañaron su salud. Fue abusivo e
innecesario. Y coercitivo. Claramente coercitivo.” (14).
El interrogatorio de Qahtani en Guantánamo, del que se han publicado fragmentos en Time y The
Washington Post, fue intenso y prolongado: duró cincuenta días consecutivos
a finales del otoño de 2002 y motivó su hospitalización al menos en dos
ocasiones. Parte de las técnicas utilizadas, por ejemplo largos periodos de
asiento en posición forzada, exposición prolongada al frío, a música muy alta y
al ruido, y privación del sueño, recuerdan los descritos en el informe del
Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Si el interrogatorio
"coercitivo" y "abusivo" de Qahtani hace imposible su
juicio, podemos dudar de que cualquier otro de los catorce "detenidos de
gran valor" cuyos testimonios figuran en dicho informe vaya a ser juzgado
y condenado en un procedimiento judicial internacionalmente reconocido y
sancionado.
En el caso de personas que hayan cometido crímenes muy graves, esto parece señalar -quizás el
sentido más importante y con mayores consecuencias- que “la tortura no
funciona." El uso de la tortura priva a la sociedad cuyas leyes se han
violado de forma tan notoria de la posibilidad de impartir justicia. La tortura
destruye la justicia. La tortura, en efecto, renuncia a este derecho sagrado a
cambio de más beneficios especulativos cuyo valor es, como mínimo, muy
cuestionable. John Kiriakou, el funcionario de la CIA que fue testigo de parte
del interrogatorio de Zubaydah, describió a Brian Ross, de ABC News, lo
que sucedió después de que Zubaydah fuera sometido a la tortura conocida como waterboarding
(simulación de ahogamiento en agua):
“Resistió. Aguantó el waterboarding durante un buen rato, quiero decir algo así
como 30 ó 35 segundos... Y poco más tarde, el próximo día o así, dijo a su
interrogador que Alá lo había visitado en su celda por la noche y le había
dicho que colaborase, porque su colaboración haría la vida más fácil a los
otros hermanos que estaban cautivos. Y a partir de ese día contestó a todas las
preguntas del mismo modo que yo estoy aquí sentando hablando con ustedes... La
información sobre amenazas que proporcionó impidió bastantes ataques, quizá
docenas de ataques.”
Esta declaración, repetida por el presidente Bush en su discurso, es objeto de un importante
debate. La versión pública de Bush fue, efectivamente, mucho más cuidadosa y
limitada: entre otras cosas, la información de Zubaydah confirmó el alias (Muktar)
de Khaled Shaik Mohammed, y contribuyó por lo tanto a su captura; que a su vez
llevó, indirectamente, a la captura Ramzi Bin Al Shibh, un yemení que fue otra
figura clave en la planificación de los ataques del 11-S; y que "nos ayudó
a prevenir otro ataque previsto en Estados Unidos."
Al menos una parte de esta información vino, al parecer, del primer interrogatorio, no
coercitivo, llevado a cabo por los agentes del FBI. Más tarde, según el
reportero Ron Suskind, para poner fin al dolor, Zubaydah citó un número
incontable de objetivos dentro de EEUU, todos los ellos inconsistentes.
Efectivamente, durante la primavera y el verano de 2002 hubo un gran número de
alertas de ataques contra viviendas, bancos, centros comerciales y, por
supuesto, centrales nucleares.
Suskind sólo es el más destacado de varios reporteros que disponen de fuentes de alto nivel en
los servicios de inteligencia y que sostienen que la importancia de la
información suministrada por Zubaydah y su importancia real en Al Qaeda han
sido excesiva y sistemáticamente exageradas por los funcionarios del gobierno,
desde el presidente Bush para abajo. (15).
Aunque parece muy poco probable que la información de Zubaydah pudiera impedir "quizá
docenas de ataques", como afirmó Kiriakou, el hecho evidente es que es
imposible, hasta que se lleve a cabo una investigación completa de los
interrogatorios, evaluar completa y atinadamente la información que obtuvo
Estados Unidos a cambio de todos los altos costes –prácticos, políticos,
legales y morales– que supusieron para el país su política de tortura. Hay una
cuestión en todo el debate sobre qué proporcionó o no Zubaydah, y sobre los
ataques que su información pudo prevenir o no, —un debate alimentado en gran
parte por filtraciones de partes interesadas— que en sí mismo refleja una
aceptación no expresada, por ambos lados, de la centralidad de la mítica
situación de la “bomba de relojería activada”, tan apreciada por los defensores
de la tortura y tan valorada por los escritores de guiones de televisión. Es
decir, el argumento se centra en si el interrogatorio de Zubaydah impidió
directamente "docenas de ataques."
Quizás inconscientemente, Kiriakou es quien más revela sobre el valor de la
información obtenida de “detenidos de gran valor” cuando discute lo que la CIA
realmente obtuvo de Zubaydah:
Lo que pudo proporcionar fue información sobre la cúpula de Al Qaeda. Por ejemplo, si Bin
Laden decidía realizar una acción X, quién sería la persona que la llevaría a
cabo. "¡Oh!, lógicamente sería un tal Y." Con lo que pudimos utilizar
esa información para tener una idea de cómo actúa Al Qaeda, cómo conceptualiza
sus operaciones y cómo encarga a sus diversas células la realización de dichas
operaciones... El valor de la información permitió que tuviéramos a alguien a
quien pasar algunas ideas para que las comentara o analizara.”
Esto tiene trazas de ser cierto, pues es así como operan los servicios de inteligencia, mediante
el acopio paciente de pequeños fragmentos de información, construyendo con
ellos una imagen que ayude a otros funcionarios a encontrar sentido a otras
informaciones que reciban. ¿Podían tales "comentarios o análisis" de
un alto operativo de Al Qaeda llevar finalmente a la interrupción de
"varios ataques, quizá docenas de ataques"? Parece posible —pero si
fuese así, la cadena de causa a efecto podría no ser directa, sin duda no tan
directa como sugieren las situaciones dramáticas explotadas por los periódicos
y la televisión —y los discursos presidenciales —. La bomba de relojería a
punto de estallar y matar a miles o millones de personas; el malvado terrorista
capturado que tiene, él solo, la información para encontrar la bomba y
desactivarla; el desesperado operativo de inteligencia, obligado a hacer lo que
sea necesario para adquirir esa información, son todos ellos elementos
conocidos y emocionalmente potentes, pero donde aparecen con más frecuencia es
en los programas de TV de entretenimiento popular, no en habitaciones pintadas
de blanco en Afganistán.
Hay la otra parte, por supuesto, de la "bomba de relojería activada" y la
tortura: el dolor y los malos tratos, al crear una presión insoportable sobre
el detenido para que hable, diga cualquier cosa que ponga fin al dolor, aumenta
la probabilidad de que fabrique historias y haga perder el tiempo, o algo peor.
Al menos una parte de la inteligencia que vino del "conjunto alternativo
de procedimientos," como la supuesta "información" de Zubaydah
sobre ataques contra centros comerciales y bancos, parece haber llevado al gobierno
de EEUU al difundir lo que resultó una serie de advertencias infundadas a los
estadounidenses.
Khaled Shaik Mohammed afirmó esto directamente en sus entrevistas con el CICR: "Durante
el período más duro de mi interrogatorio," dijo, “di mucha información
falsa para satisfacer lo que creía que deseaban oír los interrogadores, a fin
de poner fin a los malos tratos (...) Estoy seguro de que la información falsa
que me vi obligado a inventar (…) les hizo perder gran parte de su tiempo y
llevó a varias situaciones falsas de alerta roja en EEUU.”
Con toda esa cháchara de la bomba de relojería activada, pocas veces, o quizás ninguna, los
agentes han podido obtener información interrogando a sus prisioneros con
"técnicas de interrogación agresivas" que les permitieran prevenir un
ataque ya en su "fase operativa" (es decir, más allá de la etapa de
reconocimiento y planificación). Aun así, la opinión generalizada de que tales
técnicas han prevenido ataques, activamente fomentada por el presidente y otros
cargos, ha sido políticamente esencial para permitir la continuación de estas
políticas mucho después de que hubieran llegado a ser en gran parte públicas.
Las encuestas tienden a mostrar que una mayoría de estadounidenses está
dispuesta a apoyar la tortura sólo cuando se les asegure que con ello se
"frustrará un ataque terrorista." A causa de la persuasión política
de una situación de este tipo, es fundamental que una investigación futura
aclare realmente la pretensión de que se han prevenido ataques.
En el momento en que escribo estas páginas, es imposible saber qué beneficios —en términos de
información, seguridad nacional, desbaratamiento de Al Qaeda— puede haber
aportado a EEUU la aprobación del presidente del uso de un "conjunto
alternativo de procedimientos". Lo que podemos decir sin lugar a dudas es
que la decisión ha perjudicado algunos intereses estadounidenses de manera
demostrable. Concretamente, por ejemplo, agentes del FBI, muchos de ellos
profesionales con gran experiencia y formación en materia de interrogatorios,
fueron retirados, al parecer después de las objeciones de algunos jefes de este
organismo, cuando se decidió utilizar el "conjunto alternativo de
procedimientos" en Abu Zubaydah. Las extensas filtraciones a la prensa,
tanto por parte de funcionarios que apoyaban el "conjunto alternativo de
procedimientos" como de agentes contrarios a éstos, socavaron lo que en
principio debía ser un programa altamente secreto; estas filtraciones, en gran
parte producto de la gran controversia que el programa causó en la burocracia
de seguridad nacional, contribuyeron al final a hacerlo insostenible.
Por último, esta debilidad burocrática hizo que funcionarios de la CIA destruyeran, al parecer
por miedo a que se descubriera y condujera a un posible procesamiento, un
tesoro de 92 grabaciones de vídeo que se habían hecho de los interrogatorios,
todas menos dos de Abu Zubaydah. Independientemente de que el oficial que
investigó estas acciones determinara si eran ilegales o no, es difícil creer
que las grabaciones no incluían información valiosa, que se sacrificó, en
efecto, por razones políticas. Estas grabaciones, efectivamente, también podían
haber desempeñado un papel vital en el esfuerzo para determinar qué beneficios
reportó el programa, en su caso, a la seguridad de Estados Unidos.
Con mucho el mayor perjuicio, sin embargo, ha sido el legal, moral y político. Como
consecuencia del informe del CICR podemos establecer algunas conclusiones
definitivas:
1. A principios de la primavera de 2002, el gobierno de Estados Unidos comenzó a torturar
prisioneros. Esta tortura, aprobada por el presidente y supervisada en su
aplicación diaria por altos funcionarios gubernamentales, incluido el más alto
cargo de la nación en materia de Justicia, violó claramente importantes
compromisos incluidos en los tratados firmados por Estados Unidos, entre otros
los Convenios de Ginebra y el Convenio contra la Tortura, así como la propia
legislación estadounidense.
2. Los funcionarios de más alto nivel del gobierno de EEUU, con el presidente George
W. Bush en cabeza, mintieron explícita y repetidamente sobre este aspecto,
tanto en informes a instituciones internacionales como directamente a la
opinión pública. El presidente mintió al respecto en conferencias de prensa,
entrevistas y, de manera aún más explícita, en discursos expresamente
destinados a establecer la política del gobierno en materia de interrogatorios
ante el pueblo que lo había elegido.
3. El Congreso de EEUU, después de estar ya en posesión de mucha información sobre la tortura
llevada a cabo por el gobierno —que la prensa había cubierto ampliamente, y de
la que se había informado, por lo menos en parte, desde el principio a un
selecto grupo de congresistas— aprobó la Military Commissions Act (Ley
de nombramientos militares), en 2006, para proteger a los responsables contra
cualquier sanción penal derivada de la War Crimes Act (Ley de crímenes
de guerra.)
4. Los demócratas, que podían haber obstaculizado la aprobación de la ley, se negaron
a hacerlo, una decisión que tuvo mucho que ver con la proximidad de las
elecciones intermedias, en la víspera de las cuales temían que el presidente y
sus aliados republicanos pudieran aventajarles, acusándolos de ser “flojos con
los terroristas.” Un senador resumió la política de la Ley de nombramientos militares
con una claridad admirable:
“Pronto terminará el periodo de sesiones, hasta otoño, y la campaña comenzará ya en serio. Y
habrá ataques en anuncios de televisión de 30 segundos y envíos masivos de
correo en los que nos criticarán de preocuparnos más de los derechos de los
terroristas que de la protección de nuestros ciudadanos. Y la votación que
tenemos ante nosotros se diseñó y calculó para echar más leña a este fuego.”(16)
El senador Barack Obama solamente dijo en voz alta lo que los demás legisladores sabían: que a
pesar de los horribles informes, filtraciones de material gráfico y documentos,
y los horrorosos testimonios, la tortura en la era post 11-S, en términos
políticos, era un tema que iba en otra dirección. La mayor parte de los políticos
siguen convencidos de que los estadounidenses, todavía en estado de temor,
cuando tienen que optar entre tipos como Jack Bauer, de la serie de TV 24 –un Harry
el Sucio de hoy día, que “hace todo lo necesario” para proteger al pueblo
de la “bomba de relojería activada”– y la imagen de unos progres
blandengues que leen sus derechos a los terroristas detenidos, optarán en todos
los casos por los Bauer de turno. Como dijo el senador Obama después de que se
aprobara la ley contra la que votó: "hoy ha ganado la política."
5. El daño político a la reputación de Estados Unidos y al "poder suave" de sus
ideales constitucionales y democráticos ha sido, aunque difícil de cuantificar,
extenso y persistente. En una guerra que es esencialmente una sublevación en la
que se combate a escala internacional —es decir, una guerra política en la que
las actitudes y lealtades de los musulmanes jóvenes son un objetivo de
oportunidad crítico—, la decisión de Estados Unidos de utilizar la tortura ha
dado lugar a una derrota autoinfligida enorme, socavando a los simpatizantes
progresistas de Estados Unidos y convenciendo a otros de que el país es
exactamente tal como lo pintan sus enemigos: un poder imperial sin escrúpulos
decidido a atacar y liquidar a los musulmanes. Al optar por la tortura hemos
decidido, libremente, convertirnos en la caricatura que otros han hecho de
nosotros.
8.
Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, Cofer Black, ex jefe del Centro de
contraterrorismo de la CIA y conocido partidario de la línea dura, apareció
ante el Comité de Inteligencia del Senado e hizo la declaración más reveladora
del momento: "Todo lo que quiero decir es que hay un “antes del 11-S” y un
“después del 11-S”. Ahora, es cuestión de quitarse los guantes." En los
días siguientes a los ataques esta frase estaba por todas partes. Los
articulistas lo citaron, los comentaristas de televisión la mostraron por
doquier, los interrogadores de Abu Ghraib la utilizaron en sus cables.
"Caballeros, vamos a quitarnos los guantes en lo que toca a estos
detenidos. El coronel Boltz ha dejado claro que queremos destrozar a estos
individuos." (17)
“Quitarse los guantes”: tres simples palabras, que, sin embargo, expresan un pensamiento
complejo. Pues si entendemos que es preciso quitárselos, significa que antes de
los ataques los llevábamos puestos. Hay algo implícitamente justificativo en la
imagen, algo que la hizo particularmente atractiva a los funcionarios de un
gobierno que sufrió, durante su mandato, el ataque terrorista más mortífero de
la historia del país. Si el ataque había tenido éxito, no era debido a la falta
de circulación de la información o a la falta de atención de los responsables a
las señales de alarma o a que los principales funcionarios no prestaban
atención suficiente a la amenaza terrorista. Tiene que haber sido, al menos en
parte, porque llevábamos los guantes puestos, es decir, porque las reformas
post Watergate de la década de 1970, con las que el Congreso intentó poner
límites a la CIA, a su libertad de montar acciones encubiertas, negándolas
llegado el caso, y a sus acciones en el país y fuera de él, habían limitado
ilegítimamente el poder del presidente y, con ello, habían puesto en peligro al
país. No es ninguna casualidad que dos de los más poderosos cargos
gubernamentales, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, hayan servido en su juventud en
posiciones de muy alto nivel en los gobiernos de Nixon y Ford. Habían sido
testigos de las medidas citadas, y en las semanas posteriores a los ataques del
11-S, sostuvieron insistentemente que eran estas limitaciones —e
implícitamente, no el fracaso a la hora de evaluar los indicios— lo que había
producido, al menos indirectamente, la vulnerabilidad del país al ataque.
Así pues, después de un devastador ataque sin precedentes, nos quitamos los guantes. Dirigido por
el presidente y sus consejeros más cercanos, Estados Unidos se transformó de un
país que, al menos oficialmente, condenaba la tortura a un país que la
practicaba. Y esta decisión fatal, por mucho que queramos, no desaparecerá; del
mismo modo que los catorce "detenidos de alto valor," torturados y
por lo tanto imposibles de juzgar, sí serán liberados un día. Como las
historias grotescas recogidas en el informe del CICR, la decisión está ante
nuestros ojos: un dato tóxico que contamina nuestra vida política y moral.
Desde la toma de posesión del presidente Obama, los "procedimientos alternativos" del
anterior gobierno ocupan un lugar destacado en los medios de comunicación,
particularmente en la televisión por cable, que raramente tuvieron cuando
realmente se practicaban a los detenidos. Éste es especialmente el caso con el waterboarding,
que según el director anterior de la CIA no se ha utilizado desde 2003. En su
primer día en ejercicio, el presidente Obama publicó la orden ejecutiva que suspendió
el uso de estas técnicas y creó grupos de trabajo para estudiar las políticas
del gobierno de EEUU en materia de entregas, detenciones e interrogatorios,
entre otras.
Entretanto, los líderes demócratas del Congreso, que lo controlan desde 2006, han emprendido
por fin investigaciones serias. Los senadores Dianne Feinstein y Christopher
Bond, presidenta y miembro principal del Comité de Inteligencia, han anunciado
un "estudio de los programas de detención e interrogatorio de la CIA"
que investigará, entre otras cuestiones, "cómo esta agencia creó, gestionó
y mantuvo su programa de detención e interrogatorio," y asimismo, que haga
"una evaluación de la información de inteligencia adquirida mediante el
uso de las técnicas forzadas y corrientes de interrogatorio," e investiga
"si la CIA describió exactamente el programa de detención e interrogatorio
a otras ramas del gobierno de EEUU, en particular al Comité de Inteligencia del
Senado." Según se informa, es poco probable que las audiencias sean
públicas.
En febrero, el senador Patrick Leahy, presidente del Comité Judicial, pidió el establecimiento
de lo que llamó una "comisión independiente de investigación,"
también conocida como Comité de la verdad y la reconciliación, para investigar
"cómo nuestras políticas y prácticas de detención, de Guantánamo a Abu
Ghraib, han erosionado gravemente algunos principios fundamentales del Estado
de Derecho estadounidense." Puesto que la comisión del senador Leahy
prevé, sobre todo, investigar y hacer públicas las actuaciones –"para
restaurar nuestro liderazgo moral", afirmó– "debemos reconocer lo que
se hizo en nuestro nombre". Leahy ofrecería garantías de inmunidad a los
funcionarios públicos a cambio de su testimonio sincero, y no tiene por objetivo
los procesamientos y la justicia sino el conocimiento y la exposición pública:
"No podemos dar vuelta a la página hasta que la hayamos leído."
Muchos funcionarios de organizaciones de derechos humanos, que han luchado desde hace
tiempo y valientemente para atraer la atención y la ley sobre estos problemas,
rechazan enérgicamente cualquier propuesta que incluya garantías generalizadas
de inmunidad, e instan a realizar investigaciones e iniciar el procesamiento de
algunos funcionarios del gobierno de Bush. Las opciones son complicadas y
dolorosas. Por lo que sabemos, los funcionarios actuaron con la sanción legal
del gobierno de EEUU y siguiendo órdenes de la más alta autoridad política, el
presidente elegido de Estados Unidos. Las decisiones políticas tomadas por
cargos elegidos condujeron a estos delitos. Sin embargo, la opinión política,
primero en el seno del gobierno y más tarde fuera de él, permitió que esos
delitos persistieran. Si el procesamiento es necesario, también existe una
exigencia vital de educación. Solamente una investigación creíble sobre lo que
se hizo y qué información se consiguió puede comenzar a modificar la creencia
de la opinión pública en la “bomba de relojería activada”, y hacerle comprender
qué es la tortura, y qué es lo que se gana y se pierde cuando Estados Unidos la
utiliza.
El presidente Obama, al declarar que "nadie está por encima de la Ley” y que “si hay
pruebas de delitos… debe haber procesamientos," también ha expresado su
decidida preferencia por "mirar hacia adelante" en vez de "mirar
hacia atrás." Uno puede comprender el sentimiento pero incluso parte de
las decisiones que su gobierno ha tomado ya —en relación con el secreto de
Estado, por ejemplo—muestran en qué medida él y su Departamento de Justicia
están condicionados por lo que hizo su antecesor. Tomemos las inequívocas
palabras del fiscal general, Eric Holder, que en respuesta a una pregunta
directa en sus audiencias de confirmación declaró: "waterboarding
es tortura." No hay ninguna ambigüedad, como tampoco la hay en las
declaraciones igualmente francas de altos cargos de la administración Bush,
entre otros el anterior vicepresidente y el ex director de la CIA, cuando
confirmaron inequívocamente que el gobierno había dado órdenes y directrices
para que los presos bajo su control fueran sometidos a la tortura conocida como
waterboarding. Estamos pues todos viviendo una contradicción terrible,
una contradicción duradera y poco sutil, como tampoco lo es el informe del
CICR. Como dijo el ex vicepresidente Dick Cheney sobre el waterboarding:
"el asunto no ofrece ninguna duda para mí." Ahora Abu Zubaydah y sus
compañeros de detención han salido de la oscuridad para unir sus manos a las
del ex vicepresidente anterior y dar testimonio de la verdad de sus palabras.
12 de marzo de 2009.
Notas:
(1) "Restoring Trust in the Justice
System: The Senate Judiciary Committee's Agenda in the 111th Congress,"
2009 Marver Bernstein Lecture, Georgetown University, 9 de febrero de 2009.
(2) "President Discusses Creation of
Military Commissions to Try Suspected Terrorists," 6 de
septiembre de 2006, East Room, White House, disponible en cfr.org.
(3) Para un informe bien documentado, Dana Priest, "CIA Holds Terror Suspects in Secret
Prisons," The Washington Post, 2 de noviembre de 2005.
(4) Jonathan Alter, "Time to Think About Torture: It's a New World, and
Survival May Well Require Old Techniques That Seemed Out of the Question,"
Newsweek, 5 de noviembre de 2001; Raymond Bonner, Don Van Natta Jr., y
Amy Waldman, "Interrogations: Questioning Terror
Suspects in a Dark and Surreal World," The New York Times, 9 de marzo de 2003.
(5) "President Bush's News Conference,"
The New York Times, 15 de septiembre de 2006.
(6) De "CIA—Abu Zubaydah. Interview with John Kiriakou." Es una trascripción burda y sin fecha de
una entrevista en vídeo realizada por Brian Ross de ABC News, al parecer en
diciembre de 2008, disponible en abcnews.go.com. Citas de ese documento han sido editadas de modo
muy ligero, para major claridad. Ver también Richard Esposito y Brian
Ross, "Coming in from the Cold: CIA Spy
Calls Waterboarding Necessary But Torture," ABC News, 10 de diciembre de 2007.
(7) "Working Group Report on Detainee Interrogations in
the Global War on Terrorism: Assessment of Legal, Historical, Policy, and
Operational Considerations," 4 de abril de 2003, en Mark Danner, Torture and Truth: America, Abu
Ghraib, and the War on Terror (New York Review Books, 2004),
pp. 190–192. Muchos de esos documentos, recolectados en ese libro y en otros sitios, fueron filtrados
después de la publicación de las fotografías de Abu Ghraib y han sido públicos
desde finales de primavera y principios de verano de 2004.
(8) David Johnston, "At a Secret Interrogation, Dispute
Flared Over Tactics," The New York Times, 10 de
septiembre de 2006.
(9) Mark Hosenball, "How Good Is Abu Zubaydah's Information?,"
Newsweek Web Exclusive, 27 de abril de 2002.
(10) Johnston, "At a Secret Interrogation, Dispute Flared Over Tactics."
(11) KUBARK Counterintelligence Interrogation—July 1963
and Human Resource Exploitation Training Manual—1983, ambos archivados
en "Prisoner Abuse: Patterns from the Past," National Security
Archive Electronic Briefing Book No. 122. Para las raíces históricas del
“conjunto de procedimientos alternativos” vea Alfred W. McCoy, A Question of
Torture: CIA Interrogation, from the Cold War to the War on Terror
(Metropolitan, 2006); and Jane Mayer, The Dark Side: The Inside Story of How
the War on Terror Turned into a War on American Ideals (Doubleday, 2008),
especialmente pp. 167–174. Ver también mi "The Logic of Torture," The New York Review,
June 24, 2004, y Torture and Truth.
(12) Jan Crawford Greenburg, Howard L. Rosenberg, y Ariane de Vogue, "Sources: Top Bush Advisors Approved
'Enhanced Interrogation,'" ABC News, 9 de abril de 2008.
(13) Los comentarios entre paréntesis aparecen en el informe del CICR.
(14) Cf. Bob Woodward, "Detainee Tortured, Says US
Official: Trial Overseer Cites 'Abusive' Methods Against 9/11 Suspect,"
The Washington Post, 14de enero de 2009.
(15) Cf. Ron Suskind, "The Unofficial Story of the
al-Qaeda 14," Time, 10 de septiembre de 2006.
También, Suskind The One Percent Doctrine: Deep Inside America's Pursuit of
Its Enemies Since 9/11 (Simon and Schuster, 2006), pp. 99–101, y Mayer, The
Dark Side, pp. 175–177.
(16) Cf. "Statement on Military Commission Legislation:
Remarks by Senator Barack Obama," 28 de septiembre de 2006.
(17) Cf. Mike Danner, Torture and Truth,
p. 33.
Durante mucho tiempo, Marck Danner ha sido escritor de plantilla de The New Yorker y colaborador de The New York Review of
Books; es autor de tres libros: The Massacre at El Mozote: A Parable of
the Cold War; The Road to Illegitimacy: One Reporter's Travels Through
the 2000 Florida Recount; y Torture and Truth. La obra de Danner ha sido honrada con numerosos
premios, incluyendo el National Magazine Award, tres Overseas Press Awards, y
un Emmy. En junio de 1999, fue nombrado MacArthur Fellow. Es profesor de
periodismo en la Universidad de California en Berkeley y profesor Henry R. Luce
de derechos humanos y periodismo en Bard College. Divide su tiempo entre
Berkeley y Nueva York. Su trabajo está archivado en markdanner.com.
Texto original en inglés: http://www.nybooks.com/articles/22530
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