La guerra estadounidense y los civiles afganos
¿Cuánto “éxito” pueden resistir los afganos?
Nick Turse
TomDispatch
16 de septiembre de 2010
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Introducción del editor de TomDispatch Sin duda habéis tenido la
experiencia de tirar un pequeño hilo suelto y descubrir, sorprendidos, que la
vestimenta que lleváis puesta comienza repentinamente a deshacerse. Parece que
algo equivalente está sucediendo en Afganistán directamente ante nuestros ojos.
Allí, “el orgullo del sistema bancario de Afganistán”, Kabul Bank, con más de
un millón de clientes, sufre un colapso a cámara lenta.
Parte de un incipiente sistema bancario que es orgullosamente guiado por
expertos estadounidenses y funcionarios del Departamento del Tesoro, ese
sumidero bancario amenaza ahora con llevarse consigo a muchísimos más. En 2001,
según David Nakamura y Ernesto Londoño del Washington Post, los estadounidenses
que llegaban a Kabul querían crear un “sector bancario al estilo occidental…
que dificultara que los terroristas obtuvieran dinero, mientras prometían a los
afganos que un sistema financiero regulado sería más confiable y digno de
confianza.” Y, en un sentido perverso, tuvieron éxito.
No sabemos todavía si Kabul Bank es “demasiado grande para quebrar” o no,
probando que es el Goldman Sachs o el Merrill Lynch del empobrecido Afganistán.
Por lo menos, representa un tejido afgano que se desintegra, tejido de casi
cada desastroso hilo de la guerra y ocupación estadounidenses: la profunda
corrupción de la elite gobernante, el saqueo de la riqueza que le queda a ese
país y su despilfarro en el exterior de las decenas de miles de millones de
dólares de dinero de la droga y de fondos de la reconstrucción y de la ayuda
que han desbordado un país con un producto interno bruto de sólo unos 27.000
millones de dólares, y finalmente todo el proyecto de Washington en Afganistán
que, como lo indica a continuación el colaborador regular de TomDispatch, Nick
Turse, prometió tanto y cumplió tan poco. (Por cierto, el hecho mismo de que los
talibanes, los desacreditados ex gobernantes de ese país en 2001, estén
viviendo un renacimiento, os dice todo lo necesario sobre el desastre
estadounidense allí.)
Para protegerse en el hoyo de culebras de la política afgana, los dos
propietarios del Kabul Bank introdujeron (es decir, compraron) a un hermano del
presidente Hamid Karzai (que ha estado viviendo en una villa de 5,5 millones de
dólares en Dubai, comprada con fondos del banco) y a un hermano del
vicepresidente Muhammad Fahim (a quien prestó sólo unos 100 millones de
dólares). Evidentemente, sus máximos responsables también se prestaron
millones, derrochados en 18 “villas” y otras propiedades en Dubai justo cuando
el mercado inmobiliario se preparaba a caer, mientras jugaban irresponsablemente
con los depósitos del banco. Ya que Kabul Bank maneja los fondos del gobierno
para pagar al ejército, la policía, los empleados públicos, y los maestros,
existe una fuerte posibilidad de descontento popular. En Kabul, la única
sucursal del banco que sigue abierta está ahora rodeada de alambrada de púas, y
protegida por fuerzas de seguridad preparadas para repeler a golpes a los
afganos que sitian el lugar desesperados por recuperar su dinero o simplemente
sus salarios.
El colapso del Kabul Bank es una auténtica pesadilla afgana que amenaza con
engullir a los principales políticos de ese país y posiblemente al tambaleante
y podrido sistema político que los estadounidenses ayudaron a establecer
durante la última década. Puede, finalmente, ser un símbolo de todo lo que la
guerra estadounidense ofreció a una ínfima tajada de la sociedad afgana y a
casi nadie más. Tom
¿Cuánto “éxito” pueden resistir los afganos?
La guerra estadounidense y los civiles afganos
Nick Turse
Con la llegada del general David Petraeus como comandante de la Guerra Afgana,
se ha hablado más que nunca del significado de “éxito” en Afganistán. A fines
de julio, USA Today publicó un artículo intitulado “En Afganistán, se mide el
éxito paso a paso”. Días después, Stephen Biddle, socio para política de la
defensa en el Consejo de Relaciones Exteriores, realizó una teleconferencia con
los medios para hablar sobre “Definición de éxito en Afganistán”. Un editorial
a mediados de agosto en el Washington Post llevaba el título: “Argumentos a
favor del éxito en Afganistán”. Y antes este mes, un artículo de Associated
Press apareció con el título: “Petraeus ensalza el éxito en la Guerra Afgana”.
A diferencia de la victoria, resulta que éxito es un término escurridizo.
Mientras EE.UU. se acerca al décimo aniversario de la invasión de Afganistán,
eruditos han estado considerando qué exactamente puede significar “éxito” en
Afganistán para Washington. Sin embargo, lo que éxito pueda significar para
afganos de a pie no ha sido un tópico importante de conversación, a pesar de
que funcionarios de EE.UU. les han prometido regularmente vidas mucho mejores y
han pregonado los esfuerzos estadounidenses para reconstruir su país desgarrado
por la guerra.
Entre 2001 y 2009, según el gobierno afgano, el país ha recibido 36.000
millones de dólares en subsidios y préstamos de naciones donantes, y EE.UU. ha
desembolsado unos 23.000 millones de esa suma. Los contribuyentes
estadounidenses han contribuido otros 338.000 millones de dólares para
financiar la guerra y la ocupación. Sin embargo, desde índices de pobreza a
evaluaciones de riesgos de violación, desde tasas de mortalidad infantil a
estadísticas de uso de drogas, casi cada medición disponible del bienestar
afgano refleja un cuadro sombrío de un país en estado persistente de crisis
humanitaria, involucrando frecuentemente fracasos de una escala épica en la
reconstrucción y de los militares. Cualquier medición que se escoja que afecte
a afganos de a pie, los antecedentes desde noviembre de 2001, cuando Kabul cayó
en manos de las fuerzas aliadas, probablemente mostrará estancamiento o reveses
y, casi invariablemente, sufrimiento.
Casi una década después de la invasión, la vida de los civiles afganos no es un
tema que interese mucho a los estadounidenses, y por lo tanto no sorprende que
tenga mucha importancia en las discusiones sobre el “éxito” en Washington. ¿Hay
una cantidad significativa de afganos que piense que los años de ocupación y
guerra fueron “exitosos”? ¿Ha habido un beneficio en la vida diaria que justifique
las indignidades de los años estadounidenses –los coches detenidos o a veces
acribillados en puntos de control en las carreteras, las patrullas
estadounidenses que andan en grupos por los campos y allanan las casas, las
aterradoras incursiones nocturnas, los encarcelamientos sin proceso, o la
manera como tantos afganos siguen siendo tratados como extranjeros, si no
presuntos criminales, en su propio país?
Durante años, los dirigentes estadounidenses han saludado la manera como los
afganos se benefician supuestamente del papel que juega EE.UU. en su país.
¿Pero es así?
Las promesas comenzaron temprano. En abril de 2002, por ejemplo, hablando en el
Instituto Militar de Virginia, el presidente George W. Bush proclamó que en
Afganistán “la paz será lograda mediante un sistema educacional para niños y
niñas que funcione”. Agregó: “Trabajamos duro en Afganistán: Estamos despejando
campos de minas. Estamos reconstruyendo carreteras. Estamos mejorando la
atención sanitaria. Y trabajaremos para ayudar a que Afganistán desarrolle una
economía que pueda alimentar a su pueblo sin alimentar la demanda mundial de
drogas.”
Cuando, el 1 de mayo de 2003, el presidente Bush se paseó por la cubierta de
vuelo del USS Abraham Lincoln para pronunciar su discurso de “misión cumplida”,
en el que declaró un fin de las “principales operaciones de combate en Irak”,
también habló de triunfo en la otra guerra y una vez más presentó un cuadro
halagüeño de los eventos afganos. “Seguimos ayudando al pueblo afgano,
construyendo carreteras, restaurando hospitales, y educando a todos sus niños”,
dijo. Cinco años después, todavía siguió pregonando la ayuda estadounidense a
los afganos, y señaló que EE.UU. “trabaja para asegurar que nuestro progreso
militar sea acompañado por los beneficios políticos y económicos que son
esenciales para el éxito de un Afganistán libre”.
Antes este año, pareció que el presidente Barack Obama sugería que los
esfuerzos por promover el bienestar afgano habían sido realmente un éxito: “No
cabe duda del progreso que el pueblo afgano ha hecho en los últimos años, en
educación, atención sanitaria y desarrollo económico, como lo vi al aterrizar
en las luces en todo Kabul, luces que no hubieran sido visibles sólo unos pocos
años antes”.
De modo que, casi 10 años después, ¿cómo son verdaderamente las vidas de los
afganos de a pie? ¿Ha mejorado notablemente la mortalidad infantil? ¿Se sienten
seguras las mujeres, si no en términos de derechos civiles, por lo menos en la
convicción de que los hombres no pueden violarlas impunemente? ¿Han iniciado
todos los niños afganos –o siquiera la mayoría– el camino hacia una educación
decente?
¿O hablando de una cuestión más básica? Después de casi una década de guerra y
decenas de miles de millones de dólares de ayuda internacional, ¿tienen
suficiente para comer los afganos? Recientemente hice esa pregunta a Challiss
McDonough del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas en
Afganistán.
Inseguridad alimentaria
En octubre de 2001, la BBC informó que más de siete millones de personas
corrían “riesgo de desnutrición o de escasez de alimentos en todo Afganistán”.
En un correo electrónico, McDonough actualizó ese cálculo: “Los datos más
recientes sobre inseguridad alimentaria provienen de la última Evaluación
Nacional de Riesgo y Vulnerabilidad (NRVA por sus siglas en inglés), que fue
realizada en 2007/2008 y publicada a fines de octubre de 2009.
Estableció que unos 7,4 millones de personas sufren de inseguridad alimentaria,
aproximadamente un 31% de la población. Se considera que otro 37% se encuentra
al borde de la inseguridad alimentaria, y podría sobrepasar ese límite por
choques como inundaciones, sequía, o desplazamiento relacionado con conflictos.
Los indicadores de inseguridad alimentaria, señaló McDonough, van en la dirección
equivocada. “La NRVA de 2007/2008 mostró que la inseguridad alimentaria se
había deteriorado en 25 de las 34 provincias en comparación con la NRVA de
2005. Fue el resultado de una combinación de factores, incluyendo altos precios
de los alimentos, aumento de la inseguridad y repetidos desastres naturales.”
También señaló que: “Cerca de un 36% de la población vive bajo la línea de
pobreza y no puede satisfacer las necesidades básicas. Los precios de los
alimentos básicos siguen siendo más elevados que en los países vecinos, y más
altos de lo que eran antes del comienzo de la crisis global de altos precios de
alimentos en 2007.”
Recientemente, la firma internacional de gestión de riesgos Maplecroft elaboró
un índice de seguridad alimentaria –utilizando 12 criterios desarrollados por
el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas– para evaluar la
amenaza a suministros de alimentos básicos en 163 países. Afganistán se
clasificó último y fue la única nación no africana entre los 10 países con más inseguridad
alimentaria del planeta.
Refugiados y desplazados internos
Durante la ocupación soviética de los años ochenta y los años aciagos del
régimen talibán a fines de los años noventa, millones de afganos huyeron de su
país. Aunque muchos volvieron después de 2001, un gran número ha seguido
viviendo en el extranjero. Se informa que más de un millón de afganos
registrados viven en Irán. Otros 1,5 millones o más de refugiados afganos
indocumentados, no registrados pueden residir también en ese país. Aproximadamente
1,7 millones o más de refugiados afganos viven actualmente en Pakistán –1,5
millones de ellos en las provincias recientemente devastadas por inundaciones,
según Adrian Edwards, portavoz de la agencia de refugiados de la ONU.
Muchos afganos que todavía permanecen en su país tampoco pueden volver a sus
hogares. Según un informe de 2008 de la Alta Comisión para Refugiados de las
Naciones Unidas (UNHCR) hubo 235.833 desplazados interiores en todo el país.
Según las informaciones, las cifras han aumentado desde mediados de este año a
más de 328.000.
Bienestar de los niños
En el año 2000, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia
(UNICEF), la mortalidad para niños de menos de cinco años fue de 257 por mil.
En 2008, el último año para el cual existen datos, esa cifra no había cambiado.
De hecho, sólo había mejorado ligeramente desde 1990, cuando después de casi
una década de ocupación soviética y una guerra brutal, las cifras alcanzaban
260 por mil. Las cifras fueron similares para la mortalidad infantil –168 por
mil en 1990, 165 por mil en 2008.
En 2002, según las Naciones Unidas, cerca de un 50% de los niños afganos
estaban crónicamente desnutridos. El estudio nacional exhaustivo más reciente,
realizado después de dos años de ocupación por EE.UU., estableció (según
McDonough) del Programa Mundial de Alimentos) que cerca de un 60% de los niños
bajo cinco años estaban crónicamente desnutridos.
La educación infantil es un área excepcional de verdadera mejora. Las
estadísticas del gobierno afgano muestran un continuo crecimiento –de 3.083.434
niños en educación primaria en 2002 a 4.788.366 matriculados en 2008. A pesar
de ello, hay más niños pequeños afuera que en la sala de clases, según cifras
de 2010 de UNICEF, que indican que aproximadamente cinco millones de niños
afganos no asisten a la escuela –en su mayoría niñas.
Muchos jóvenes están en las calles. Reuters informó recientemente que hay por
lo menos 600.000 niños desvalidos en Afganistán. Shafiqa Zaher, trabajadora
social de Aschiana, un grupo de ayuda a los niños que recibe fondos de EE.UU.,
declaró al periodista Andrew Hammond que la mayoría tiene un albergue, aunque
sea el resto de un edificio que se desmorona, pero que los que los cuidan son a
menudo inválidos o desocupados. Muchos, por lo tanto, se ven obligados a
realizar trabajo infantil. “La pobreza empeora en Afganistán y los niños se ven
obligados a buscar trabajo”, dijo Zaher.
En 2002, la ONU informó que había más de un millón de niños en Afganistán que
habían perdido a uno o ambos padres. No parece que haya cambiado mucho en los
años desde entonces. “He visto cálculos de que hay más de un millón de niños
afganos cuyo padre o madre ha muerto,” me dijo recientemente por correo
electrónico Mike Whipple, presidente y director ejecutivo de International
Orphan Care, una organización humanitaria basada en EE.UU. que dirige escuelas
y clínicas médicas en Afganistán.
Incluso hay cada vez más jóvenes afganos con familias suficientemente
desesperados para abandonar su patria e intentar un peligroso viaje por tierra
a Europa y un posible asilo. Este año, UNHCR informó que cada vez más niños
afganos huyen solos de su país. Casi 6.000 de ellos, en su mayoría muchachos,
pidieron asilo en países europeos en 2009, en comparación con unos 3.400 el año
anterior.
Derechos de las mujeres
En su discurso sobre el Estado de la Unión de 2002, el presidente Bush dijo
al Congreso: “La última vez que nos reunimos en esta cámara, las madres e hijas
de Afganistán eran cautivas en sus propios hogares, se les prohibía trabajar o
ir a la escuela. Actualmente las mujeres son libres y forman parte del nuevo
gobierno de Afganistán.” El año pasado, cuando se le preguntó respecto a una
nueva ley afgana que castiga la opresión de las mujeres, el presidente Obama
afirmó que existen “ciertos principios básicos que debieran ser defendidos por
todas las naciones, y el respeto a las mujeres y el respeto a su libertad e
integridad es un principio importante”.
Recientemente, la condición difícil de las mujeres en Afganistán volvió a los
titulares en EE.UU. gracias a una chocante imagen en la portada de la revista
TIME de Bibi Aisha, una afgana a la que cortaron las orejas y la nariz después
que se escapó de la casa de su esposo. “Lo que pasa cuando nos vamos de Afganistán”
fue el título de TIME, pero la periodista Ann Jones, que trabajó de cerca con
mujeres en Afganistán y habló con Bibi Aisha, discrepó de la portada de TIME en
la revista Nation, señalando que es evidente que no fueron los talibanes los
que mutilaron a Aisha y que el brutal ataque tuvo lugar después de ocho años de
ocupación por EE.UU. La vida de las mujeres en Afganistán no ha sido el lecho
de rosas prometido por Bush ni ha sido caracterizada por los derechos básicos
mencionados por Obama, como señaló Jones:
“Considerad la creciente talibanización de la vida afgana bajo el gobierno de
Karzai. Las restricciones a la libertad de movimiento de las mujeres, a su
acceso al trabajo y a sus derechos dentro de la familia han sido continuamente
reforzadas como resultado de una confluencia de factores, incluyendo el
abandono de la reforma legal y judicial y de las obligaciones según las
convenciones internacionales de derechos humanos; la legislación caracterizada
por la infame Ley Shia de Estatus Personal (SPSL por sus siglas en inglés),
publicada en 2009 por el propio presidente Karzai a pesar de las protestas de
las mujeres y del furor internacional; la intimidación; y la violencia.”
Sus observaciones son confirmadas en un reciente informe de Medica Mondiale,
una organización no gubernamental alemana que defiende los derechos de mujeres
y niñas en las zonas de guerra y crisis en todo el mundo. Como comienza su
franca información: “Nueve años después del 11 de septiembre y del inicio de la
operación ‘Libertad duradera’, que justificó su compromiso no sólo con la caza
de terroristas, sino también con la lucha por los derechos de las mujeres, la
situación de mujeres y niñas en Afganistán sigue siendo catastrófica.” Medica
Mondiale informó que un 80% de todos los matrimonios afganos siguen teniendo
“lugar bajo presión”.
La seguridad básica de las mujeres en Afganistán en, y mucho más allá de, áreas
controladas por los talibanes ha resultado ser en los últimos años un tema
deprimente a pesar de que los estadounidenses no se han ido. Según el Fondo de
las Naciones Unidas para el Desarrollo de las Mujeres (UNIFEM), por ejemplo, un
87% de las mujeres están sometidas al abuso doméstico. Un informe de 2009 de la
Misión de Ayuda de la ONU en Afganistán (UNAMA) estableció que la violación “es
un acontecimiento diario en todas partes del país” y lo calificó de “problema
de derechos humanos de profundas proporciones”. El informe sigue diciendo:
“Mujeres y niñas corren riesgo de ser violadas en sus casas y en sus
comunidades, en instalaciones de detención, y como resultado de dañinas
prácticas tradicionales para resolver desavenencias dentro de la familia o la
comunidad… En la región septentrional, por ejemplo, un 39% de los casos
analizados por UNAMA Derechos Humanos, mostraron que los perpetradores estaban
directamente ligados a traficantes de influencias que están efectivamente por
sobre la ley y gozan de inmunidad contra arresto así como inmunidad contra la
condena social.”
Se informa que mujeres afganas recurren al suicidio como su única solución.
Un informe en junio de Sudabah Afzali del Instituto para Información sobre la
Guerra y la Paz señaló que, según funcionarios en la provincia Herat, los
“casos de suicidio entre mujeres… han aumentado en un 50% durante el último año.”
Sayed Naim Alemi, director del hospital regional en Herat, señaló que 85 casos
de intentos de suicidios registrados en los seis meses anteriores habían
involucrado a mujeres que se prendieron fuego o ingirieron veneno. Las mujeres
fallecieron en 57 de los casos.
Un estudio realizado por el ex ministro adjunto de salud afgano, Faizullah
Kakar, y publicado en agosto dio una idea de la dimensión del problema.
Utilizando antecedentes del Ministerio de Salud afgano y de hospitales, Kakar
estableció que se calcula que 2.300 mujeres o niñas intentan suicidarse cada
año. La violencia doméstica, terribles penurias, y enfermedades mentales,
fueron los principales factores en sus decisiones. “Representan un aumento
múltiple respecto a tres décadas antes,” dijo Kakar. Además, estableció que
cerca de 1,8 millones de mujeres y muchachas entre las edades de 15 y 40 sufren
de “severa depresión”.
Uso de drogas
La proliferación de la depresión, tanto entre hombres como mujeres, ha llevado
a la automedicación. Mientras el cultivo de la amapola del opio en una escala
casi inimaginable en el principal narco Estado del planeta ha capturado los
titulares desde el año 2001, se ha prestado poca atención al uso de drogas por
afganos de a pie, a pesar de que ha sufrido una trayectoria en fuerte aumento.
En 2003, según el ministro de salud pública de Afganistán, Amin Fatimie, hubo
unos 7.000 adictos a la heroína en la capital, Kabul. En 2007, se calcula que
esa cantidad se duplicó. En 2009, UNAMA y la Oficina sobre Drogas y Crimen de
las Naciones Unidas (UNODC) calculó que la ciudad albergaba hasta 20.000
consumidores de heroína y entre 20.000 y 25.000 adictos al opio.
Por desgracia, Kabul no tiene el monopolio sobre el problema. “Tres décadas de
trauma relacionado con la guerra, suministro ilimitado de narcóticos baratos, y
acceso limitado al tratamiento han creado un importante y creciente problema de
adicción en Afganistán”, dice Antonio Maria Costa, director ejecutivo de UNODC.
Desde 2005, la cantidad de consumidores afganos de opio en todo el país ha
aumentado en un 53%, mientras los de heroína han aumentado rápidamente en un
140%. Según un estudio de UNODC, “Uso de droga en Afganistán”, aproximadamente
un millón de afganos entre las edades de 15 y 64 son drogadictos. Eso equivale
a cerca de un 8% de la población y al doble del promedio global.
SIDA y trabajo sexual
Desde el comienzo de la ocupación estadounidense, el SIDA y el VIH, el virus
que causa la enfermedad, también han estado aumentando. En 2002, sólo ocho
personas fueron diagnosticadas VIH positivas. En 2007, el ministro de salud
pública Fatamie informó de 61 casos confirmados de SIDA y 2.000 presuntos
casos.
Fatamie culpó al uso intravenoso de drogas por la mitad de los casos y la ONG
Médecins du Monde, que trabaja con adictos al uso intravenoso de drogas en
Kabul, estableció que el predominio de VIH entre esos adictos en las ciudades
de Kabul, Herat, y Mazar aumentó de un 3% a 7% entre 2006 y 2009. Un informe de
2010 del Ministerio de Salud Pública reveló que el conocimiento sobre VIH entre
consumidores de drogas intravenosas era sorprendentemente bajo, que pocos
habían sido examinados para VIH, y que de los que admitieron haber comprado
sexo dentro de los seis meses anteriores, la mayoría confesó que no había utilizado
un condón.
Este hecho es poco sorprendente, si se consideran los resultados de un reciente
estudio de Catherina Todd con sus colegas de 520 trabajadoras del sexo, en su
mayoría madres, en las ciudades afganas de Jalalabad, Kabul y Mazar-i-Sharif. Sólo
cerca de un 30% de las mujeres en cuestión informaron que los clientes hayan
utilizado alguna vez un condón con ellas y cerca de un 50% había recibido
tratamiento para una infección de transmisión sexual en los tres meses antes de
ser entrevistadas.
El mismo estudio también elucidó la intersección entre conductas de alto
riesgo, condiciones socioeconómicas, y la libertad y oportunidades promedias a
las mujeres afganas por los presidentes Bush y Obama. Las razones más comunes
por las que mujeres afganas realizaban trabajo sexual, descubrieron Todd y sus
colegas, era la necesidad de sustentarse (un 50%) o de sustentar a sus familias
(un 32,4%). Casi un 9% informó que fueron obligadas al comercio sexual por sus
familias. Sólo más de un 5% inició la prostitución después de haber enviudado,
y un 1,5% fue obligado a la profesión después de haber sufrido un ataque sexual
y, consecuentemente, al verse incapacitadas para el matrimonio.
¿Una década de progreso?
En la casi década desde la caída de Kabul en noviembre de 2001, una
considerable mayoría de los afganos ha seguido viviendo en la pobreza y la
privación. La medición de tanta miseria podrá ser imposible, pero las Naciones
Unidas han tratado de encontrar un modo exhaustivo de hacerlo. Utilizando un
Índice de Pobreza Humana que “se concentra en la proporción de personas bajo
ciertos niveles respecto a una vida larga y saludable, el acceso a la
educación, y un estándar de vida decente”, la ONU estableció que, hablando
comparativamente, no hay nada peor que la vida en Afganistán. La nación se
ubica última en su ranking, número 135 de 135 países. Es lo que el “éxito”
significa hoy en día en Afganistán.
Las Naciones Unidas también ordenan a los países a través de un Índice de
Desarrollo Humano que incluye indicadores de bienestar como ser expectativa de
vida, logro de educación, e ingresos. En 2004, la ONU y el gobierno afgano
publicaron el primer Informe Nacional de Desarrollo Humano. En su prólogo, la
publicación advirtió:
“Como era de esperar, el informe describe un cuadro sombrío de la condición del
desarrollo humano en el país después de dos décadas de guerra y destrucción. El
valor del Índice de Desarrollo Humano (HDI) calculado a escala nacional coloca
a Afganistán en el puesto deprimente de 173 entre178 países en todo el mundo.
Sin embargo el HDI también nos presenta un parámetro contra el cual se podrá
medir el progreso en el futuro.”
Se podría haber pensado que sólo sería posible mejorar. Y sin embargo, en 2009,
cuando la ONU publicó un nuevo Informe de Desarrollo Humano, Afganistán estaba
en una condición aún peor, en el número 181 de 182 naciones, sólo mejor que
Níger.
Casi 10 años de ocupación, desarrollo, tutoría, reconstrucción, y ayuda
estadounidense y aliada han llevado al país de una insoportable situación
deprimente a otra mucho más mala. Y, no obstante, algo aún peor es todavía
posible para los sufrientes hombres, mujeres, y niños de Afganistán. A medida
que la guerra y la ocupación estadounidenses siguen interminablemente sin una
discusión seria sobre la retirada en la agenda de Washington, hay que formular
preguntas sobre la suerte de los civiles afganos. La principal: ¿Cuántos años
más de “progreso” pueden soportar?, y si EE.UU. se queda, ¿cuánto más “éxito”
pueden aguantar?
Nick Turse es editor asociado de TomDispatch.com y ganador del Premio Ridenhour
2009 a la Distinción Informativa, así como el Premio James Aronson para el
Periodismo de Justicia Social. Sus trabajos se publican en Los Angeles Times,
The Nation, In These Times y, regularmente, en TomDispatch. Turse es
actualmente miembro del Center for the United States and the Cold War de la
Universidad de Nueva York. Es autor de “The Complex: How the Military Invades Our Everyday Lives”,
(Metropolitan Books). Su página en Internet es: NickTurse.com
Copyright 2010 Nick Turse
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175293/tomgram%3A_nick_turse%2C_afghanistan_on_life_support__/#more
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