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Seguimos sin responsables por las torturas.

24 de junio de 2012
Andy Worthington

Traducido del inglés por
El Mundo No Puede Esperar
3 de julio de 2012

La semana pasada, las malas noticias de la Corte Suprema no se manifestaron únicamente en la decisión del tribunal de renunciar a sus responsabilidades para con los prisioneros detenidos en la bahía de Guantánamo, Cuba, al rechazar las apelaciones realizadas por 7 de las 169 personas que están todavía detenidas, a pesar de que fue una decisión terrible decir, como dijo, que el Distrito Judicial del D.C. podría continuar su misión para terminar con los derechos de habeas corpus que habían sido garantizados por la Corte Suprema a los prisioneros en junio de 2008.

Esta decisión también estuvo acompañada por un rechazo a aceptar una apelación presentada por José Padilla, el ciudadano estadounidense detenido como “combatiente enemigo” en una prisión militar en el territorio estadounidense durante tres años y medio desde junio de 2002 hasta noviembre de 2005 y torturado, especialmente, a través del uso del aislamiento prolongado, la privación de sueño y la privación sensorial.

El 2 de mayo, el Noveno Distrito Judicial de Apelaciones, en California, revocó una decisión de un tribunal inferior (PDF) que permitía a Padilla presentar una demanda contra John Yoo, el abogado del Departamento de Justicia que escribió los famosos “memorandos sobre la tortura” en los que cínicamente intenta redefinir la misma para que pueda ser usada por la CIA. Padilla (y su madre Estela Lebron) intentaron hacer a Yoo “responsable de los daños que alegaban haber sufrido” durante la detención “ilegal” que supuso una “violación de sus derechos constitucionales y legales”, pero el tribunal no estuvo de acuerdo. Scott Horton lo explicó así en Harper’s Magazine:

    El Noveno Distrito ofreció inmunidad a Yoo concluyendo que la ley que rodea a la tortura era confusa cuando prescindió de su utilización por lo que se le debe dar el beneficio de la duda. La mejor autoridad que los jueces pudieron reunir para esta extravagante perspectiva fue una decisión de la Corte Europea de Derechos Humanos de 1978 que encontró que no eran tortura una serie de severas técnicas usadas por los británicos contra los reclusos irlandeses, a pesar de que se trataba de un “ tratamiento cruel, inhumano y degradante”.

Esta, sin embargo, no fue la apelación que fue rechazada por la Corte Suprema. El recurso en cuestión siguió a la sentencia del 23 de enero en la que el Cuarto Distrito de Apelaciones desestimó una demanda similar (PDF) de Padilla y su madre contra el antiguo Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, su adjunto, Paul Wolfowitz, el antiguo Consejero General del Departamento de Defensa William J. Haynes II, el antiguo director de la DIA el vicealmirante Lowell E. Jacoby, así como Leon Panetta y dos comandantes de la prisión en la que estuvo retenido Padilla.

Padilla y su madre buscaron “una declaración de que las políticas de los acusados fueron inconstitucionales” y “ daños y perjuicios simbólicos por un dólar para cada acusado”, en un caso que fue iniciado en febrero de 2007 y desestimado por el Tribunal del Distrito en febrero de 2011 a pesar de que Padilla tenía un argumento válido cuando dijo que Rumsfeld y los otros acusados “formularon una política inconstitucional para detener a combatientes enemigos en la guerra contra el terrorismo, que incluía la defensa legal de esa designación y las duras medidas interrogatorias utilizadas en aplicación del mismo”.

Al rechazar la apelación de Padilla, los jueces afirmaron que “las designaciones de personas y grupos como amenazas especiales para la seguridad nacional pueden estar sujetas a una variedad de controles y procedimientos de habeas corpus”, pero “no son revisables por el Poder Judicial por medio de acciones civiles tácitas para daños monetarios”.

La afirmación de que sus atribuciones no se extienden hasta los problemas de “seguridad nacional” como la tortura a un ciudadano estadounidense puede haber sido conveniente para el Cuarto Distrito (y ahora, parece, también para la Corte Suprema) pero, como David Cole explicó en New York Review of Books, después de la sentencia de mayo en el caso de Padilla contra John Yoo el resultado final es que los jueces han rechazado aceptar cualquier responsabilidad sobre las víctimas de la tortura, a pesar de que como sus abogados explicaron, “el Estado no puede tratar a nadie, ni a una persona condenada por el peor de los crímenes, de la forma en que trataron a Padilla, que incluso todavía no había sido acusado, y mucho menos condenado, en aquel momento”.

David Cole continuaba:

    Para obtener apoyo, los abogados de Padilla señalaron varios precedentes que prohibían el maltrato a cualquier detenido: condenados, presos a la espera de juicio y presos preventivos por delitos sexuales. Con estos precedentes, razonaron, estaba claro que si un funcionario de las prisiones federales hubiera tratado, incluso a un preso condenado a muerte por los ataques terroristas del 11-S, de la forma en que trataron a Padilla, sus acciones habrían violado completamente la prohibición de la Octava Enmienda sobre un castigo cruel y desproporcionado. Si un sospechoso en un caso de asesinatos en serie fuera objeto de un tratamiento similar antes del juicio, claramente violaría la clausula del debido proceso de la Quinta Enmienda. Hace mucho tiempo ya que está claro que la Constitución prohibe estrictamente infligir intencionadamente dolor físico a alguna persona bajo la custodia del gobierno.

En respuesta a la negativa de la Corte Suprema de examinar la apelación de Padilla, Ben Wizner de la ACLU, que trabajó en el caso, se lamentaba que “el rechazo de la Corte Suprema a examinar el caso de José Padilla entrega un cheque en blanco para que los funcionarios del gobierno cometan cualquier tipo de abuso en nombre de la seguridad nacional, incluso la brutal tortura de un ciudadano estadounidense en una carcel estadounidense”.

Wizner añadió: “Hasta el momento, ni una sola víctima de las torturas del gobierno de Bush ha sido enviado a juicio”, lo que es bastante cierto. En febrero, en el ABA Journal (la revista de la American Bar Association, una asociación de abogados estadounidense), Leslie A. Gordon escribió sobre otros dos casos que, en aquel momento, todavía continuaban. Uno era Doe contra Rumsfeld en el que, usando el seudónimo de John Doe, un antiguo traductor militar que era también ciudadano estadounidense y civil, afirmó haber sido secuestrado y torturado por fuerzas de EE.UU. en el Camp Copper, una de las mayores prisiones militares de los EE.UU. en Irak. En agosto de 2011, la Corte del Distrito de los EE.UU. en Washington D.C. rechazó la petición de Rumsfeld para desestimar las protestas de Doe.

El otro caso es Vance contra Rumsfeld, en el que Donald Vance, un antiguo veterano de la marina estadounidense que estuvo trabajando como contratista de seguridad en Irak, fue también detenido en Camp Cropper después de haber sido capturado por soldados estadounidenses en la compañía en la que trabajaba, a pesar de haber sido él mismo el que había alertado al FBI de la posibilidad de que hubiera contrabando de armas en la compañía. Una semana después del fallo de Doe contra Rumfeld, tres jueces del Séptimo Distrito de Apelación en Chicago también rechazaron la petición de Rumsfeld de desestimación, aunque en ocubre, la corte aceptó una petición del gobierno para ver el caso en pleno.

Tal y como explicaba el ABA Journal, tanto Doe como Vance “revivieron las reclamaciones derivadas de la importante decisión de 1971 del caso Bivens contra Seis agentes anónimos de la Oficina Federal de Narcóticos, en la que la Corte Suprema de los EE.UU. dijo que la Constitución misma ofrece una forma de actuar en el caso de que oficiales federales violen la ley”.

Stephen Vladeck, una profesor de Derecho en la American University, dijo al ABA Journal que el caso era “el único ejemplo de demanda civil contra funcionarios por los abusos posteriores al 11-S que han venido ocurriendo en muchos lugares. Los tribunales han estado tradicionalmente a favor del gobierno”. Además añadió: “En los últimos 30 años la Corte Suprema ha estado minusvalorando tanto el caso Bivens que nos preguntamos si queda algo del caso Bivens. El Séptimo Distrito y la Corte del Distrito del D.C. dicen “quizá”, lo que es una sorpresa”.

El caso Bivens fue quizá también un factor importante en el caso Padilla, pero, al contrario que el propio Padilla, ni Doe ni Vance fueron “combatientes enemigos” acusados (aunque sin fundamento) de planear ataques terroristas en los EE.UU., así que esto era una buena razón para que los observadores pensaran que Rumsfeld no podría evadir la responsabilidad en cualquiera de estos dos casos.

Sin embargo, el pasado viernes 15 de junio, Reuters explicó que el Distrito del D.C. había rechazado aceptar el intento de Doe de hacer a Rumsfeld “personalmente responsable de la violación de sus derechos sobre la base de que Rumsfeld, como jefe del Pentágono, había desarrollado, autorizado e implementado las políticas que causaron su perjuicio”, y dictaminó que “los factores especiales en este caso aconsejaban contra la creación de una nueva categoría de casos en los que los funcionarios del gobierno pudieran ser demandados personalmente”.

El Juez Jefe David Sentelle escribió: “Los litigios del caso Doe requerirían el testimonio de altos funcionarios militares así como de las fuerzas sobre el terreno, lo que iría en detrimento del enfoque, los recursos y el personal de la misión en Irak” (a pesar de que este conflicto ha terminado oficialmente) y añadió que “aceptando este tipo de acciones, impediríamos a nuestras tropas actuar decisivamente para defender los intereses de nuestra nación por miedo a una revisión judicial de cada detención e interrogatorio”, un argumento familiar para justificar cualquier tipo de abusos relacionados con las detenciones en cualquier zona que pueda denominarse campo de batalla.

Michael Kanovitz, uno de los abogados de Doe, se comprometió a continuar la lucha legal y afirmó que “pensamos que el resultado es incorrecto y esto altera el concepto fundamental de nuestra democracia de que el poder judicial existe para defender los derechos constitucionales de los ciudadanos estadounidenses, además de que ignora la orden expresa del Congreso, de los representantes elegidos por el pueblo”.

Siendo realistas, parece poco probable que Doe vaya a prevalecer, dejando a Donald Vance como la última oportunidad para que Donald Rumsfeld sea considerado responsable de la tortura de prisioneros. También parece improbable que vaya a tener éxito donde fracasó Doe, pero el ABA Journal señaló que el caso de Vance ofrece “lo que algunos académicos consideran el patrón de hechos perfecto para la extensión del caso Bivens, es decir, ciudadanos estadounidenses (nada menos que civiles) sosteniendo que hubo tortura en una prisión militar estadounidense en una zona de guerra activa”.

La decisión que permite a Vance proceder con su demanda dice que “la legislación de los EE.UU. ofrece un recurso por daños a civiles a los extranjeros que han sido torturados por sus propios gobiernos. Sería sorprendente y sin precedentes concluir que los EE.UU. no diera esta solución a sus propios ciudadanos”.

En los casos de José Padilla y John Doe, lo “sorprendente y sin precedentes” se ha hecho realidad. Como resultado, aquellos que encontraban intolerable que el poder judicial pudiera permitir a altos funcionarios del gobierno torturar a ciudadanos estadounidenses con impunidad deben tener la esperanza de que Donald Vance será la excepción a esta deriva hacia la irresponsabilidad institucionalizada, y de que alguien pueda ser considerado responsable por su tortura.

Como Vance explicó en diciembre de 2008, al iniciar los procedimientos legales contra Donald Rumsfeld fue sometido rutinariamente a privaciones del sueño, fue llevado a interrogatorios en medio de la noche y fue retenido en una celda que estaba permanentemente iluminada con luces fluorescentes. Fue sometido al uso de la música como tortura, y según explicó “parecía que me salía de mí mismo. No puedes pensar cuando estás en un ambiente como este.” También explicó que había escrito una carta al comandante del Camp Cropper “afirmando que los mismos ideales democráticos que estamos intentando instalar en la incipiente democracia de Irak, desde el mismo debido proceso hasta la Carta Magna, nos los estamos negando a nosotros mismos”.

Andy Worthington es el autor de The Guantánamo Files: The Stories of the 774 Detainees in America’s Illegal Prison (publicado por Pluto Press, distribuido por Macmillan en los EE.UU., y disponible en Amazon — pulse aquí para ir a las páginas en los EE.UU y Reino Unido).


 

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