La tortura de Omar Khadr, un niño en Bagram y Guantánamo
13 de mayo de 2010
Andy Worthington
¿Estamos tan acostumbrados al uso de la tortura por parte de la administración Bush que
ya no sabemos reconocer qué es la tortura? La tortura, según la Convención
de las Naciones Unidas contra la Tortura, de la que Estados Unidos es
signatario, es "cualquier acto por el cual se inflija intencionadamente a una
persona dolor o sufrimiento graves, ya sean físicos o mentales, con fines tales
como obtener de ella o de un tercero información o una confesión, castigarla
por un acto que ella o un tercero haya cometido o se sospeche que ha cometido,
o intimidarla o coaccionarla a ella o a un tercero".
Bajo la presidencia de Bush, sin embargo, John Yoo, un títere ideológico de la Oficina de Asesoría Jurídica del
Departamento de Justicia —cuya función es interpretar objetivamente la ley en
lo que se refiere al poder ejecutivo—, pretendió
redefinir la tortura en dos memorandos que se han dado en llamar los “memorandos
de la tortura”, como la imposición de dolor físico "equivalente en
intensidad al dolor que acompaña a lesiones físicas graves, como el fallo de un
órgano, el deterioro de una función corporal o incluso la muerte", o la
imposición de dolor mental que "provoca un daño psicológico significativo de
duración considerable, por ejemplo, que se prolongue durante meses o incluso años".
Planteo esta pregunta sobre la tortura —y nuestra actitud al respecto— a raíz de lo ocurrido la semana pasada, en las
vistas previas al juicio celebrado en Guantánamo, que precedieron al juicio
ante la Comisión Militar del preso canadiense Omar
Khadr, quien solo tenía 15 años cuando fue detenido tras un tiroteo en
Afganistán en julio de 2002. Varios testigos revelaron detalles del maltrato
sufrido por Khadr en la prisión estadounidense de la base aérea de Bagram, en
Afganistán, lo que apuntaba a su inclusión en un programa de abusos que, antes
de los atentados del 11-S, antes de los memorandos de Yoo y antes de un
endurecimiento generalizado de las actitudes hacia los abusos y el maltrato a
los prisioneros, habría dado lugar a peticiones para que se investigara a fondo
ese maltrato y, muy posiblemente, para que se considerara tortura o trato
cruel, inhumano y degradante.
En el caso de Khadr, estas cuestiones ni siquiera deberían plantearse, por otras razones de peso. La primera se refiere
a su edad. Según los términos del Protocolo
Facultativo de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del
Niño, relativo a la participación de niños en los conflictos armados, del
que Estados Unidos también es signatario, los menores —definidos como aquellos
que no han cumplido los 18 años en el momento en que se cometió el delito del
que se les acusa— "requieren protección especial". El Protocolo Facultativo
reconoce específicamente "las necesidades especiales de aquellos niños que son
particularmente vulnerables al reclutamiento o la utilización en hostilidades",
y exige a sus signatarios que promuevan "la rehabilitación física y psicosocial
y la reintegración social de los niños víctimas de conflictos armados".
En cambio, sin embargo, el Gobierno de EE.UU. está intentando, por tercera vez, juzgar a Khadr por crímenes de guerra
en un sistema judicial especial para sospechosos extranjeros de terrorismo —las
comisiones militares—, que fueron declaradas ilegales por primera vez por el
Corte Suprema en 2006, luego reactivadas por el Congreso, pero abandonadas
por el presidente Obama en su primer día en el cargo (después de que solo
hubieran logrado tres
resultados
dudosos),
y que el presidente
Obama reactivó de nuevo, con el apoyo del Congreso, el verano pasado.
A la oscura absurdidad del juicio propuesto para Khadr se suma una incómoda verdad que ha sido especialmente destacada por
el teniente coronel David Frakt, antiguo abogado defensor militar de las
comisiones, quien ha señalado
en repetidas ocasiones que las comisiones militares adolecen de defectos
fundamentales, ya que incluyen "delitos de derecho de la guerra" inventados por
el Congreso, entre ellos "prestación de apoyo material al terrorismo" y
"asesinato en violación del derecho de la guerra". El teniente coronel Frakt ha
expresado recientemente preocupaciones
aún más graves sobre cómo la nueva Ley de Comisiones Militares incluye un
pasaje que afirma que "un detenido puede ser condenado por asesinato en
violación del derecho de la guerra incluso si en realidad no violó el derecho
de la guerra".
Como también expliqué en un artículo
la semana pasada, "los críticos del juicio de Khadr han reconocido, desde
el principio, que hay algo terriblemente sesgado en la redefinición de las
leyes de la guerra internacionalmente aceptadas, de modo que una de las partes
en un conflicto armado —Estados Unidos— pueda matar a quien quiera con
impunidad, mientras que a sus oponentes se les considera terroristas o, cuando
son llevados a juicio, como personas que han cometido “asesinato en violación
del derecho de la guerra”".
No obstante, dado que la Administración Obama ha decidido seguir adelante con el juicio de Khadr, durante las últimas
dos semanas se han celebrado vistas previas al juicio con el fin de abordar las
inquietudes planteadas por el equipo de defensa de Khadr. Estas eludieron en
gran medida las cuestiones tratadas en los párrafos anteriores, pero se
centraron sin vacilar en el supuesto maltrato sufrido por Khadr, a través de
una "Moción para suprimir las declaraciones obtenidas mediante tortura,
coacción y tratos crueles, inhumanos y degradantes" (PDF), en la que sus
abogados argumentaron que cualquier declaración autoincriminatoria que Khadr
pudiera haber realizado debería ser descartada debido a la forma en que fue obtenida.
La tortura de Omar Khadr
A lo largo de los años, y en una declaración jurada presentada en febrero de 2008 (PDF),
Khadr ha descrito con detalle los malos tratos que sufrió, explicando cómo
permaneció inconsciente durante una semana tras su captura, cuando se
encontraba gravemente herido, y cómo, en Bagram, adonde fue trasladado tras
solo dos semanas en un hospital, comenzaron inmediatamente los interrogatorios
a manos de un interrogador que manipuló sus lesiones (los detalles exactos
fueron censurados en su declaración jurada). Fundamentalmente, también explicó cómo,
tan pronto como recuperó la conciencia, "el primer soldado me dijo que había
matado a un estadounidense con una granada", y cómo, durante su primer
interrogatorio en Bagram, "me di cuenta enseguida de que simplemente les diría
lo que creyera que querían oír para evitar que me causaran [omitido]".
Hay mucho más en la declaración jurada: crueldad sin miramientos, por la que los guardias obligaban a Khadr a realizar
trabajos manuales duros cuando sus heridas aún no habían sanado y, lo que es
más significativo, amenazas de "hacer que me violaran, o enviarme a otros
países como Egipto, Siria, Jordania o Israel para que me violaran". También
señaló: "Siempre oía gritar a la gente, tanto de día como de noche", y explicó
que los demás prisioneros tenían miedo de su interrogador. "La mayoría de la
gente no hablaba de lo que les habían hecho", declaró. "Esto me daba miedo".
Khadr también describió lo que le sucedió en Guantánamo, donde, como expliqué la semana pasada, "llegó justo cuando se
acababa de instaurar un régimen de humillación, aislamiento y abusos, que
incluía la manipulación de temperaturas extremas, la desnudez forzada y la
humillación sexual, mediante la ingeniería
inversa de técnicas de tortura utilizadas en un programa militar diseñado
para entrenar al personal estadounidense a resistir los interrogatorios en caso
de ser capturado, en un intento por aumentar el escaso flujo de “información de
inteligencia procésale” procedente de la prisión".
En varios momentos de 2003, mientras el uso de estas técnicas aún estaba muy extendido, Khadr declaró que le esposaron con
las manos cerca del cuerpo en posiciones dolorosas y le dejaron hasta diez
horas en una celda helada, le amenazaron con violarle y con ser trasladado a
otro país donde podría ser violado y, en una ocasión concreta, cuando le habían
dejado esposado con las manos cerca del cuerpo en una posición dolorosa hasta
que se orinó encima:
La policía militar derramó aceite de pino en el suelo y sobre mí y, a continuación, con yo tumbado
boca abajo y las manos y los pies esposados a la espalda, la policía militar me
arrastró de un lado a otro por la mezcla de orina y aceite de pino del suelo.
Más tarde, me devolvieron a mi celda, sin permitirme ducharme ni cambiarme de
ropa. No me dieron ropa limpia durante dos días. Me volvieron a hacer esto unas
semanas más tarde.
Es fundamental destacar que, al describir los interrogatorios que marcaron estas experiencias en Guantánamo, Khadr
explicó: "No quería exponerme a sufrir más daños, así que siempre les decía a
los interrogadores lo que creía que querían oír. Como me habían hecho las
mismas preguntas tantas veces, sabía qué respuestas satisfacían a los
interrogadores y siempre adaptaba mis respuestas en función de lo que pensaba
que me evitaría sufrir daños".
Hasta hace dos semanas, estas afirmaciones —aunque bien conocidas por quienes han seguido el caso de Khadr— no se habían
aireado, en su mayor parte, en un tribunal. Sin embargo, en respuesta a la
moción de la defensa, el Gobierno intentó refutar las afirmaciones de Khadr,
llamando a declarar a una interrogadora que afirmó que Khadr había admitido
voluntariamente que lanzó la granada que mató al sargento estadounidense
Christopher Speer, durante sesiones celebradas tras su llegada a Guantánamo en
octubre de 2002 que fueron perfectamente amistosas, y a un agente del FBI,
Robert Fuller, quien declaró que sus interrogatorios a Khadr en Bagram a principios
de octubre de 2002 también fueron "conversacionales" y "no conflictivos", y que
Khadr había admitido libremente haber lanzado la granada que mató al sargento Speer.
Aunque era posible —si no probable— que ambos interrogadores dijeran la verdad sobre el hecho de haber interrogado a
Khadr sin coacción, el problema sigue siendo que Khadr ha declarado que, desde
su primer interrogatorio, consideró que decir a sus interrogadores lo que
querían oír era la mejor manera de evitar los malos tratos, por lo que es
posible que no les estuviera diciendo la verdad. En consecuencia, los testigos
de la semana pasada fueron más significativos porque arrojaron luz sobre los
primeros días tras recuperar la conciencia bajo custodia estadounidense y, en
particular, sobre su primer interrogatorio y su posterior interacción con ese
interrogador. A lo largo del proceso, otros testigos ensombrecieron la imagen,
por lo demás impecable, que el Gobierno ofrecía de unos interrogatorios
llevados a cabo en un entorno no coercitivo.
Hubiera sido sorprendente que esto no hubiera ocurrido, ya que innumerables testigos —entre ellos soldados, así como
presos actuales y antiguos de Guantánamo— han descrito la brutalidad en Bagram
en la época en que Khadr estuvo recluido allí, entre agosto y octubre de 2002,
lo que condujo, poco más de un mes después de la partida de Khadr hacia
Guantánamo, al
asesinato de dos presos —y, muy posiblemente, a otros asesinatos en la
época en que él estuvo recluido.
El testimonio del médico —y el “ahorcamiento palestino”
El primero en dar una idea del régimen en Bagram fue, irónicamente, un médico llamado a declarar como testigo por la
acusación. El “Sr. M”, tal y como se le identificó, que testificó por
videoconferencia desde Boston, rebatió las afirmaciones de Khadr de que,
mientras estuvo en Bagram, "cinco personas vestidas de civil venían a cambiarme
los vendajes" y que "me trataban con mucha rudeza y me grababan en vídeo
mientras lo hacían", afirmando que él solo le cambiaba los vendajes dos veces
al día y que no hubo ningún trato brusco.
Sin embargo, sí señaló que, en una ocasión, encontró a Khadr encapuchado y encadenado a una jaula por las muñecas, con los
brazos "justo por encima del nivel de los ojos", y que cuando le quitó la
capucha, Khadr se mostró visiblemente alterado. El médico añadió, tal y como lo
describió Carol Rosenberg en el Miami Herald, que "no se opuso al trato
que recibía Khadr, porque encadenarlo era una forma de castigo autorizada" en
Bagram, "añadiendo que no sabía el motivo del castigo ni cuánto tiempo llevaba
Khadr encadenado".
Es posible que esta descripción, bastante indiferente, del "encadenamiento" no sorprendiera al médico, sobre todo porque,
al parecer, las cadenas estaban "lo suficientemente flojas como para permitir
que los pies de Khadr tocaran el suelo", pero la única razón para ello era la
gravedad de sus heridas, tal y como explicó Khadr en su declaración jurada, en
la que también afirmó que fue encadenado "en varias ocasiones". De no ser así,
al igual que muchos otros prisioneros, entre ellos Dilawar (protagonista de
“Taxi to the Dark Side”) y el mulá Habibullah, los dos prisioneros que fueron
asesinados en Bagram en diciembre de 2002, habría sido suspendido por las
muñecas, en una técnica de tortura más conocida como “strappado” o “ahorcamiento palestino”.
No obstante, como explicó Barry Coburn, el abogado principal de Khadr, el testimonio del médico proporcionó una "validación de
importancia crucial" de las declaraciones contenidas en la declaración jurada
de su cliente, y otro de sus abogados, Kobie Flowers, añadió: "Si se hubiera
tratado de un soldado estadounidense en Corea del Norte, la gente estaría
indignada. Aquí tenemos a un joven de 15 años al que casi matan de un disparo
en la espalda y al que dejaron colgado allí arriba como castigo".
"El interrogador nº 2” y el primer interrogatorio de Khadr —sobre una camilla
Sin embargo, aunque esto fue importante para situar en contexto la brutalidad
generalizada y ampliamente documentada en Bagram —que sin duda saldrá a la luz
con un nivel de detalle sin precedentes si el juicio de Khadr sigue adelante—,
no fue hasta el martes de la semana pasada cuando salió a la luz información
hasta entonces desconocida sobre el primer interrogatorio de Khadr a su llegada
a Bagram, el cual, según un sargento mayor del Ejército de los Estados Unidos,
identificado como "Interrogador n.º 2", que compareció en persona, tuvo lugar
el mismo día en que Khadr fue trasladado del hospital a lo que Carol Rosenberg
describió como "el rudimentario y pútrido centro de detención de la base aérea
de Bagram".
El interrogador, que fue observador en el primer interrogatorio de Khadr el 12 de agosto de 2002, reveló que "el
interrogatorio tuvo lugar mientras Khadr estaba en una camilla —no recordaba si
Khadr estaba encadenado a ella— y que sus notas incluían este detalle: “La
aclaración fue difícil debido a la sedación y la fatiga del detenido”". También
explicó que no se utilizó ninguna coacción con él, sino solo dos técnicas
aprobadas del Manual de Campo del Ejército: "fear down", diseñada para
minimizar la ansiedad del prisionero, y "fear of incarceration", que anima a
los prisioneros a decir la verdad señalando que, de lo contrario, podrían
enfrentarse a una prolongación de su encarcelamiento.
Es difícil saber si esta línea de interrogatorio controlada refleja fielmente la realidad, pero, aun así, como
señaló uno de los abogados militares de Khadr, el teniente coronel del Ejército
Jon Jackson, el testimonio reveló que Khadr "fue interrogado por primera vez
apenas 12 horas después de su traslado del hospital de campaña estadounidense al
centro de detención". Kobie Flowers fue más contundente en sus críticas.
"Tenemos a un chico de 15 años, gravemente herido, que ha sido sometido a
múltiples operaciones quirúrgicas, y esa es la primera vez que el Gobierno de
Estados Unidos le toma declaración para utilizarla en su procesamiento", dijo,
y añadió: "Ahora bien, ya sea tortura, trato cruel, inhumano o degradante, o
simplemente involuntario… no creo que ningún juez federal de Estados Unidos
permitiera ese tipo de conducta".
El testimonio de Damien Corsetti
El miércoles, una figura secundaria en la
historia de Khadr —pero que ha alcanzado cierta notoriedad— testificó por
videoconferencia desde Arlington, Virginia. Damien Corsetti, conocido como
"Monster" en Bagram por un tatuaje que tenía en el pecho, y también como "El
rey de la tortura", se describió a sí mismo como "un veterano discapacitado que
sufre trastorno de estrés postraumático como consecuencia de su labor de
interrogatorio tanto en Afganistán como en Irak", y explicó cómo, al ver a Khadr
el 29 de julio de 2002, apenas dos días después de su captura, le impactó ver
que se trataba de un "niño" herido detenido en "uno de los peores lugares de la
Tierra". Añadió: "Por encima de todo, parecía maltrecho. Era un chico de 15
años con tres agujeros en el cuerpo y un montón de metralla en la cara. Eso es
lo que recuerdo. Lo horrible que tenía ese niño de 15 años".
Corsetti, quien fue absuelto en 2005 de los cargos de maltrato relacionados con su conducta en Bagram y, posteriormente, en
Abu Ghraib (Irak), explicó,
allá por 2007, cómo seguía atormentado por "los gritos, los olores, los
sonidos" de aquellas personas a las que había visto sufrir torturas, cuando se
le pidió que asistiera a sesiones en el sótano de Bagram en las que se
torturaba a "detenidos de alto valor". "[E]stán conmigo todo el tiempo", dijo.
El miércoles pasado, Corsetti declaró ante el tribunal que "no era uno de los interrogadores de Khadr", pero que había
entablado amistad con él en Bagram. Explicó que los guardias y los
interrogadores, que identificaban a todos los prisioneros como "BOB" (siglas de
"Bad Odor Boys"), llamaban a Khadr "Buckshot BOB" debido a sus heridas. Añadió
que "se oían gritos y alaridos continuamente", y también confirmó que se
amenazaba con enviar a los prisioneros a países donde serían torturados o
violados. Mencionó específicamente a Israel y Egipto, pero añadió, como explicó
Michelle Shephard en el Toronto Star, que "no sabía si a Khadr le habían
dicho esto". Dado que Khadr declaró en su declaración jurada que efectivamente
le habían amenazado con enviarle a Israel o Egipto (o a Siria o Jordania), el testimonio
de Corsetti respaldaba, por tanto, otra de las afirmaciones de Khadr.
“El interrogador n.º 1” y la amenaza de violación

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Si el testimonio de Corsetti, en su mayor parte, no hizo mucho más que añadir algunos
detalles a la historia de los primeros meses de Khadr bajo custodia
estadounidense, el testigo del jueves, Joshua Claus, ofreció un testimonio
contundente sobre el tipo de amenazas a las que se vio sometido Khadr, y
también estableció un inquietante vínculo con el tipo de violencia en Bagram que
condujo a los asesinatos de Dilawar y el mulá Habibullah en diciembre de 2002.
Claus, antiguo sargento del 519.º Batallón de Inteligencia Militar (del que
también formaba parte Corsetti), fue identificado en el tribunal como el
"interrogador n.º 1", y fue el principal interrogador de Khadr en Bagram, el
hombre "rubio y delgado" con gafas (de apenas 21 años en aquel momento) que
también lo interrogó mientras estaba en una camilla, el día en que fue
trasladado a Bagram desde el hospital de campaña, y quien, según Khadr, lo
maltrató de una manera desconocida (ya que los detalles han sido censurados)
durante su primer interrogatorio.
Testificando por videoconferencia desde Arizona, Claus recordó, en particular, haber utilizado la técnica descrita como
"fear up harsh" en los interrogatorios a Khadr, durante los cuales daba patadas
a los muebles y gritaba al joven prisionero. También admitió que inventó una
historia de violación para asustarlo, explicando, tal y como lo describió
Spencer Ackerman en el Washington Independent:
"Le conté una historia ficticia que habíamos inventado cuando estábamos allí", dijo el
interrogador n.º 1. Se trataba de algo que se les había ocurrido a "tres o
cuatro" interrogadores de Bagram tras enterarse de que los afganos estaban "aterrorizados
ante la posibilidad de ser violados y ante la homosexualidad en general, cosas
de ese tipo". La historia era la siguiente:
El interrogador n.º 1 le decía al detenido: "Sé que estás mintiendo sobre algo". Y así, como
advertencia sobre las consecuencias de mentir, Khadr aprendió que mentir "sin
mucha gravedad" no lo llevaría a un lugar como "Cuba" —es decir,
presumiblemente, la Bahía de Guantánamo—, sino a una prisión estadounidense. Y
en esta ocasión, un "pobre chaval de 20 años" enviado desde Afganistán acabó en
una prisión estadounidense por mentir a un estadounidense. "Un grupo de tipos
negros grandones y nazis se dieron cuenta de que el pequeño afgano no hablaba
su idioma y rezaba cinco veces al día —es musulmán—", dijo el interrogador n.º
1. Aunque los reclusos ficticios eran delincuentes, "siguen siendo patriotas",
y los guardias "no pueden estar en todas partes a la vez".
"Así que, en una ocasión desafortunada, él estaba solo en la ducha y aparecieron estos cuatro
tipos negros grandones —y es terrible que pasara algo así—, pero lo pillaron en
la ducha y lo violaron. Y es terrible que pasen estas cosas, el chico resultó
herido y acabó muriendo", dijo el interrogador n.º 1. "Todo es una historia ficticia".
Quizás sea así, pero como también señaló Ackerman, todos los demás interrogadores que hablaron con Khadr lo hicieron
"después de haber oído una “historia ficticia” sobre un joven afgano que mintió
a los interrogadores estadounidenses y, como consecuencia, fue violado y
asesinado en la cárcel".
En muchos sentidos, los acontecimientos de las últimas dos semanas no fueron concluyentes, y queda por ver cómo los
interpretará el juez, el coronel del Ejército Patrick Parrish. Sin duda, en
Bagram y en Guantánamo se produjeron abusos mucho peores que los que sufrió
Omar Khadr, pero él no era más que un niño durante su estancia en Bagram y los
primeros años de los abusos que sufrió en Guantánamo, y es muy posible que, tal
y como afirman sus abogados, cualquier declaración autoincriminatoria que
hiciera (especialmente en relación con el lanzamiento de una granada que pudo
haber tenido lugar cuando estaba boca abajo e inconsciente bajo un montón de
escombros) se debiera a que las amenazas de violación y la violencia física,
basadas principalmente en el aprovechamiento de sus heridas, fueron suficientes
para aterrorizarlo hasta el punto de que accediera a todo lo que sus captores quisieran.
El Pentágono se dispara en el pie: cuatro periodistas expulsados
Irónicamente, la noticia más importante de la semana pasada en Guantánamo no fueron los informes sobre el trato recibido
por Khadr, sino la expulsión
de cuatro periodistas (entre ellos Michelle Shephard y Carol Rosenberg),
después de que revelaran el nombre de Claus en artículos periodísticos. El
Pentágono alegó que esto violaba una orden que estipulaba que el nombre real de
Claus era información protegida, pero esto era claramente ridículo, ya que su
nombre ya era de dominio público y, en 2008, incluso había concedido una
entrevista a Michelle Shephard.
En lugar de proteger a Claus, la respuesta desmesurada del Pentágono solo sirvió para que otros periodistas se preguntaran
si el Pentágono estaba tratando de impedir que alguien se diera cuenta de que,
a diferencia de Damien Corsetti, Claus cumplió cinco meses de prisión tras
declararse culpable en un consejo de guerra por el maltrato a un prisionero no
identificado en Bagram, al que se obligó a "rodar de un lado a otro por el suelo
y besar las botas de su interrogador", tal y como lo describió Michelle
Shephard, y por la agresión a Dilawar. En palabras de Shephard: "Admitió
haberle echado agua por la garganta a Dilawar y haberle retorcido la capucha
sobre la cabeza al afgano". "Además, como explicó otro soldado en un informe
militar sobre la muerte de Dilawar: "Tuve la impresión de que Josh estaba, de
hecho, sujetando al detenido en posición vertical tirando de la capucha. En ese
momento me enfurecí porque había visto a Josh apretar la capucha de otro
detenido la semana anterior. Este comportamiento me pareció completamente
gratuito y ajeno a la recopilación de información".
En su entrevista de 2008, Claus insistió en que quería dejar las cosas claras. "Están tratando de dar a entender que golpeo
o torturo a todas las personas con las que he hablado [en Bagram]", dijo, y
añadió que, en el caso de Khadr, "dediqué mucho tiempo a intentar comprender
quién era y qué podía decirle o hacer por él, ya fuera llevarle comida extra o
enviar una carta a su familia… Necesitaba hablar con él y ganarme su confianza".
En respuesta a una pregunta sobre su condena formulada el jueves pasado por Barry Coburn, Claus insistió en que "perdió el
control en un momento muy breve. "Estamos hablando de dos minutos y medio de mi
vida". Puede que esto no sea técnicamente correcto, ya que claramente hubo más
de un incidente, pero es obvio que sus acciones formaban parte de un programa
abusivo sancionado al más alto nivel de la administración Bush y, además, como explicó
Damien Corsetti, "la presión para obtener información de los prisioneros en
Bagram era intensa". Le dijo al coronel Parrish: "Esto fue menos de un año
después del 11-S, así que todos seguíamos bastante alterados por eso. Se
suponía que estábamos lidiando con cuestiones de vida o muerte. Había una
presión enorme sobre nosotros para obtener información con el fin de salvar
vidas y elaborar informes".
Al prohibir el acceso a los cuatro periodistas, el Pentágono solo ha conseguido llamar la atención sobre algo que,
presumiblemente, quería ocultar: que los malos tratos infligidos a Omar Khadr
en Bagram tuvieron lugar en un momento en que la violencia en la prisión,
autorizada por la administración Bush, era tan intensa que había presos que
morían, y que su primer interrogador estaba implicado en el asesinato de uno de
esos hombres. Esto no prueba que Khadr no fuera coaccionado para realizar
confesiones falsas, pero no augura nada bueno para las afirmaciones de que todo
lo relacionado con su trato fue "conversacional" y "no conflictivo".
La administración Obama tiene hasta julio, cuando está previsto que comience el juicio de Khadr, para salir del desastre
de relaciones públicas que ella misma ha provocado, formulando un acuerdo de
culpabilidad aceptable para Khadr y organizando su regreso a Canadá. Hay
demasiados aspectos de esta historia —desde los cargos falsos por crímenes de
guerra, pasando por las dudas sobre la culpabilidad de Khadr, hasta su edad y
los abusos a los que, en ocasiones, sin duda fue sometido— que hacen que seguir
adelante con el juicio sea un ejercicio desagradable y, en esencia, inútil.
Creo que, tras casi ocho años, es hora de que su castigo llegue a su fin y de
que comience su rehabilitación, tan largamente pospuesta.
Nota: Los bocetos de la sala del tribunal que aparecen arriba, realizados por Janet
Hamlin, son cortesía de Janet
Hamlin Illustration.
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