worldcantwait.org
ESPAÑOL

Español
English-LA
National World Can't Wait

Pancartas, volantes

Temas

Se alzan las voces

Noticias e infamias

De los organizadores

Sobre nosotros

Declaración
de
misión

21 de agosto de 2015

El Mundo no Puede Esperar moviliza a las personas que viven en Estados Unidos a repudiar y parar la guerra contra el mundo y también la represión y la tortura llevadas a cabo por el gobierno estadounidense. Actuamos, sin importar el partido político que esté en el poder, para denunciar los crímenes de nuestro gobierno, sean los crímenes de guerra o la sistemática encarcelación en masas, y para anteponer la humanidad y el planeta.




Del directora nacional de El Mundo No Puede Esperar

Debra Sweet


Invitación a traducir al español
(Nuevo)
03-15-11

"¿Por qué hacer una donación a El Mundo No Puede Esperar?"

"Lo que la gente esta diciendo sobre El Mundo No Puede Esperar


Gira:
¡NO SOMOS TUS SOLDADOS!


Leer más....


La tortura de Omar Khadr, un niño en Bagram y Guantánamo

13 de mayo de 2010
Andy Worthington


¿Estamos tan acostumbrados al uso de la tortura por parte de la administración Bush que ya no sabemos reconocer qué es la tortura? La tortura, según la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura, de la que Estados Unidos es signatario, es "cualquier acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolor o sufrimiento graves, ya sean físicos o mentales, con fines tales como obtener de ella o de un tercero información o una confesión, castigarla por un acto que ella o un tercero haya cometido o se sospeche que ha cometido, o intimidarla o coaccionarla a ella o a un tercero".

Bajo la presidencia de Bush, sin embargo, John Yoo, un títere ideológico de la Oficina de Asesoría Jurídica del Departamento de Justicia —cuya función es interpretar objetivamente la ley en lo que se refiere al poder ejecutivo—, pretendió redefinir la tortura en dos memorandos que se han dado en llamar los “memorandos de la tortura”, como la imposición de dolor físico "equivalente en intensidad al dolor que acompaña a lesiones físicas graves, como el fallo de un órgano, el deterioro de una función corporal o incluso la muerte", o la imposición de dolor mental que "provoca un daño psicológico significativo de duración considerable, por ejemplo, que se prolongue durante meses o incluso años".

Planteo esta pregunta sobre la tortura —y nuestra actitud al respecto— a raíz de lo ocurrido la semana pasada, en las vistas previas al juicio celebrado en Guantánamo, que precedieron al juicio ante la Comisión Militar del preso canadiense Omar Khadr, quien solo tenía 15 años cuando fue detenido tras un tiroteo en Afganistán en julio de 2002. Varios testigos revelaron detalles del maltrato sufrido por Khadr en la prisión estadounidense de la base aérea de Bagram, en Afganistán, lo que apuntaba a su inclusión en un programa de abusos que, antes de los atentados del 11-S, antes de los memorandos de Yoo y antes de un endurecimiento generalizado de las actitudes hacia los abusos y el maltrato a los prisioneros, habría dado lugar a peticiones para que se investigara a fondo ese maltrato y, muy posiblemente, para que se considerara tortura o trato cruel, inhumano y degradante.

En el caso de Khadr, estas cuestiones ni siquiera deberían plantearse, por otras razones de peso. La primera se refiere a su edad. Según los términos del Protocolo Facultativo de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, relativo a la participación de niños en los conflictos armados, del que Estados Unidos también es signatario, los menores —definidos como aquellos que no han cumplido los 18 años en el momento en que se cometió el delito del que se les acusa— "requieren protección especial". El Protocolo Facultativo reconoce específicamente "las necesidades especiales de aquellos niños que son particularmente vulnerables al reclutamiento o la utilización en hostilidades", y exige a sus signatarios que promuevan "la rehabilitación física y psicosocial y la reintegración social de los niños víctimas de conflictos armados".

En cambio, sin embargo, el Gobierno de EE.UU. está intentando, por tercera vez, juzgar a Khadr por crímenes de guerra en un sistema judicial especial para sospechosos extranjeros de terrorismo —las comisiones militares—, que fueron declaradas ilegales por primera vez por el Corte Suprema en 2006, luego reactivadas por el Congreso, pero abandonadas por el presidente Obama en su primer día en el cargo (después de que solo hubieran logrado tres resultados dudosos), y que el presidente Obama reactivó de nuevo, con el apoyo del Congreso, el verano pasado.

A la oscura absurdidad del juicio propuesto para Khadr se suma una incómoda verdad que ha sido especialmente destacada por el teniente coronel David Frakt, antiguo abogado defensor militar de las comisiones, quien ha señalado en repetidas ocasiones que las comisiones militares adolecen de defectos fundamentales, ya que incluyen "delitos de derecho de la guerra" inventados por el Congreso, entre ellos "prestación de apoyo material al terrorismo" y "asesinato en violación del derecho de la guerra". El teniente coronel Frakt ha expresado recientemente preocupaciones aún más graves sobre cómo la nueva Ley de Comisiones Militares incluye un pasaje que afirma que "un detenido puede ser condenado por asesinato en violación del derecho de la guerra incluso si en realidad no violó el derecho de la guerra".

Como también expliqué en un artículo la semana pasada, "los críticos del juicio de Khadr han reconocido, desde el principio, que hay algo terriblemente sesgado en la redefinición de las leyes de la guerra internacionalmente aceptadas, de modo que una de las partes en un conflicto armado —Estados Unidos— pueda matar a quien quiera con impunidad, mientras que a sus oponentes se les considera terroristas o, cuando son llevados a juicio, como personas que han cometido “asesinato en violación del derecho de la guerra”".

No obstante, dado que la Administración Obama ha decidido seguir adelante con el juicio de Khadr, durante las últimas dos semanas se han celebrado vistas previas al juicio con el fin de abordar las inquietudes planteadas por el equipo de defensa de Khadr. Estas eludieron en gran medida las cuestiones tratadas en los párrafos anteriores, pero se centraron sin vacilar en el supuesto maltrato sufrido por Khadr, a través de una "Moción para suprimir las declaraciones obtenidas mediante tortura, coacción y tratos crueles, inhumanos y degradantes" (PDF), en la que sus abogados argumentaron que cualquier declaración autoincriminatoria que Khadr pudiera haber realizado debería ser descartada debido a la forma en que fue obtenida.

La tortura de Omar Khadr


A lo largo de los años, y en una declaración jurada presentada en febrero de 2008 (PDF), Khadr ha descrito con detalle los malos tratos que sufrió, explicando cómo permaneció inconsciente durante una semana tras su captura, cuando se encontraba gravemente herido, y cómo, en Bagram, adonde fue trasladado tras solo dos semanas en un hospital, comenzaron inmediatamente los interrogatorios a manos de un interrogador que manipuló sus lesiones (los detalles exactos fueron censurados en su declaración jurada). Fundamentalmente, también explicó cómo, tan pronto como recuperó la conciencia, "el primer soldado me dijo que había matado a un estadounidense con una granada", y cómo, durante su primer interrogatorio en Bagram, "me di cuenta enseguida de que simplemente les diría lo que creyera que querían oír para evitar que me causaran [omitido]".

Hay mucho más en la declaración jurada: crueldad sin miramientos, por la que los guardias obligaban a Khadr a realizar trabajos manuales duros cuando sus heridas aún no habían sanado y, lo que es más significativo, amenazas de "hacer que me violaran, o enviarme a otros países como Egipto, Siria, Jordania o Israel para que me violaran". También señaló: "Siempre oía gritar a la gente, tanto de día como de noche", y explicó que los demás prisioneros tenían miedo de su interrogador. "La mayoría de la gente no hablaba de lo que les habían hecho", declaró. "Esto me daba miedo".

Khadr también describió lo que le sucedió en Guantánamo, donde, como expliqué la semana pasada, "llegó justo cuando se acababa de instaurar un régimen de humillación, aislamiento y abusos, que incluía la manipulación de temperaturas extremas, la desnudez forzada y la humillación sexual, mediante la ingeniería inversa de técnicas de tortura utilizadas en un programa militar diseñado para entrenar al personal estadounidense a resistir los interrogatorios en caso de ser capturado, en un intento por aumentar el escaso flujo de “información de inteligencia procésale” procedente de la prisión".

En varios momentos de 2003, mientras el uso de estas técnicas aún estaba muy extendido, Khadr declaró que le esposaron con las manos cerca del cuerpo en posiciones dolorosas y le dejaron hasta diez horas en una celda helada, le amenazaron con violarle y con ser trasladado a otro país donde podría ser violado y, en una ocasión concreta, cuando le habían dejado esposado con las manos cerca del cuerpo en una posición dolorosa hasta que se orinó encima:

    La policía militar derramó aceite de pino en el suelo y sobre mí y, a continuación, con yo tumbado boca abajo y las manos y los pies esposados a la espalda, la policía militar me arrastró de un lado a otro por la mezcla de orina y aceite de pino del suelo. Más tarde, me devolvieron a mi celda, sin permitirme ducharme ni cambiarme de ropa. No me dieron ropa limpia durante dos días. Me volvieron a hacer esto unas semanas más tarde.

Es fundamental destacar que, al describir los interrogatorios que marcaron estas experiencias en Guantánamo, Khadr explicó: "No quería exponerme a sufrir más daños, así que siempre les decía a los interrogadores lo que creía que querían oír. Como me habían hecho las mismas preguntas tantas veces, sabía qué respuestas satisfacían a los interrogadores y siempre adaptaba mis respuestas en función de lo que pensaba que me evitaría sufrir daños".

Hasta hace dos semanas, estas afirmaciones —aunque bien conocidas por quienes han seguido el caso de Khadr— no se habían aireado, en su mayor parte, en un tribunal. Sin embargo, en respuesta a la moción de la defensa, el Gobierno intentó refutar las afirmaciones de Khadr, llamando a declarar a una interrogadora que afirmó que Khadr había admitido voluntariamente que lanzó la granada que mató al sargento estadounidense Christopher Speer, durante sesiones celebradas tras su llegada a Guantánamo en octubre de 2002 que fueron perfectamente amistosas, y a un agente del FBI, Robert Fuller, quien declaró que sus interrogatorios a Khadr en Bagram a principios de octubre de 2002 también fueron "conversacionales" y "no conflictivos", y que Khadr había admitido libremente haber lanzado la granada que mató al sargento Speer.

Aunque era posible —si no probable— que ambos interrogadores dijeran la verdad sobre el hecho de haber interrogado a Khadr sin coacción, el problema sigue siendo que Khadr ha declarado que, desde su primer interrogatorio, consideró que decir a sus interrogadores lo que querían oír era la mejor manera de evitar los malos tratos, por lo que es posible que no les estuviera diciendo la verdad. En consecuencia, los testigos de la semana pasada fueron más significativos porque arrojaron luz sobre los primeros días tras recuperar la conciencia bajo custodia estadounidense y, en particular, sobre su primer interrogatorio y su posterior interacción con ese interrogador. A lo largo del proceso, otros testigos ensombrecieron la imagen, por lo demás impecable, que el Gobierno ofrecía de unos interrogatorios llevados a cabo en un entorno no coercitivo.

Hubiera sido sorprendente que esto no hubiera ocurrido, ya que innumerables testigos —entre ellos soldados, así como presos actuales y antiguos de Guantánamo— han descrito la brutalidad en Bagram en la época en que Khadr estuvo recluido allí, entre agosto y octubre de 2002, lo que condujo, poco más de un mes después de la partida de Khadr hacia Guantánamo, al asesinato de dos presos —y, muy posiblemente, a otros asesinatos en la época en que él estuvo recluido.

El testimonio del médico —y el “ahorcamiento palestino”

El primero en dar una idea del régimen en Bagram fue, irónicamente, un médico llamado a declarar como testigo por la acusación. El “Sr. M”, tal y como se le identificó, que testificó por videoconferencia desde Boston, rebatió las afirmaciones de Khadr de que, mientras estuvo en Bagram, "cinco personas vestidas de civil venían a cambiarme los vendajes" y que "me trataban con mucha rudeza y me grababan en vídeo mientras lo hacían", afirmando que él solo le cambiaba los vendajes dos veces al día y que no hubo ningún trato brusco.

Sin embargo, sí señaló que, en una ocasión, encontró a Khadr encapuchado y encadenado a una jaula por las muñecas, con los brazos "justo por encima del nivel de los ojos", y que cuando le quitó la capucha, Khadr se mostró visiblemente alterado. El médico añadió, tal y como lo describió Carol Rosenberg en el Miami Herald, que "no se opuso al trato que recibía Khadr, porque encadenarlo era una forma de castigo autorizada" en Bagram, "añadiendo que no sabía el motivo del castigo ni cuánto tiempo llevaba Khadr encadenado".

Es posible que esta descripción, bastante indiferente, del "encadenamiento" no sorprendiera al médico, sobre todo porque, al parecer, las cadenas estaban "lo suficientemente flojas como para permitir que los pies de Khadr tocaran el suelo", pero la única razón para ello era la gravedad de sus heridas, tal y como explicó Khadr en su declaración jurada, en la que también afirmó que fue encadenado "en varias ocasiones". De no ser así, al igual que muchos otros prisioneros, entre ellos Dilawar (protagonista de “Taxi to the Dark Side”) y el mulá Habibullah, los dos prisioneros que fueron asesinados en Bagram en diciembre de 2002, habría sido suspendido por las muñecas, en una técnica de tortura más conocida como “strappado” o “ahorcamiento palestino”.

No obstante, como explicó Barry Coburn, el abogado principal de Khadr, el testimonio del médico proporcionó una "validación de importancia crucial" de las declaraciones contenidas en la declaración jurada de su cliente, y otro de sus abogados, Kobie Flowers, añadió: "Si se hubiera tratado de un soldado estadounidense en Corea del Norte, la gente estaría indignada. Aquí tenemos a un joven de 15 años al que casi matan de un disparo en la espalda y al que dejaron colgado allí arriba como castigo".

"El interrogador nº 2” y el primer interrogatorio de Khadr —sobre una camilla


Sin embargo, aunque esto fue importante para situar en contexto la brutalidad generalizada y ampliamente documentada en Bagram —que sin duda saldrá a la luz con un nivel de detalle sin precedentes si el juicio de Khadr sigue adelante—, no fue hasta el martes de la semana pasada cuando salió a la luz información hasta entonces desconocida sobre el primer interrogatorio de Khadr a su llegada a Bagram, el cual, según un sargento mayor del Ejército de los Estados Unidos, identificado como "Interrogador n.º 2", que compareció en persona, tuvo lugar el mismo día en que Khadr fue trasladado del hospital a lo que Carol Rosenberg describió como "el rudimentario y pútrido centro de detención de la base aérea de Bagram".

El interrogador, que fue observador en el primer interrogatorio de Khadr el 12 de agosto de 2002, reveló que "el interrogatorio tuvo lugar mientras Khadr estaba en una camilla —no recordaba si Khadr estaba encadenado a ella— y que sus notas incluían este detalle: “La aclaración fue difícil debido a la sedación y la fatiga del detenido”". También explicó que no se utilizó ninguna coacción con él, sino solo dos técnicas aprobadas del Manual de Campo del Ejército: "fear down", diseñada para minimizar la ansiedad del prisionero, y "fear of incarceration", que anima a los prisioneros a decir la verdad señalando que, de lo contrario, podrían enfrentarse a una prolongación de su encarcelamiento.

Es difícil saber si esta línea de interrogatorio controlada refleja fielmente la realidad, pero, aun así, como señaló uno de los abogados militares de Khadr, el teniente coronel del Ejército Jon Jackson, el testimonio reveló que Khadr "fue interrogado por primera vez apenas 12 horas después de su traslado del hospital de campaña estadounidense al centro de detención". Kobie Flowers fue más contundente en sus críticas. "Tenemos a un chico de 15 años, gravemente herido, que ha sido sometido a múltiples operaciones quirúrgicas, y esa es la primera vez que el Gobierno de Estados Unidos le toma declaración para utilizarla en su procesamiento", dijo, y añadió: "Ahora bien, ya sea tortura, trato cruel, inhumano o degradante, o simplemente involuntario… no creo que ningún juez federal de Estados Unidos permitiera ese tipo de conducta".

El testimonio de Damien Corsetti

El miércoles, una figura secundaria en la historia de Khadr —pero que ha alcanzado cierta notoriedad— testificó por videoconferencia desde Arlington, Virginia. Damien Corsetti, conocido como "Monster" en Bagram por un tatuaje que tenía en el pecho, y también como "El rey de la tortura", se describió a sí mismo como "un veterano discapacitado que sufre trastorno de estrés postraumático como consecuencia de su labor de interrogatorio tanto en Afganistán como en Irak", y explicó cómo, al ver a Khadr el 29 de julio de 2002, apenas dos días después de su captura, le impactó ver que se trataba de un "niño" herido detenido en "uno de los peores lugares de la Tierra". Añadió: "Por encima de todo, parecía maltrecho. Era un chico de 15 años con tres agujeros en el cuerpo y un montón de metralla en la cara. Eso es lo que recuerdo. Lo horrible que tenía ese niño de 15 años".

Corsetti, quien fue absuelto en 2005 de los cargos de maltrato relacionados con su conducta en Bagram y, posteriormente, en Abu Ghraib (Irak), explicó, allá por 2007, cómo seguía atormentado por "los gritos, los olores, los sonidos" de aquellas personas a las que había visto sufrir torturas, cuando se le pidió que asistiera a sesiones en el sótano de Bagram en las que se torturaba a "detenidos de alto valor". "[E]stán conmigo todo el tiempo", dijo.

El miércoles pasado, Corsetti declaró ante el tribunal que "no era uno de los interrogadores de Khadr", pero que había entablado amistad con él en Bagram. Explicó que los guardias y los interrogadores, que identificaban a todos los prisioneros como "BOB" (siglas de "Bad Odor Boys"), llamaban a Khadr "Buckshot BOB" debido a sus heridas. Añadió que "se oían gritos y alaridos continuamente", y también confirmó que se amenazaba con enviar a los prisioneros a países donde serían torturados o violados. Mencionó específicamente a Israel y Egipto, pero añadió, como explicó Michelle Shephard en el Toronto Star, que "no sabía si a Khadr le habían dicho esto". Dado que Khadr declaró en su declaración jurada que efectivamente le habían amenazado con enviarle a Israel o Egipto (o a Siria o Jordania), el testimonio de Corsetti respaldaba, por tanto, otra de las afirmaciones de Khadr.

“El interrogador n.º 1” y la amenaza de violación


Si el testimonio de Corsetti, en su mayor parte, no hizo mucho más que añadir algunos detalles a la historia de los primeros meses de Khadr bajo custodia estadounidense, el testigo del jueves, Joshua Claus, ofreció un testimonio contundente sobre el tipo de amenazas a las que se vio sometido Khadr, y también estableció un inquietante vínculo con el tipo de violencia en Bagram que condujo a los asesinatos de Dilawar y el mulá Habibullah en diciembre de 2002. Claus, antiguo sargento del 519.º Batallón de Inteligencia Militar (del que también formaba parte Corsetti), fue identificado en el tribunal como el "interrogador n.º 1", y fue el principal interrogador de Khadr en Bagram, el hombre "rubio y delgado" con gafas (de apenas 21 años en aquel momento) que también lo interrogó mientras estaba en una camilla, el día en que fue trasladado a Bagram desde el hospital de campaña, y quien, según Khadr, lo maltrató de una manera desconocida (ya que los detalles han sido censurados) durante su primer interrogatorio.

Testificando por videoconferencia desde Arizona, Claus recordó, en particular, haber utilizado la técnica descrita como "fear up harsh" en los interrogatorios a Khadr, durante los cuales daba patadas a los muebles y gritaba al joven prisionero. También admitió que inventó una historia de violación para asustarlo, explicando, tal y como lo describió Spencer Ackerman en el Washington Independent:

    "Le conté una historia ficticia que habíamos inventado cuando estábamos allí", dijo el interrogador n.º 1. Se trataba de algo que se les había ocurrido a "tres o cuatro" interrogadores de Bagram tras enterarse de que los afganos estaban "aterrorizados ante la posibilidad de ser violados y ante la homosexualidad en general, cosas de ese tipo". La historia era la siguiente:

    El interrogador n.º 1 le decía al detenido: "Sé que estás mintiendo sobre algo". Y así, como advertencia sobre las consecuencias de mentir, Khadr aprendió que mentir "sin mucha gravedad" no lo llevaría a un lugar como "Cuba" —es decir, presumiblemente, la Bahía de Guantánamo—, sino a una prisión estadounidense. Y en esta ocasión, un "pobre chaval de 20 años" enviado desde Afganistán acabó en una prisión estadounidense por mentir a un estadounidense. "Un grupo de tipos negros grandones y nazis se dieron cuenta de que el pequeño afgano no hablaba su idioma y rezaba cinco veces al día —es musulmán—", dijo el interrogador n.º 1. Aunque los reclusos ficticios eran delincuentes, "siguen siendo patriotas", y los guardias "no pueden estar en todas partes a la vez".

    "Así que, en una ocasión desafortunada, él estaba solo en la ducha y aparecieron estos cuatro tipos negros grandones —y es terrible que pasara algo así—, pero lo pillaron en la ducha y lo violaron. Y es terrible que pasen estas cosas, el chico resultó herido y acabó muriendo", dijo el interrogador n.º 1. "Todo es una historia ficticia".

    Quizás sea así, pero como también señaló Ackerman, todos los demás interrogadores que hablaron con Khadr lo hicieron "después de haber oído una “historia ficticia” sobre un joven afgano que mintió a los interrogadores estadounidenses y, como consecuencia, fue violado y asesinado en la cárcel".

En muchos sentidos, los acontecimientos de las últimas dos semanas no fueron concluyentes, y queda por ver cómo los interpretará el juez, el coronel del Ejército Patrick Parrish. Sin duda, en Bagram y en Guantánamo se produjeron abusos mucho peores que los que sufrió Omar Khadr, pero él no era más que un niño durante su estancia en Bagram y los primeros años de los abusos que sufrió en Guantánamo, y es muy posible que, tal y como afirman sus abogados, cualquier declaración autoincriminatoria que hiciera (especialmente en relación con el lanzamiento de una granada que pudo haber tenido lugar cuando estaba boca abajo e inconsciente bajo un montón de escombros) se debiera a que las amenazas de violación y la violencia física, basadas principalmente en el aprovechamiento de sus heridas, fueron suficientes para aterrorizarlo hasta el punto de que accediera a todo lo que sus captores quisieran.

El Pentágono se dispara en el pie: cuatro periodistas expulsados

Irónicamente, la noticia más importante de la semana pasada en Guantánamo no fueron los informes sobre el trato recibido por Khadr, sino la expulsión de cuatro periodistas (entre ellos Michelle Shephard y Carol Rosenberg), después de que revelaran el nombre de Claus en artículos periodísticos. El Pentágono alegó que esto violaba una orden que estipulaba que el nombre real de Claus era información protegida, pero esto era claramente ridículo, ya que su nombre ya era de dominio público y, en 2008, incluso había concedido una entrevista a Michelle Shephard.

En lugar de proteger a Claus, la respuesta desmesurada del Pentágono solo sirvió para que otros periodistas se preguntaran si el Pentágono estaba tratando de impedir que alguien se diera cuenta de que, a diferencia de Damien Corsetti, Claus cumplió cinco meses de prisión tras declararse culpable en un consejo de guerra por el maltrato a un prisionero no identificado en Bagram, al que se obligó a "rodar de un lado a otro por el suelo y besar las botas de su interrogador", tal y como lo describió Michelle Shephard, y por la agresión a Dilawar. En palabras de Shephard: "Admitió haberle echado agua por la garganta a Dilawar y haberle retorcido la capucha sobre la cabeza al afgano". "Además, como explicó otro soldado en un informe militar sobre la muerte de Dilawar: "Tuve la impresión de que Josh estaba, de hecho, sujetando al detenido en posición vertical tirando de la capucha. En ese momento me enfurecí porque había visto a Josh apretar la capucha de otro detenido la semana anterior. Este comportamiento me pareció completamente gratuito y ajeno a la recopilación de información".

En su entrevista de 2008, Claus insistió en que quería dejar las cosas claras. "Están tratando de dar a entender que golpeo o torturo a todas las personas con las que he hablado [en Bagram]", dijo, y añadió que, en el caso de Khadr, "dediqué mucho tiempo a intentar comprender quién era y qué podía decirle o hacer por él, ya fuera llevarle comida extra o enviar una carta a su familia… Necesitaba hablar con él y ganarme su confianza".

En respuesta a una pregunta sobre su condena formulada el jueves pasado por Barry Coburn, Claus insistió en que "perdió el control en un momento muy breve. "Estamos hablando de dos minutos y medio de mi vida". Puede que esto no sea técnicamente correcto, ya que claramente hubo más de un incidente, pero es obvio que sus acciones formaban parte de un programa abusivo sancionado al más alto nivel de la administración Bush y, además, como explicó Damien Corsetti, "la presión para obtener información de los prisioneros en Bagram era intensa". Le dijo al coronel Parrish: "Esto fue menos de un año después del 11-S, así que todos seguíamos bastante alterados por eso. Se suponía que estábamos lidiando con cuestiones de vida o muerte. Había una presión enorme sobre nosotros para obtener información con el fin de salvar vidas y elaborar informes".

Al prohibir el acceso a los cuatro periodistas, el Pentágono solo ha conseguido llamar la atención sobre algo que, presumiblemente, quería ocultar: que los malos tratos infligidos a Omar Khadr en Bagram tuvieron lugar en un momento en que la violencia en la prisión, autorizada por la administración Bush, era tan intensa que había presos que morían, y que su primer interrogador estaba implicado en el asesinato de uno de esos hombres. Esto no prueba que Khadr no fuera coaccionado para realizar confesiones falsas, pero no augura nada bueno para las afirmaciones de que todo lo relacionado con su trato fue "conversacional" y "no conflictivo".

La administración Obama tiene hasta julio, cuando está previsto que comience el juicio de Khadr, para salir del desastre de relaciones públicas que ella misma ha provocado, formulando un acuerdo de culpabilidad aceptable para Khadr y organizando su regreso a Canadá. Hay demasiados aspectos de esta historia —desde los cargos falsos por crímenes de guerra, pasando por las dudas sobre la culpabilidad de Khadr, hasta su edad y los abusos a los que, en ocasiones, sin duda fue sometido— que hacen que seguir adelante con el juicio sea un ejercicio desagradable y, en esencia, inútil. Creo que, tras casi ocho años, es hora de que su castigo llegue a su fin y de que comience su rehabilitación, tan largamente pospuesta.

Nota: Los bocetos de la sala del tribunal que aparecen arriba, realizados por Janet Hamlin, son cortesía de Janet Hamlin Illustration.


 

¡Hazte voluntario para traducir al español otros artículos como este! manda un correo electrónico a espagnol@worldcantwait.net y escribe "voluntario para traducción" en la línea de memo.

 

¡El mundo no puede esperar!

E-mail: espagnol@worldcantwait.net