Dos víctimas argelinas de tortura son liberadas de Guantánamo
25 de enero de 2010
Andy Worthington
El viernes, quizá como gesto conciliador hacia los críticos —entre los que me
incluyo— que nos hemos quejado de que el presidente Obama no haya cerrado
Guantánamo antes de la fecha
límite que él mismo se había fijado, el 22 de enero de 2010, el
Departamento de Justicia anunció en un comunicado de
prensa que se había liberado a dos presos argelinos.
Liberar a presos en Argelia siempre ha sido un asunto dudoso, similar a la ruleta rusa, como expliqué
cuando la administración Bush liberó a dos hombres en julio de 2008, ya que
parece no haber forma de saber si estos hombres serán puestos en libertad a su
regreso o encarcelados y sometidos a juicios que no cumplen con los estándares
internacionalmente reconocidos de imparcialidad y objetividad.
Como resultado, se sabe muy poco —lo cual resulta frustrante— sobre los ocho argelinos repatriados desde
Guantánamo entre julio de 2008 y enero de 2009, aunque en noviembre de 2009 se
dio una indicación de cómo trata el sistema judicial argelino a los presos de
Guantánamo repatriados, cuando la BBC informó de
que, 15 meses después de que dos
de estos hombres fueran repatriados, habían sido absueltos tras un juicio
en el que el fiscal había solicitado penas de prisión de 20 años.
Las historias de los dos hombres puestos en libertad la semana pasada merecen ser escuchadas porque,
como suele ocurrir con Guantánamo, ponen de manifiesto lo sorprendentemente
errónea que es la retórica aún predominante sobre el papel de Guantánamo como
centro de internamiento para los «peores de los peores» terroristas. Y lo que
es igual de inquietante, sus historias también revelan cómo dos hombres, que no
tenían ninguna relación con el terrorismo, fueron torturados para intentar que
admitieran que sí la tenían.
Ahcene Zemiri: en el lugar equivocado, en el momento equivocado (en Canadá y Afganistán)
El primero de los hombres puestos en libertad la semana pasada, Ahcene Zemiri
(identificado en el momento de su liberación como Hasan Zemiri), nació en Argel
el 8 de septiembre de 1967, siendo el menor de diez hermanos. A los 20 años,
tras completar sus dos años de servicio militar obligatorio y al no encontrar
perspectivas de trabajo en Argelia, se trasladó a Francia, donde, durante
varios años, él y su hermano ganaron dinero exportando productos eléctricos a Argelia.
En 1994, se trasladó a Canadá y se instaló en Montreal, donde conoció a su futura esposa, Karina. La
pareja se casó en mayo de 1996, pero la vida era difícil para Zemiri. Incapaz
de encontrar trabajo, se codeaba con otros expatriados argelinos, entre ellos
un hombre, Ahmed Ressam, cuyas actividades futuras iban a tener un profundo
efecto en la vida de Zemiri. En diciembre de 1999, Ressam fue detenido al
llegar a Estados Unidos y acusado de planear un atentado terrorista contra el
Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (el llamado «complot del milenio»).
Tras un juicio celebrado en 2005, fue
condenado a 22 años de prisión.
Ni Zemiri ni el resto de sus amigos tenían ni idea del complot, pero tras su declaración de
culpabilidad, y antes de que se dictara sentencia —cuando, al parecer, se le
presionó para que confesara a cambio de una pena inferior a los 130 años que se
le habían propuesto—, Ressam afirmó que Zemiri le había prestado 3.500 dólares
y una cámara en relación con el complot. Ressam se retractó de esta afirmación
en diciembre de 2006, enviando una carta al juez que lo había condenado, en la
que explicaba que Zemiri «no tenía ninguna relación ni conexión con la
operación que yo estaba a punto de llevar a cabo» y que «no sabía nada al
respecto y no me ayudó en nada». Como añadieron los abogados de Zemiri, este
también declaró que sus declaraciones «habían sido malinterpretadas y se hicieron
bajo la severa coacción psicológica de un interrogatorio del FBI y ante la
perspectiva de una larga pena de prisión». No obstante, las falsas acusaciones
perseguirían a Zemiri durante los siguientes nueve años.
En primer lugar, Zemiri y sus compatriotas fueron interrogados repetidamente por agentes de inteligencia
canadienses y por la policía. El propio Zemiri nunca fue detenido, pero sí lo
fueron algunos de sus amigos, y unos cuantos huyeron posteriormente del país. A
principios de 2001, tras ser interrogado sobre si sería seguro que el
presidente Bush visitara Canadá, Zemiri se convenció de que sería deportado a
Argelia y de que, si regresaba, su década de viajes por Occidente no caería
bien a los grupos islamistas de su país natal.
Como consecuencia, tras haberle pintado un panorama idílico de Afganistán un amigo, decidió viajar allí
con Karina, con la intención de establecerse y formar una familia. Al llegar a
Jalalabad en agosto de 2001, se instalaron en una casa propiedad de una familia
argelino-sueca que había regresado a Suecia, en un barrio argelino
relativamente limpio y seguro. La casa tenía electricidad, agua y un recinto
amurallado, y aunque en la zona vivían muchos talibanes, también había
europeos, australianos, uzbekos y chechenos, y las oficinas de la ONU, Médicos
Sin Fronteras y Oxfam también estaban cerca.
No obstante, la decisión de trasladarse a Afganistán fue claramente un sueño descabellado. A Zemiri «no le
gustaba Afganistán», tal y como afirmaron sus abogados en un escrito judicial en
octubre de 2007. Su esposa explicó que él se había acostumbrado a la sociedad
occidental y que la pobreza era demasiado para él. Ella “pensaba que aguantaría
un año, como mucho, antes de decidir que debían mudarse a otro lugar”.
La invasión liderada por Estados Unidos en octubre de 2001 lo cambió todo, por supuesto, aunque la
pareja se quedó allí hasta que cayeron las ciudades del norte de Afganistán y
el país dejó de ser seguro para los árabes y otros extranjeros. Separándose por
razones de seguridad, Karina huyó a Pakistán y luego a Canadá, donde dio a luz
a su hijo, Karim, el 17 de junio de 2002, pero su marido tuvo menos suerte.
Tras unirse a un grupo de unos 200 hombres, en su mayoría árabes, que intentaban abandonar el país,
Zemiri —vestido con el traje de Hugo Boss que se había traído consigo— se vio
envuelto en los márgenes de las fuerzas talibanes y de Al Qaeda en las montañas
de Tora Bora, en Afganistán, que se preparaban para un enfrentamiento final con
el ejército afgano, aliado del ejército estadounidense, hasta que aparecieron
dos guías afganos que se ofrecieron, a cambio de una suma de dinero, a llevar a
los hombres a un lugar seguro en Pakistán.
Unos 60 miembros del grupo aceptaron, pero mientras atravesaban un valle, fueron avistados por un avión
estadounidense y se convirtieron en blanco de un bombardeo. Uno de los hombres,
Ghanim al-Harbi, un saudí, explicó más tarde que “40 de los árabes que estaban
conmigo murieron y 20 resultaron heridos”, y muchos de los supervivientes,
incluido Zemiri, acabaron en Guantánamo.
Con un brazo roto, Zemiri logró llegar a una aldea afgana tras el ataque, pero fue vendido a las tropas
de la Alianza del Norte solo unos días después. Poco después, fue vendido a las
fuerzas estadounidenses y, según la documentación judicial, estuvo recluido en
Kabul —posiblemente, durante un breve periodo, en la famosa “Prisión
Oscura” de la CIA— y en Kandahar antes de ser trasladado en avión a
Guantánamo en abril o mayo de 2002. En declaraciones a sus abogados, explicó
que, mientras estuvo detenido en Afganistán, fue “sometido a brutales abusos
físicos”, afirmando que fue “golpeado repetidamente por los guardias” y que
“perdió un diente como consecuencia de una de esas palizas”.
En Guantánamo, a pesar de mantener su versión (tal y como había hecho durante toda su detención), Zemiri
pasó a ser sospechoso a raíz de la acusación de Ahmed Ressam y fue sometido a
las “técnicas de interrogatorio mejoradas” introducidas por el secretario de
Defensa Donald Rumsfeld, las cuales, aunque en teoría estaban destinadas a Mohammed
al-Qahtani (presuntamente el vigésimo secuestrador del 11-S), se aplicaron
en realidad a más de un centenar de presos.
Según explicaron sus abogados, fue “torturado y/o sometido a tratos crueles, inhumanos y
degradantes, incluyendo manipulación de la temperatura, privación del sueño,
bombardeo sonoro y luces estroboscopias”. Como también explicaron, fue
“salpicado con sangre menstrual falsa, encadenado con grilletes cortos y
obligado a mantener una posición de estrés durante largos periodos de tiempo”.
A pesar de ello, Zemiri se negó a aceptar que estuviera involucrado con Al Qaeda o con los talibanes, y
también se negó a aceptar las acusaciones de Ahmed Ressam, pero no fue hasta
que Ressam escribió su carta y se presentó otro testigo cuando, de hecho, se
derrumbó cualquier caso en su contra.
Este segundo testigo, Mokhtar Haouari, quien también fue condenado por su participación en el
«complot del milenio», escribió una carta desde una prisión de Lewisburg,
Pensilvania, donde cumple una condena de 24 años, que salió a la luz por
primera vez durante una junta de revisión militar en Guantánamo en 2005, cuando
fue presentada por los abogados de Zemiri. En ella, Haouari afirmaba: “En
cuanto a estas acusaciones vertidas contra el Sr. Zemiri por Ressam, sé muy
bien que son falsas. El Sr. Zemiri y yo éramos amigos íntimos, a diferencia de
Ressam, que no era amigo de ninguno de los dos. En los cinco años que conocí al
Sr. Zemiri, nunca le oí hablar de yihad, de sentimientos antiamericanos o de
las llamadas actividades terroristas… Nunca ha sido una amenaza para Estados
Unidos ni para ningún otro país. Ressam está intentando utilizar al Sr. Zemiri
como nos utilizó a mí y a otros para reducir su condena. Al Gobierno no le
importa si sus acusaciones son ciertas o falsas, siempre y cuando consiga una condena”.
Adil al-Jazeeri: un hijo de los muyahidines
El segundo hombre liberado la semana pasada, Adil Hadi al-Jazairi Bin Hamlili (también identificado en
Guantánamo como Adil al-Jazeeri), tenía 27 años cuando fue detenido frente a un
restaurante en Peshawar el 17 de junio de 2003 junto con otros cinco hombres
que posteriormente fueron puestos en libertad. Aunque casi todo lo relacionado
con su historia resulta confuso, lo que está claro es que llegó a Pakistán con
varios miembros de su familia en 1985, durante la resistencia de los
muyahidines a la ocupación soviética de Afganistán, cuando solo tenía nueve
años, y pasó muchos años en Afganistán, antes de trasladarse a Pakistán en
algún momento de la década de 1990, donde se casó y tuvo cuatro hijos.
Nunca se ha dado ninguna explicación pública sobre su captura, pero podría estar relacionada con el interrogatorio
de su primo lejano, Mustafa Hamlili (también trasladado a Guantánamo, pero liberado
en julio de 2008), quien fue detenido en una aldea cerca de Peshawar en
mayo de 2002. En Guantánamo, al-Jazeeri afirmó que los pakistaníes le habían
dicho que el FBI había ordenado su captura, pero es posible que fuera detenido
porque era un objetivo conveniente para que los pakistaníes lo entregaran a las
fuerzas estadounidenses.
Sin duda, resulta evidente que el joven Hamlili era una espina clavada para las autoridades pakistaníes,
si damos crédito a sus propias palabras en Guantánamo. En una audiencia ante la
junta de revisión militar celebrada en 2005, en respuesta a la acusación de que
había robado un coche con tres amigos paquistaníes, había estado encarcelado
durante un año y medio y luego había sido expulsado a Afganistán, explicó que
en realidad había sido expulsado “porque no tenía los documentos legales”.
Fuera cual fuera la verdad sobre su captura, era obvio que las acusaciones contra él se tomaron en serio
en algún nivel del Gobierno estadounidense, ya que, tras un mes bajo custodia
pakistaní, fue trasladado a Afganistán el 13 de julio de 2003 y retenido
durante algún tiempo en una prisión secreta de la CIA cerca de Kabul (ya fuera
la “Prisión Oscura” o la “Salt
Pit”), antes de ser trasladado a Bagram. También fue uno de los diez
presuntos prisioneros de importancia —entre los que se encontraba el residente
británico Binyam
Mohamed— que fueron trasladados en avión a Guantánamo el 20 de septiembre
de 2004, tras haber sido retenidos como “detenidos de alto valor” y, al
parecer, haber sido posteriormente reclasificados como “detenidos de valor medio”.
Según una noticia publicada en 2006, las autoridades pakistaníes creían que había “actuado como enlace
entre Al Qaeda y los talibanes y también como ayudante del ex ministro de
Asuntos Exteriores afgano Wakil Ahmad Mutawakkil en Kabul”, y aunque puede que
haya algo de cierto en esta última afirmación, ya que al-Jazeeri admitió ante
una comisión de revisión que había encontrado trabajo con los talibanes en su
departamento de medios de comunicación y traducción, se negó a admitir que tuviera
ninguna conexión con Al Qaeda. A pesar de que se le presentaron numerosas
acusaciones en su tribunal y en las juntas de revisión —incluidas las
afirmaciones de que estaba involucrado con grupos terroristas argelinos y
tunecinos, y de que trasladó a combatientes de Al Qaeda de Afganistán a
Pakistán—, las refutó todas, alegando que la mayoría eran declaraciones falsas
obtenidas bajo coacción en Guantánamo, Bagram o Kabul.
Sin embargo, cabe destacar que también señaló que algunas acusaciones procedían de prisioneros que habían
tenido cierta implicación con Al Qaeda. “Todos los miembros de Al Qaeda
mienten”, dijo, “y la mayoría de ellos realmente se disculparon conmigo en el
Campamento 5. [Uno] me pidió perdón porque se había visto obligado a hacerlo.
Tuvo que decir algo así porque estaba bajo presión”.
En una entrevista realizada en 2006, su esposa también desmintió las acusaciones. Desde «una abarrotada
casa de adobe en la aldea de Regi», cerca de Peshawar, insistió en que su
marido era inocente. ”Mi marido no tenía vínculos con Al Qaeda y, si los
hubiera tenido, la gente de Al Qaeda se habría ocupado de nosotros, porque
llevamos una vida muy miserable”, afirmó.
Es de suponer que el Grupo de Trabajo del Presidente para la Revisión de Guantánamo no habría liberado a
al-Jazeeri si ellos tampoco hubieran llegado a la conclusión de que, en algún
momento, su historia se había exagerado. Sin duda, no dio a las autoridades
ningún motivo de alarma durante sus cinco años en Guantánamo, donde, al
parecer, fue un preso totalmente cooperativo a lo largo de su encarcelamiento.
Por lo tanto, por lo tanto, al igual que con Ahcene Zemiri, que, a pesar de la
promesa de actividades relacionadas con el terrorismo —y del uso de la tortura
para intentar demostrarlo—, ninguno de los dos hombres, al final, demostró nada
más allá de la verdad más perdurable de Guantánamo: que cuando se detiene a
personas de forma aleatoria, o basándose en información de inteligencia sin
contrastar, y luego se las traslada al otro lado del mundo a una prisión
experimental destinada a estar al margen de la ley, no se obtiene nada a cambio.
Supongo, sin embargo, que ambos hombres deberían considerarse afortunados por no entrar en la categoría
de presos que abarca el Grupo de Trabajo para la Revisión de Guantánamo del
presidente Obama y, al parecer, el propio presidente: aquellos considerados
demasiado peligrosos para ser puestos en libertad, a pesar de que las supuestas
pruebas en su contra no resistirían ningún tipo de examen independiente. Estos
hombres —47 en total, según anunció
el viernes el Grupo de Trabajo— seguirán detenidos indefinidamente sin
cargos ni juicio.
En comparación con eso, la ruleta rusa de la justicia argelina quizá no sea tan mala después de todo.
POSDATA: Justo cuando se publicaba este artículo, el Departamento
de Justicia anunció que, el domingo, otros tres presos habían sido
trasladados a Eslovaquia. No se reveló la identidad de estos hombres, pero Reuters informó
de que, según la policía eslovaca, los tres “fueron alojados en un centro para
solicitantes de asilo situado en la zona oriental de Eslovaquia, en Humenne,
gestionado por el Ministerio del Interior”. RTT News
añadió que “tras un proceso de aclimatación a Eslovaquia de 18 meses, que
incluye clases de idioma y la búsqueda de empleo, los presos serán puestos en
libertad. Sin embargo, permanecerán bajo vigilancia durante un período no especificado”.
Además, un sitio web checo
añadió que el ministro de Asuntos Exteriores eslovaco, Miroslav Lajcak, señaló
la semana pasada: “Los tres no son delincuentes, ninguno de ellos ha sido
acusado ni condenado”. El periódico también explicó que los hombres “no pueden
regresar a su país de origen, ya que allí podrían sufrir persecución debido al
“bajo nivel de democracia y protección de los derechos humanos””, y añadió que
Lajcak se había encargado de precisar que "los residentes eslovacos no corren
ningún riesgo en este sentido".
Y, por último, mientras añadía esta posdata, Carol Rosenberg informaba en el Miami Herald de que
también se había liberado a un cuarto preso, aunque explicaba que las
autoridades estadounidenses solo habían declarado que estaba siendo reubicado
en un "lugar no revelado".
Estas liberaciones reducen a 192 el número total de presos que siguen recluidos en Guantánamo.
POSDATA 2: El martes, el Gobierno suizo anunció la nacionalidad de este hombre —y su nuevo
lugar de residencia—. De origen uzbeko (uno de los dos últimos uzbekos en
Guantánamo, cuya puesta en libertad fue autorizada por las comisiones de
revisión militar bajo la administración Bush, así como por el grupo de trabajo
del presidente Obama), fue reasentado en el cantón de Ginebra. Tal y como
explicó el sitio web suizo Swissinfo,
“el Gobierno subrayó que se trata de un hombre libre que nunca ha sido acusado
de ningún delito; se ha comprometido a aprender una de las lenguas nacionales y
tiene la intención de buscar trabajo para mantenerse. La identidad y la
ubicación del hombre se mantendrán en secreto para proteger su integración en
el país”.
Swissinfo añadió: “El Consejo de Ministros acordó en diciembre concederle asilo por razones
humanitarias”, y también explicó que “un argelino, cuya solicitud de asilo fue
rechazada por la Oficina de Migración suiza, ganó un recurso ante el Tribunal
Administrativo Federal de Suiza el 18 de diciembre, y su caso será reexaminado”,
y que “Suiza también está estudiando el caso de dos hermanos de la provincia
china de Xinjiang”.
POSDATA 3 (22 de junio de 2010): Según un blog suizo, el uzbeko liberado en Suiza es Ali
Sher Hamidullah (ISN 455). Esta información coincide con lo que
me dijeron cuando el Gobierno suizo estaba considerando la posibilidad de
acoger a un uzbeko en septiembre del año pasado.
POSDATA 4 (10 de julio de 2010): Para obtener información sobre los tres hombres
liberados en Eslovaquia (Adel Fattough Ali El-Gazzar, egipcio; Poolad
Tsiradzho, azerbaiyano; y Rafiq al-Hami, tunecino), véase: Tres
exprisioneros de Guantánamo abandonados a su suerte en Eslovaquia inician una
huelga de hambre, “Estaba
mejor en Guantánamo”, se queja un egipcio recluido en un centro de detención
eslovaco, y ¿Quiénes
son los tres exprisioneros de Guantánamo en huelga de hambre en Eslovaquia?.
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