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El juicio a un niño torturado: el legado de Obama en Guantánamo

03 de mayo de 2010
Andy Worthington


Desde que llegó al poder hace 15 meses, con la promesa de cerrar Guantánamo en el plazo de un año y tras suspender el tan criticado sistema de juicios ante comisiones militares para los sospechosos de terrorismo, el entusiasmo del presidente Obama por repudiar las políticas de detención de la "guerra contra el terrorismo" del Gobierno de Bush se ha estancado.

La decadencia se inició casi de inmediato, cuando la nueva administración invocó la “doctrina del secreto de Estado” el pasado mes de febrero para hacer frente a una demanda presentada por varios hombres sometidos a "entregas extraordinarias" y tortura, y se consolidó el pasado mes de mayo, cuando Obama pronunció un importante discurso sobre seguridad nacional en el que anunció que las comisiones militares volvían a estar sobre la mesa, y también manifestó su intención de seguir reteniendo a algunos presos en Guantánamo sin cargos ni juicio.

En noviembre, el fiscal general Eric Holder selló el sistema judicial de dos velocidades del Gobierno para los sospechosos de terrorismo en Guantánamo al anunciar que cinco hombres serían juzgados ante tribunales federales por su presunta participación en los atentados del 11-S, mientras que otros cinco serían juzgados por una comisión militar, en una versión renovada de los "tribunales antiterroristas", aprobada por el Congreso durante el verano.

Este año, Obama decepcionó a los críticos en EE.UU. y a quienes siguen de cerca sus actividades en todo el mundo al no cerrar Guantánamo en el plazo de un año, tal y como había prometido, y al no fijar una nueva fecha límite para el cierre de la prisión; sin embargo, la semana pasada su Gobierno siguió adelante con lo que bien podría considerarse el fracaso más decepcionante a la hora de repudiar las políticas crueles, caóticas e injustas de la "guerra contra el terrorismo" del Gobierno de Bush: el juicio, ante una comisión militar, de Omar Khadr.


Khadr, ciudadano canadiense, tenía tan solo 15 años cuando fue detenido por las fuerzas estadounidenses tras un tiroteo en Afganistán en julio de 2002, en el que supuestamente lanzó una granada que mató a un soldado estadounidense, el sargento Christopher Speer, y fue trasladado primero a la prisión estadounidense de la base aérea de Bagram y, posteriormente, a Guantánamo, donde permanece hasta el día de hoy. Llevo cubriendo su caso desde junio de 2007, cuando tuvo lugar su primera vista previa al juicio en la primera encarnación de las Comisiones, después de que el Corte Suprema dictaminara en junio de 2006 que la versión original —una idea de Dick Cheney y su asesor jurídico David Addington— era ilegal.

Durante casi tres años, por lo tanto, he sido testigo de cómo una parodia de sistema judicial, inquietantemente caótica y mal concebida, ha intentado, sin éxito, juzgar a Omar Khadr, y los numerosos fallos de este intento no se han resuelto con los ajustes que el Congreso introdujo en el sistema el verano pasado.

La vergüenza y la deshonra de juzgar a un menor

En primer lugar, y lo más importante, Khadr era un menor cuando fue detenido. Esto no significó nada para la Administración Bush, pero está claro que tampoco significa nada para la Administración Obama. Allá por mayo de 2003, cuando se dio a conocer por primera vez la noticia de que había menores recluidos en Guantánamo (y las investigaciones indican que había al menos 22 menores en total), el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, declaró con impaciencia en una rueda de prensa: "Este constante estribillo de “los menores”, como si hubiera un centenar de niños allí dentro… Estos no son niños", y el general Richard Myers, jefe del Estado Mayor Conjunto, añadió que "pueden ser menores, pero no están en ningún equipo de la liga infantil. Están en un equipo de las grandes ligas, y es un equipo de terroristas, y están en Guantánamo por una muy buena razón: por nuestra seguridad, por vuestra seguridad".

Esta retórica tuvo buena acogida entre quienes sostienen que todo el mundo es responsable de sus actos, independientemente de su edad, pero en un mundo más progresista —del que Estados Unidos forma parte técnicamente—, los menores —definidos como aquellas personas menores de 18 años en el momento en que se cometió el delito del que se les acusa— "requieren una protección especial", según el Protocolo Facultativo de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, relativo a la participación de niños en los conflictos armados, del que Estados Unidos es signatario. El Protocolo Facultativo reconoce específicamente "las necesidades especiales de aquellos niños que son particularmente vulnerables al reclutamiento o a la participación en hostilidades", y exige a sus signatarios que promuevan "la rehabilitación física y psicosocial y la reintegración social de los niños víctimas de conflictos armados".

Sería difícil encontrar un caso más adecuado de un niño que fuera "especialmente vulnerable al reclutamiento o la utilización en hostilidades" que el de Omar Khadr, quien pasó gran parte de su infancia en Afganistán, llevado allí por su padre, un presunto recaudador de fondos para Osama bin Laden, y, sin embargo, como demostré en un artículo de octubre de 2008 titulado “Omar Khadr: Los archivos de Guantánamo”, Khadr nunca ha recibido "rehabilitación física y psicosocial ni reintegración social", porque se ignoró por completo un plan detallado presentado por cuatro médicos al Departamento de Defensa en enero de 2003, titulado "Medidas recomendadas para la acogida y detención de menores de 18 años".

El problema de los cargos inventados por crímenes de guerra

Más allá de este problema tan evidente en el juicio de Omar Khadr (y de sus casi ocho años de detención), otro problema fundamental de la decisión de Obama de seguir adelante con el enjuiciamiento de un antiguo preso menor de edad en un juicio por crímenes de guerra tiene que ver con el fundamento de los cargos contra Khadr. A nivel intuitivo, los críticos del juicio a Khadr han reconocido, desde el principio, que hay algo terriblemente sesgado en la redefinición de las leyes de la guerra aceptadas internacionalmente, de modo que una de las partes en un conflicto armado —Estados Unidos— pueda matar a quien quiera con impunidad, mientras que a sus oponentes se les considera terroristas o, cuando son llevados a juicio, como personas que han cometido "asesinato en violación del derecho de la guerra".

El teniente coronel David Frakt, que sabe más sobre el derecho de la guerra que el Congreso o los funcionarios de las administraciones de Bush u Obama, lleva mucho tiempo señalando que las comisiones militares adolecen de defectos fundamentales porque incluyen "delitos de derecho de la guerra" inventados por el Congreso, entre ellos "prestar apoyo material al terrorismo" y "asesinato en violación del derecho de la guerra". Tal y como explicó la semana pasada, al iniciarse las audiencias previas al juicio de Khadr, este último delito fue introducido por el Departamento de Defensa en 2003, cuando se definían los delitos susceptibles de ser juzgados por una comisión militar, como "asesinato cometido por un beligerante no privilegiado". Añadió:

    En virtud del artículo 4 del Convenio de Ginebra sobre prisioneros de guerra, queda claro que, si bien un miembro de un movimiento de resistencia organizado o de una milicia puede ser un beligerante no privilegiado (por no llevar uniforme o no portar armas de forma visible, por ejemplo), puede seguir cumpliendo con las leyes y costumbres de la guerra, por lo que no todos los actos hostiles cometidos por beligerantes no privilegiados son crímenes de guerra. Los ataques perpetrados por beligerantes no privilegiados que respeten el derecho de la guerra (en el sentido de que atacan objetivos militares legítimos con armas legítimas) solo pueden ser juzgados en tribunales nacionales. En Irak, por ejemplo, los insurgentes que intentan matar a estadounidenses colocando bombas en las carreteras son debidamente detenidos y juzgados ante el Tribunal Penal Central de Irak como delincuentes comunes. Los ataques perpetrados por beligerantes no privilegiados que violan el derecho de la guerra, como los ataques contra civiles o soldados que intentan rendirse, o el uso de armas prohibidas como el gas venenoso, pueden ser juzgados en un tribunal de crímenes de guerra.

Cuando el Congreso restableció las comisiones en 2006 (tras haberlas declarado ilegales), el delito de "asesinato cometido por un beligerante sin privilegios" pasó a denominarse "asesinato en violación del derecho de la guerra". Sin embargo, tal y como explicó el teniente coronel Frakt, la distinción parecía ser meramente superficial y, lo que es más importante, los jueces de los dos únicos juicios completos que se celebraron (los de Salim Hamdan y Ali Hamza al-Bahlul), así como el juez del caso de Mohamed Jawad (puesto en libertad en agosto de 2009), rechazaron el supuesto delito, "dictaminando en cada caso que la mera condición de beligerante sin privilegios era insuficiente para demostrar una violación del derecho de la guerra".

A pesar de que el teniente coronel Frakt alertó al Congreso sobre estos problemas el verano pasado, los legisladores mantuvieron sin cambios la definición de "asesinato en violación del derecho de la guerra" en la nueva versión de las comisiones; sin embargo, sorprendentemente, los funcionarios del Departamento de Defensa añadieron un "comentario oficial" en el que explicaban que "un acusado puede ser condenado en una comisión militar… si la comisión determina que el acusado incurrió en una conducta que tradicionalmente puede ser juzgada por una comisión militar (por ejemplo, espionaje; asesinato cometido cuando el acusado no cumplía los requisitos de beligerancia privilegiada), incluso si dicha conducta no viola el derecho internacional de la guerra". En otras palabras, tal y como explicó el teniente coronel Frakt, "un detenido puede ser condenado por asesinato en violación del derecho de la guerra aunque, en realidad, no haya violado dicho derecho".

La primera semana, plagada de irregularidades, de las vistas previas al juicio de Omar Khadr


Este nuevo giro en las comisiones, absurdamente mal concebidas, no se hizo patente durante la primera semana de las actuaciones previas al juicio en el caso de Omar Khadr, aunque sin duda saldrá a la luz si el juicio llega a celebrarse en julio, y su equipo de defensa aún no ha planteado la edad de Khadr en el momento de su captura como tema de campaña. Aun así, hubo incompetencia y manipulación más que suficientes como para indicar que la decisión del presidente Obama de reactivar las comisiones conducirá, con toda probabilidad, no solo a prolongados recursos judiciales, sino también a la indignación internacional por el fracaso tanto de la Administración como del Congreso a la hora de hacer justicia a los presos de Guantánamo.

Mientras decenas de periodistas se preparaban para las audiencias previas al juicio en Guantánamo el pasado martes, tras haber experimentado la pesadilla logística que hace que celebrar juicios en la base naval sea una idea tan desacertada, solo por razones de coste y viabilidad, recibieron su primera muestra del caos que, sin falta, convierte estos procedimientos en poco más que una oscura farsa. La vista del primer día se retrasó para que todos pudieran revisar el nuevo Manual de Comisiones Militares (PDF), que no fue firmado por el secretario de Defensa, Robert Gates, hasta la tarde del 27 de abril, y que ahora había que descargar e imprimir en una parte del mundo donde la tecnología suele estar estancada, en el mejor de los casos, a finales del siglo XX.

Aunque Khadr se presentó al inicio retrasado de las vistas del primer día, que comenzaron el miércoles por la tarde, boicoteó prácticamente el resto de las sesiones de la semana, durante las cuales, ya fuera de forma deliberada o no, puso de manifiesto el tipo de medidas de seguridad excesivas que se consideran normales en Guantánamo. El segundo día, tras quejarse de dolor ocular, aparentemente provocado por una conjuntivitis, se negó a ponerse unas gafas opacas para el trayecto desde su celda hasta la sala del tribunal en un vehículo sin ventanas, y le dijo a su escolta, la capitana de la Infantería de Marina Laura Bruzzese: "Estás intentando humillarme". Aunque le convencieron para que asistiera más tarde ese mismo día, volvió a negarse a acudir el tercer día, quejándose de que un registro en la cintura en busca de objetos prohibidos "se acerca demasiado a sus genitales por la forma en que se lleva a cabo", tal y como explicó Barry Coburn, uno de sus abogados defensores militares. El sábado, se negó de nuevo y le dijo a la capitana Bruzzese: "No voy a ir, nada empieza a las 07:30".

Mientras tanto, en la sala del tribunal, los debates se centraron en la fiabilidad de las pruebas recabadas por el Gobierno durante los interrogatorios a Khadr. El equipo de defensa de Khadr ha sostenido desde hace tiempo que Khadr, que se encontraba gravemente herido en el momento de su captura —había recibido dos disparos en la espalda—, fue sometido a un trato brutal en la prisión estadounidense de Bagram y, posteriormente, en Guantánamo, lo que descarta cualquier declaración autoincriminatoria que pudiera haber realizado como "fruto de la tortura". Como expliqué en un análisis exhaustivo del caso de Khadr en noviembre de 2007:

    Según su propio relato, recogido por Amnistía Internacional, "pidió analgésicos para sus heridas, pero se los negaron", dijo que "durante los interrogatorios le colocaron una bolsa en la cabeza y el personal estadounidense introdujo perros militares en la habitación para asustarlo", y añadió que "no le permitieron ir al baño y lo obligaron a orinarse encima". Como a muchos otros prisioneros, también le colgaron de las muñecas, y explicó que "le ataron las manos por encima del marco de una puerta y le obligaron a permanecer de pie en esta posición durante horas." Un artículo de Rolling Stone, de agosto de 2006, añadía más detalles, señalando que "lo llevaban a las salas de interrogatorio en camillas, con mucho dolor", y que "le ordenaban limpiar el suelo con las manos y las rodillas mientras sus heridas aún estaban húmedas."

La mayor parte de lo anterior parece haber tenido lugar en Bagram, donde la brutalidad era tan habitual durante la estancia de Khadr allí que al menos dos presos murieron a causa de las heridas infligidas por sus guardias apenas unos meses después de su salida. Sin embargo, los malos tratos continuaron en Guantánamo, donde —cabe señalar— llegó más o menos en el momento en que acababa de implantarse un régimen de humillación, aislamiento y malos tratos —que incluía la manipulación extrema de la temperatura, la desnudez forzada y la humillación sexual—, basado en la ingeniería inversa de las técnicas de tortura utilizadas en un programa militar diseñado para entrenar al personal estadounidense a resistir los interrogatorios en caso de ser capturado, en un intento por aumentar el escaso flujo de "información de inteligencia procésale" procedente de la prisión. Como expliqué en 2007:

    Contó a sus abogados que le "encadenaban con grilletes cortos las manos y los pies a un perno del suelo y le dejaban así durante cinco o seis horas", y que "de vez en cuando un oficial estadounidense entraba en la habitación para burlarse de él". También dijo que le "mantenían en habitaciones extremadamente frías", que "le levantaban por el cuello mientras estaba encadenado y luego le dejaban caer al suelo" y que "le golpeaban los guardias". En un incidente especialmente notorio, los guardias lo dejaron encadenado hasta que se orinó encima, y luego "le echaron un líquido limpiador con aroma a pino y lo utilizaron como “fregona humana” para limpiar el desastre". Como si hiciera falta más humillación, añadió que "no le proporcionaron ropa limpia durante varios días tras esta degradación".

En contraposición a las afirmaciones de Khadr, el Gobierno ha alegado que se le trató de forma humana y que él mismo proporcionó voluntariamente información autoincriminatoria. Robert Fuller, un agente del FBI que interrogó a Khadr en Bagram en octubre de 2002, declaró el miércoles que sus interrogatorios a Khadr fueron "coloquiales" y "sin confrontaciones", y añadió: " Nunca le pusimos las manos encima al señor Khadr", y afirmó que Khadr habló "abiertamente, con confianza y sin reparos sobre Al Qaeda" y admitió haber lanzado la granada que mató al sargento Speer. El testimonio de Fuller continuó el jueves, y el viernes, una joven reservista de la Marina (identificada únicamente como "agente número 11") también habló sobre interrogatorios no coercitivos, esta vez en Guantánamo.

Tal y como explicó Michelle Shephard en el Toronto Star, la antigua interrogadora declaró ante el tribunal que, "a lo largo de 12 entrevistas, que comenzaron en el hospital de la prisión cuando Khadr llegó [a Guantánamo] el 28 de octubre de 2002, él accedió a hablar mientras compartían M&Ms y Fig Newtons". Afirmando que fue elegida para interrogar a Khadr con la esperanza de que él se identificara con ella como una "figura materna", también declaró que su relación era tan buena que Khadr le dijo: "Prefiero estar en la sala de interrogatorios contigo que aburrido en mi celda".

Sea esto cierto o no, la "agente número 11" reveló sin querer la futilidad general de cooperar con los interrogadores de Guantánamo, al explicar que "él sabía que, si se mostraba cooperativo, se aceleraría su repatriación a Canadá", una afirmación que carecía claramente de fundamento. También afirmó que él confesó haber lanzado la granada que mató al sargento Speer "como se ve en las películas", y añadió que él dijo "que miró su reloj justo antes de lanzar la granada para anotar la hora". El abogado defensor militar, el teniente coronel Jon Jackson, calificó esto de "extraño", según Shephard, "sobre todo porque… Khadr sangraba por la cabeza y había perdido la vista de un ojo por la metralla en ese momento" —o, en otro posible escenario, estaba inconsciente y boca abajo bajo un montón de escombros.

¿Lanzó Omar Khadr la granada?

La cuestión de si Khadr lanzó o no la granada que mató al sargento Speer es, por supuesto, crucial para su caso, y en el tercer día de las vistas (el sábado) se abordaron estas afirmaciones y contraargumentos. Allá por marzo de 2008, se reveló que existían dos versiones de un informe que describía el tiroteo, ambas redactadas por el comandante de la unidad de Fuerzas Especiales encargada de capturar a Khadr, identificado únicamente como "teniente coronel W".

En la primera versión, el "teniente coronel W" afirmaba que la persona que había lanzado la granada había resultado muerta. Esto, por supuesto, descartaría a Khadr como sospechoso, pero en la versión revisada, el "teniente coronel W" cambió una sola línea para señalar que la persona que lanzó la granada fue "atacada", implicando así a Khadr, que era el único superviviente no estadounidense del tiroteo. El sábado, él "teniente coronel W." testificó por videoconferencia desde la Escuela Superior de Guerra del Ejército de EE.UU. en Pensilvania, alegando que había modificado su informe "por el bien de la historia", pero únicamente porque inicialmente había creído que Khadr había fallecido. Afirmó que lo modificó, varios años después de los hechos, tras recibir la visita de investigadores militares.

¿Salvará un acuerdo con la fiscalía a Omar Khadr (y a Obama) de los riesgos de un juicio?

Las vistas previas al juicio continúan esta semana en Guantánamo y, para ser sinceros, podría pasar cualquier cosa. Según algunas de las primeras informaciones de la semana pasada, la fiscalía ofreció a Khadr un acuerdo con la fiscalía antes incluso de que comenzaran las vistas —proponiéndole que cumpliera cinco años en una prisión estadounidense a cambio de declararse culpable de los cargos de crímenes de guerra que se le imputan—, pero el equipo de la defensa rechazó la oferta. Sin embargo, el sábado el Washington Post afirmó que la Administración Obama estaba buscando activamente un acuerdo de declaración de culpabilidad. Un alto funcionario, al referirse al juicio propuesto para julio —que sería el primero en celebrarse bajo el mandato de Obama—, declaró al Post: "Esto no es lo que uno elegiría para empezar. Khadr se ha convertido en una causa, y este no es un caso que vaya a demostrar la solidez y la validez de las comisiones militares".

Esto parece bastante hipócrita, ya que el Gobierno sabía claramente lo que hacía cuando se propuso el nombre de Khadr el pasado noviembre, pero quizá Obama haya encontrado por fin su conciencia y se esté echando atrás. Al fin y al cabo, como declaró con autoridad el teniente coronel David Frakt la semana pasada:

    La decisión del Gobierno de seguir adelante con el primer juicio por crímenes de guerra contra un niño soldado en la historia moderna es incomprensible. Que el Gobierno intente luego garantizar una condena tratando de reescribir la ley para crear un nuevo delito de guerra es censurable.

Si una Administración que prometió "esperanza y cambio" no quiere acabar definitivamente tachada de defensora de lo "incomprensible y censurable", Obama debe actuar con rapidez. Modificar el acuerdo de declaración de culpabilidad para que Khadr quede en libertad tras un período mucho más corto que cinco años sería un buen comienzo; y suprimir las comisiones inmediatamente después sería una forma sensata de dar continuidad a esta medida.


 

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