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Los pasos decisivos del presidente Biden hacia el cierre de la prisión en la bahía de Guantánamo

29.9.22
Andy Worthington

Traducido por El Mundo no Puede Esperar 29 de noviembre de 2022


Un collage de Joe Biden y Guantánamo.

Cuando el presidente Biden fue elegido en noviembre del 2020, opositores de la existencia de la prisión en la bahía de Guantánamo fueron cautelosamente optimistas acerca de que habría movimiento renovado hacia el cierre de la prisión.

Después de cuatro años de Donald Trump, fue difícil no tener una semblanza de esperanza acerca de que habría progreso hacia librar finalmente a Estados Unidos — y al mundo — de este prolongado símbolo de excesos brutales e ilegales de la “guerra contra el terror” de George W. Bush, en donde hombres han sido sujetos a tortura y otras maneras de abuso y en donde la mayoría de los 779 hombres detenidos ahí por el ejército desde la apertura de la prisión el 11 de enero del 2002 han sido encarcelados sin cargos ni juicio, con poco esfuerzo para asegurar que la ley se les extendiera a ellos en algún sentido significativo.

A los casi dos años de la presidencia de Biden, nuestro optimismo cauteloso ha sido tanto recompensado como desbaratado.

Ninguna duda castigada por la reacción violenta de los republicanos que recibieron la declarada intención del ex presidente Obama, tan pronto tomó el poder, de cerrar Guantánamo en un año, Biden tomó un acercamiento discreto — no hablar abiertamente acerca de Guantánamo para nada y sólo indicar, a través de su secretaria de prensa, que habría una revisión de las operaciones de la prisión y que la administración esperaba cerrarla para al final de su presidencia.

La aprobación de la liberación de los “prisioneros para siempre” a través de las Juntas de Revisión Periódicas

Por meses, nada sucedió que sugiriera que Biden haya reconocido que incluso el acercamiento más cauteloso a Guantánamo requería algún tipo de movimiento perceptible, pero, desde mayo del 2021, las Juntas de Revisión Periódicas (PRB por sus siglas en inglés) — un proceso tipo libertad condicional establecido bajo Obama, que revisó los casos de 64 hombres entre el 2014 y el 2016 y que aprobó 38 de ellos para liberación — comenzaron aprobando la liberación de algunos hombres que habían atravesado el proceso de las PRBs pero que habían tenido sostenido su encarcelamiento sin cargos ni juicio, en base a que todavía constituían algún tipo de amenaza para los Estados Unidos. Estos hombres fueron descritos en los medios, con algo de certeza, como “prisioneros para siempre”.

Biden heredó 40 prisioneros de Donald Trump — quien sólo liberó un hombre en sus cuatro años de gobierno — y 22 de ellos eran “prisioneros para siempre”. Seis otros habían sido aprobados para ser liberados, mientras que otros diez enfrentaban juicios; otro había sido convicto y otro esperaba sentencia como resultado de un acuerdo negociado.

Lo que fue significante fue que Biden parece haber tomado recomendaciones hechas por sus abogados y ONGs que se reunieron con su equipo de transición para discutir Guantánamo y también tomaron en cuenta llamados por parte de sus 24 senadores y 75 miembros demócratas de la Casa de Representantes para facilitar la clausura de Guantánamo al reconocer que era intolerable — después de casi 20 años de existencia de la prisión — continuar deteniendo a alguien indefinidamente sin cargos ni juicio.

Como resultado de eso, en los 16 meses desde mayo del 2021, todos menos tres de los “prisioneros para siempre” han sido recomendados para ser liberados — tres en mayo del 2021, dos en junio, tres en octubre, cinco en noviembre y diciembre, dos en febrero de este año, dos más en abril, uno más en julio y otro la semana pasada.

Este es progreso significativo, por supuesto, pero tristemente está reducido por el hecho de que la mayoría de estos 19 hombres siguen detenidos. Biden ha liberado sólo cuatro desde que tomó el poder — los últimos dos de los 38 hombres aprobados por los PRB con Obama, un afgano quien, crucialmente, tuvo su liberación ordenada por un tribunal y aprobada por una PRB bajo Biden y un saudí severamente mentalmente enfermo, también aprobado con PRB bajo Biden pero retó su encarcelamiento en corte.

Aprobados para ser liberados, pero todavía encarcelados

Para los 21 otros, sin embargo — 17 aprobados por los PRB bajo Biden, más los otros cuatro aprobados para ser liberados antes de que tomara le poder (tres bajo el primero proceso de revisión de Obama, el Equipo de Trabajo para Revisión de Guantánamo y uno bajo Trump) — ha habido una distintiva falta de urgencia en asegurar su libertad.

En los casos de algunos de estos hombres, esto es porque se deben encontrar terceros países que están preparados para ofrecerles nuevos hogares, porque es peligroso que sean enviados de vuelta a sus países de origen. Esta es la situación que enfrentan los nueve yemeníes aprobados para ser liberados — y probablemente para Guled Hassan Duran, un somalí e Ismael Ali Bakush, un libio, ambos recientemente aprobados.

En otros casos, el retraso parece ser injustificable — para los tres paquistaníes incluyendo Saifullah Paracha, el prisionero con más edad en Guantánamo, por ejemplo, ya que los tres saudís, Mohammed Abdul Malik Bajabu, el único keniano y Saeed Bakhouch, argelino. Para todos estos hombres, su liberación debe ser bastante sencilla.

Uno de los problemas que han sido, sin duda, el tipo de inercia que, aunque no sea deliberada, se pega a los procesos de autorización que son puramente administrativos en lugar de involucrar el peso de los tribunales. Para ponerlo de manera sencilla, no existe ningún mecanismo legal que forcé la liberación de hombres en los casos que fueron revisados a través de un proceso administrativo que fue creado apenas en el 2013.

Tal vez, de manera más significativa, sin embargo, el fracaso para asegurar la liberación de estos hombres proviene del fallo de Biden para asignar a un oficial en el Departamento de Estado para lidiar específicamente con los asuntos de Guantánamo. Obama estableció el Enviado Especial para el Cierre de Guantánamo (Special Envoy for Guantánamo Closure), involucrando oficiales que, con los años, arreglaron la reubicación de docenas de prisioneros, pero la oficina fue subsecuentemente cerrada por Trump y, crucialmente, no revivida por Biden cuando se convirtió en presidente.

Ahora, sin embargo, existen finalmente señales que dicen que la administración ha reconocido la inanidad de cerrar Guantánamo sin un oficial senior supervisando lo complicado que es liberar y, en particular, reubicar a los ex prisioneros.

Como reportó Jess Bravin para el Wall Street Journal la semana pasada, “El gobierno de Biden está reformando su esfuerzo para cerrar la prisión de la bahía de Guantánamo, por primera vez designando una diplomática senior para supervisar la transferencia de los detenidos”. La nueva “representante oficial”, Tina Kaidanow, fue embajadora y también Coordinadora de Contraterrorismo con Obama del 2014-2016 y esto es, sin dudas, una movida positiva, incluso si algunos infiltrados le dijeron a Bravin que “a la nueva posición representativa le falta el peso que tuvieron oficinas similares con la administración de Obama, en donde los enviados especiales de Guantánamo tenían acceso directo al Secretario de Estado”.


Tina Kaidanow, recientemente designada como “representante especial” para la transferencia y reubicación de prisioneros de Guantánamo, fotografiada en el 2014.

Con esta advertencia de lado, espero que este nombramiento oficial le dé a la señorita Kaidanow el peso político y los recursos para comenzar a liberar a alguno de estos 21 hombres, para negociar su reubicación de otros y también para encontrar un nuevo hogar para Majid Khan, un ciudadano paquistaní y ex “detenido de alto valor” que estuvo esperando sentencia como resultado de un acuerdo negociado cuando Biden tomó el poder y cuya sentencia, subsecuentemente acordada, caducó el 1 de marzo de este año.

Acuerdos negociados en las comisiones militares

Con la excepción de tres “prisioneros para siempre” remanentes — Abu Zubaydah, Muhammad Rahim y Abu Faraj al-Libi, todos “detenidos de alto valor” quienes jamás han sido acusados de algún delito, pero cuya liberación potencial está considerada como demasiado peligrosa por parte de las juntas — el resto de los hombres detenidos han sido, todos, con los años, acusados en el sistema de juicio de la comisión militar que ha luchado por mucho tiempo por establecer algún tipo de legitimidad.

Desacertadamente arrastrado de los libros de historia por Dick Cheney en los meses después del 11/9 con la intención de usar evidencia derivada del uso de tortura y rápidamente ejecutando a aquellos encontrados culpables de terrorismo, las comisiones colapsaron sin una sola condena en junio del 2006 cuando la Suprema Corte decidió que eran ilegales, violando tanto el Código Uniforme de Justicia Militar y las Convenciones de Ginebra. Después fueron revividas por un congreso flexible, asegurando tres condenas antes de que Bush dejara el poder — un acuerdo negociado por el australiano David Hicks, quien regresó a casa al poco tiempo, una sentencia corta para Salim Hamdan, el chofer yemení de Osama bin Laden, quien también fue liberado al poco tiempo y cadena perpetua para otro yemení, Ali Hamza al-Bahlul, después de un juicio unilateral en el que rechazó una defensa.

Las sentencias de Hicks y Hamdan fueron subsecuentemente revocadas con apelaciones, al igual que algunas de las bases para una condena para al-Bahlul — específicamente, todas las apelaciones exitosas concluyeron que “dar material de apoyo para terrorismo” fue un cargo ilegítimo, inventado como un crimen de guerra por el congreso. Sin embargo, la condena de conspiración de al-Bahlul’s fue permitida y todavía está detenido, aislado del resto de los reclusos, como lo ha estado por casi 14 años.

Cuando Obama tomó el poder, suspendió las comisiones esperando una revisión, pero después las revivió una vez más y presidió sobre las condenas — todas a través de acuerdos negociados — de Ibrahim al-Qosi y Noor Uthman Muhammed (ambos de Sudán), el canadiense Omar Khadr (vergonzosamente condenado a pesar de haber sido un menor al momento de su captura), Majid Khan y el saudí Ahmed al-Darbi. Todos fueron posteriormente, con la excepción de Khan y Noor Uthman Muhammed con sus condenas revocadas.

Bajo Biden, otro acuerdo negociado fue logrado — con Abd al-Hadi al-Iraqi, uno de los últimos prisioneros en llegar a Guantánamo en el 2007, cuyas condena se espera que sea cubierta en diez años y será en un periodo de dos años, para permitirle al gobierno estadounidense encontrar lo que describió el New York Times como “una nación empática para recibirlo y darle cuidado médico el resto de su vida” por la condición vertebral degenerativa de la cual sufre y para detenerlo mientras cumple el resto de su condena.

Esto deja a nueve hombres, todos “detenidos de alto valor” detenidos en “sitios negros” de la CIA antes de ser transferidos a Guantánamo en septiembre del 2006, actualmente enfrentan cargos — los cinco acusados de participar en los ataques del 11/9 (Khalid Sheikh Mohammed, Ramzi bin al-Shibh, Walid bin Attash, Ammar al-Baluchi y Mustafa al-Hawsawi), Abd al-Rahim al-Nashiri, acusado de “planear ataques contra tres buques, incluyendo el bombardeo del USS Cole que mató a 17 marineros”, como describió Jess Bravin y tres otros acusados de participar en ataques terroristas en el este de Asia, quienes fueron finalmente acusados al final del gobierno de Trump.


Los cinco hombres acusados en conexión con los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001.

El problema para el gobierno de Biden al continuar persiguiendo juicios para estos hombres es que el coacusado del 9/11 y al-Nashiri habían estado involucrados en audiencias previas por más de una década y no parecía haber fechas para el juicio, ahora menos que nunca.

La razón principal para esto es, porque los hombres fueron sujetos a tortura en “sitios negros” de la CIA y, como resultado, cualquier noción de juicio justo había quedado fatalmente comprometida. Como el grupo de campaña legal Fair Trials explica, “el uso de tortura no sólo es una atroz violación de derechos humanos en sí, sino que lleva a otras violaciones serias de derechos humanos, incluyendo la del derecho a un juicio justo. El uso de tortura, la evidencia obtenida a través de la tortura, mancha todo el proceso criminal de justicia, erosionando el estado de derecho y la confianza pública en la habilidad del sistema para obtener justicia”.

Prácticamente lo que ha estado sucediendo en estas audiencias previas a juicio es que parece haberse alcanzado un impasse permanente, con, en una mano, los equipos defensores buscando usar evidencia de la tortura de sus clientes, mientras que los fiscales hacen todo lo posible por esconderla. La situación se complica más por el hecho de que las comisiones militares per se están llenas de agujeros, como se puede esperar de un sistema inventado por el congreso en el 2009, en lugar de uno establecido hace siglos, como el sistema de tribunal federal, por ejemplo, que ha procesado con éxito cientos de casos relacionados con el terrorismo mientras que las comisiones militares han fallado permanentemente en un “Día de la Marmota” infinito. Complicado el asunto más ha sido la insistencia del gobierno de buscar la pena de muerte en el juicio del 11/9 de al-Nashiri, porque los casos capitales que involucran lo que el Centro de Información de la Pena Capital o Death Penalty Information Center describen como “salvavidas estricto relativo al procedimiento”.

En un intento de romper el bloqueo, en el 2017, Harvey Rishikof, la Autoridad de Convocación de las comisiones, que es “responsable de la administración general de las comisiones militares”, y “habilitó para reunir las comisiones militares, referir cambios en juicio y negociar acuerdos previos a juicio”, comenzando “negociaciones con los acusados del 11 de septiembre que pudieran llevar a acuerdos de culpabilidad si las ejecuciones estaban fuera de la mesa”, explicó Jess Bravin, añadiendo que el gobierno de Trump “quitó al Sr. Rishikof de su puesto por lo que fueron razones no relacionadas”. A principios de este año, sin embargo, “el gobierno de Biden renovó esas negociaciones y la Casa Blanca dijo que no interferiría”.

En un reporte separado sobre el 11 de septiembre CBS News discutió los acuerdos negociados con James Connell y Alka Pradhan, abogados defensores de Ammar al-Baluchi, uno de los cinco acusados del 11/9. “Todos los cinco acusados y el gobierno están en negociaciones de buna fe, con la idead de realizar este juicio, que se ha convertido en uno eterno, a su fin”, Dijo Connell.

Añadió que “La prioridad número uno del Sr. Baluchi es obtener cuidado médico por su tortura. Para poder obtenerlo, está dispuesto a declararse culpable para una sentencia substancial en Guantánamo a cambio de la garantía de cuidado médico y de que se retire la pena de muerte”.

Alka Pradhan le dijo a CBS News acerca de la tortura a la cual fue sujeto al-Baluchi, explicando que la técnica que “tal vez tuvo el mayor impacto físico fue la que llamaban “walling” (golpes contra un muro). Nos dijo que azotaban su cabeza contra la pared repetidamente hasta que veía brillos y se desmayaba. El resultado de eso, como lo han dicho varios expertos que lo examinaron, es daño cerebral permanente”.

Cuando se le preguntó a ella si “negarse a buscar la pena de muerte era justo”, Pradhan dijo, con justificación, que “el gobierno de los Estados Unidos nos falló a todos después del 11 de septiembre en sus decisiones de usar técnicas y programas ilegales…al hacer eso, corrompió todos los procesos legales”.

Un vocero para las comisiones se negó a contestar preguntas de CBS News acerca del caso del 9/11, pero confirmó que “actualmente las partes están en negociaciones preliminares” e hizo referencia a decisiones judiciales recientes.

¿El final a la vista?

Si todo sale tan bien como podemos imaginar, el número de prisioneros detenidos en Guantánamo podría bajar a 14 para el próximo año — nueve de los acusados, Abd al-Hadi al-Iraqi, esperando sentencia, Ali Hamza al-Bahlul, cumpliendo cadena perpetua y los tres “prisioneros para siempre”, que necesitan ser acusados o recomendados para liberación si cumple el reconocimiento del gobierno de que encarcelamiento sin fin sin juicio sea algo inaceptable.

En ese momento, el presidente Biden seguramente tendrá un caso fuerte para hacer acerca de la etiqueta anual de la prisión de más de $540 millones al año — en otras palabras, por lo menos 38.5 millones anuales por prisionero — simplemente inaceptable, aunque deberíamos ser cautelosos en tener demasiada esperanza. Los republicanos obsesionados con infligir la pena de muerte sobre los acusados del 11/9 sin duda aluga harán todo lo posible para oponerse a los acuerdos negociados, fracasando en reconocer que es su obsesión con la pena capital la que previene que los juicios se lleven a cabo.

Además, sería tonto esperar que, incluso con la nueva “representante especial” para Guantánamo, será fácil encontrar países preparados para ofrecer hogares a aquellos prisioneros contra los cuales, por años, se han hecho declaraciones exageradas, para quienes, eventualmente, las autoridades estadounidenses se han retractado aunque aquellas afirmaciones iniciales siguen perdurando, y, de hecho, son parte de la “evidencia” dada a los países que podrían ser anfitriones cuando las negociaciones tomen lugar, algo que Tina Kaidanow tal vez necesite pensar en mientras intenta encontrarles nuevos hogares a esos ex prisioneros.


 

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